Magnus Clerk había terminado su discurso en el patio, dejando una estela de silencio incómodo entre la planta docente. Con una eficiencia que Arthur detestaba, el vicedirector pidió un recorrido inmediato por la Academia. Arthur, forzando una sonrisa tensa, aceptó de mala gana el rol de "guía".
—Comenzaremos por el área de secundaria, Magnus. Allí tenemos el laboratorio digital más avanzado de Londres, un orgullo para la Academia Gerard —dijo Arthur, señalando hacia el ala oeste.
Magnus ni siquiera miró. Sus ojos escudriñaban el ala opuesta, de donde provenía un ruido rítmico, alegre y potente.
—No, Director. Dejemos las pantallas para después. Escucho algo... ruidoso. ¿Qué es esa clase ruidosa que se escucha a esta hora?
Arthur tragó saliva, sintiendo que su plan de mostrar primero lo más formal se desmoronaba. Conocía el origen de ese sonido.
—Ah, eso es... el área de primaria. Es la clase de Ritmo Libre. Es una materia esencial en nuestro currículo, Vicedirector, fomenta la creatividad motriz.
—Creatividad motriz —repitió Magnus, el sarcasmo era un filo de acero en su voz—. Pues muéstremela, Director. Los militares sabemos que el ruido innecesario es sinónimo de desorden.
Arthur no tuvo más remedio que dirigirlo a la planta baja. Lo condujo hasta uno de los salones pintados con colores vibrantes, donde las paredes lucían garabatos y murales hechos por los propios niños. Dentro, Sergi Sergueth dictaba su clase de "Estilo Libre".
Los niños de ocho años se movían desinhibidamente al ritmo de una canción de Afrobeat vibrante. La escena era pura energía y alegría. En el centro, destacaban dos niñas: Margaretã Gerard, la hija de Arthur y Katrina, con su cabello rubio atado en una coleta que volaba con cada giro, y a su lado, Isis, la hija de Molly, con una elasticidad innata que la hacía parecer flotar. Sergi, vestido con ropa deportiva casual, las guiaba con palmas y gritos de aliento.
Magnus se detuvo en el umbral, su cuerpo llenando el espacio de la puerta. Su traje de paño y su expresión pétrea eran un contraste violento con la libertad que fluía dentro del aula.
Arthur, intentando mediar, tomó la palabra. —Como puede ver, Sergi logra que los niños exploren su cuerpo sin la rigidez de la danza clásica. Margaretã, la pequeña de coleta, es mi hija.
Magnus la observó. Margaretã, a pesar de sus ocho años, era una copia exacta de su madre, Katrina: rubia de ojos verdes, piel blanca y mejillas rosadas. Sin embargo, su complexión era fuerte y grandecita, perfilándose a ser curvilínea como Katrina. Este rasgo, que a simple vista la hacía parecer "gordita", le daba una figura potente y en pleno desarrollo. No tenía la ligereza de otras niñas, pero su energía no era menor, sino vibrante. Se movía con la misma pasión y destreza que su amiga Isis.
—Una niña hermosa, Director —comentó Magnus, con esa voz que sonaba a informe, despegando su mirada del baile—. Es tan rubia y tiene los mismos colores de su madre, la señora Chéjov. Pero es... gordita. No, no, no se moleste. Es encantadora, pero le falta la disciplina del cuerpo. Se mueve con energía, sí, pero si fuese más estilizada, más delgada, su danza sería sublime. Piense en la disciplina física.
La sangre subió al rostro de Arthur. La mención de su hija, y el juicio sobre su cuerpo, era un golpe bajo y totalmente personal. Se sintió herido y expuesto, pero se forzó a mantener la calma. Era el Director. No el padre protector. Aún no.
—Con todo respeto, Vicedirector, nuestra Academia valora la expresión y el talento, no el estándar de peso —dijo Arthur, su voz apenas un susurro firme.
Magnus ignoró a Arthur y se dirigió a Sergi, haciendo una seña imperiosa con la mano. Sergi, que estaba animando a las niñas, bajó ligeramente la música, confundido.
—No... no, apáguela un momento —ordenó Magnus, entrando dos pasos en el salón. El silencio cayó pesadamente.
Sergi apagó el equipo y se acercó, la defensiva brillando en sus ojos claros. —Vicedirector Clerk. ¿Puedo ayudarle?
—Sí, profesor Sergueth. Quiero saber con qué finalidad se dicta esta materia. ¿Cuál es el propósito pedagógico de que estos niños bailen como salvajes? ¿Dónde está la estructura, el objetivo medible de esta... anarquía?
Sergi dio un paso al frente. —La finalidad, Vicedirector, es enseñar a los niños a habitar su cuerpo y a entender el ritmo. Es vital para el desarrollo cognitivo y emocional. No son salvajes, son...
—¡Son incontrolados! —cortó Magnus—. Mire el ejemplo. Mire a la pequeña Gerard, su hija, Director. Ella se esfuerza, claro, pero no tiene la ligereza que la disciplina proporciona. Si usted aplicara un poco de rigor, la pequeña Margaretã podría...
Antes de que Magnus pudiera terminar, Margaretã, que había estado escuchando con los ojos muy abiertos y los cachetes colorados, explotó.
—¡No soy gordita! ¡Y bailo mejor que usted! —gritó la niña, con la voz quebrada por la ira. Isis se encogió a su lado, asustada.
El insulto lanzado por la niña, la verdad cruda de su enojo, golpeó la sala. Magnus se quedó momentáneamente paralizado, pero se recuperó con un aire de superioridad indignada.
—¿Ve, Director? Falta de disciplina. Una niña de primaria respondiendo de mala manera a un superior. Esto es inaceptable.
Arthur sintió que el Director se desvanecía. Solo quedaba el padre. Su hija estaba llorando, las lágrimas rodando por sus mejillas. El dolor de Margaretã era su dolor.
—¡Ya basta, Magnus! —La voz de Arthur resonó, saliendo de su papel de director. Dio un paso hacia su hija.
Sergi, sin embargo, actuó primero. Ignorando a Magnus y la escalada, se arrodilló inmediatamente frente a Margaretã, tomando sus manos.
—Escúchame, estrella. Tú no eres gordita. Tú eres poderosa. Eres la mejor de esta clase. Tienes el mismo ritmo, la misma fuerza que tu madre, Katrina. ¿Sabes por qué? Porque tu baile sale de aquí —Sergi se tocó el pecho—. Y eso no lo puede medir ni juzgar ningún señor con un traje aburrido.
Magnus, completamente fuera de sí por la falta de respeto de Sergi y la interrupción de Arthur, señaló al profesor de Ritmo Libre.
—Profesor Sergueth. Quiero verlo en mi despacho al terminar esta clase. Tenemos mucho de qué hablar sobre su metodología y, francamente, sobre su inadecuada conducta frente a los estudiantes.
Sergi asintió, sin apartar los ojos de Margaretã, quien ya se calmaba, aferrada a su profesor.
Arthur, que ahora abrazaba a su hija con fuerza, miró a Magnus con una furia fría. El juego había terminado. El vicedirector había cruzado una línea que no perdonaría.
—Vámonos, Magnus —dijo Arthur, su voz baja y peligrosa—. La Academia lo espera.
Magnus salió, saboreando su victoria personal. Pero Arthur ya no era su guía: era un padre que acababa de ver a su enemigo. Mientras tanto, Sergi se quedó con los niños, su rostro reflejaba la certeza de que su trabajo y su familia acababan de ser puestos en el cadalso.