Después de caminar durante lo que pareció una eternidad, sintiendo el frío de la mañana calar en su pijama de rayas y sus zapatillas ligeras, Chloé llegó. La entrada del Cementerio de Highgate era imponente, una fortaleza de piedra y hierro forjado, con árboles oscuros que prometían silencio y sombra.
Una vez adentro, se acercó tímidamente a una pequeña caseta donde un hombre de barba gris y rostro amable leía el periódico. Era el sereno.
—Disculpe, señor —dijo Chloé, su voz apenas un susurro cansado. —Vengo buscando a una persona. ¿Cómo puedo saber si está aquí?
El sereno bajó el periódico y le sonrió con calidez. Sus ojos notaron la palidez de la niña y su atuendo inapropiado para el clima. —Hola, pequeña. Me llamo George. Para eso estamos los serenos, para ayudar a la gente. ¿Sabes el nombre completo de la persona? Tenemos archivos muy grandes aquí, pero si me das el nombre, podemos buscar. ¿Cómo se llama?
—Malaika —murmuró Chloé, casi incapaz de pronunciarlo en voz alta. —Malaika Matamba.
George tomó una libreta grande, encuadernada en cuero y gastada por el uso. Abrió un cajón y sacó una pila de fichas. El tiempo se estiró en un silencio denso mientras Chloé esperaba, sus manos apretadas, cada minuto sintiéndose como una hora. George buscó con paciencia en los archivos informáticos, tecleando lentamente.
Finalmente, George levantó la vista y la miró por encima de sus lentes. —Pues sí, pequeña, aquí hay una mujer que coincide con el nombre de tu búsqueda. Hizo una pausa, revisando la ficha impresa. —Malaika Georgia Matamba. Su ficha indica que fue enterrada hace casi dos años. ¿Es esa tu Malaika?
Chloé asintió, las lágrimas picando en sus ojos de alivio y terror. —Sí, es ella. No sabía el año. ¿Cuándo... cuándo fue?
—Falleció en otoño, el veinticinco de septiembre de hace dos años. George le tendió un pañuelo de papel. —Una mujer muy joven. ¿Quieres que te muestre dónde descansa?
—Por favor —imploró Chloé.
George la guio a través del laberinto de lápidas cubiertas de musgo, por senderos de tierra húmeda y pasajes góticos, hasta que se detuvieron frente a una tumba sencilla pero hermosa. En la lápida de granito pulido había una foto grabada de una mujer de unos treinta años, sonriendo radiantemente, con una belleza africana impactante. Debajo de su nombre, una leyenda grabada decía:
"A nuestra Princesa de Ébano. De tus padres... te extrañaremos de aquí a la eternidad."
Al leer la inscripción, el corazón de Chloé se desplomó como una piedra. Cayó de rodillas en la hierba fría, sin importarle la humedad que empapaba su pijama. Las lágrimas que había estado conteniendo se liberaron en un torrente silencioso, mezclándose con la tierra.
—¿Por qué, por qué no me dijiste que eras mi madre? —sollozó Chloé, golpeando suavemente la tierra con una mano. —¿Por qué me mentiste y te fuiste sin decirme nada?
El dolor la consumía, un torbellino de traición, tristeza y soledad. Sollozaba sola, hasta que sintió una pequeña mano cálida y firme en su hombro.
—No llores, Chlo —susurró Patrick. Estaba agachado a su lado, con el rostro serio y comprensivo.
Arthur había visto la silueta de Chloé junto a la tumba desde la distancia. Prefirió darle espacio para que tuviera ese momento de despedida, quedándose más atrás, bajo la sombra de un viejo ciprés. No pudo evitar que una lágrima silenciosa corriera por su mejilla al presenciar la escena.
Patrick se puso de pie y la tomó del brazo. —Vamos a casa, Chlo. Mi mamá preparará un desayuno delicioso.
Chloé intentó levantarse, pero trastabilló. Sus piernas no respondían. El agotamiento, la falta de comida y agua, y la profunda emoción la superaron.
—¡Papá! —gritó Patrick, el pánico de nuevo en su voz.
Arthur corrió y, sin dudarlo, la tomó en sus brazos. La pequeña se sentía ligera y febril. —No te preocupes, mi niña. Arthur la sostuvo firmemente, sintiendo su debilidad. —Estamos aquí. Estás a salvo.
—¡Hijo, llama a mamá! Dile que encontramos a Chloé y que vamos con ella. Que prepare una comida sustanciosa y algo para que descanse.
Patrick obedeció inmediatamente. Katrina, al otro lado de la línea, lanzó un grito de alivio y se puso en acción. Preparó una comida sustanciosa y dulce, llena de carbohidratos, y acondicionó la habitación de huéspedes con cortinas cerradas para que la niña pudiera dormir.
Arthur llevaba a Chloé en brazos, de regreso hacia la camioneta, cuando ella se aferró débilmente a su cuello.
—Padrino... —dijo Chloé, con la voz rota. —Quiero pedirte dos cosas.
—Lo que quieras, ma belle. Arthur le besó la frente. —Lo que necesites.
—Quiero... un remito de rosas. Rosas blancas, para mi mamá. Y la segunda cosa... no quiero ir a casa de mis padres. No ahora. No puedo verlos. Chloé hundió la cara en la chaqueta de Arthur.
Arthur, con la experiencia de padre de seis niños, supo que no debía confrontar su miedo ni su dolor.
—Tendrás tus rosas, las más hermosas. Y no te preocupes por tu casa, ma chérie —dijo Arthur, deteniéndose junto a la camioneta. —Irás a El Edén. Te quedarás con nosotros el tiempo que necesites, hasta que tu corazón se sienta listo. Solo descansa. Yo hablaré con Jandey.
Chloé asintió, cerrando los ojos con un suspiro. Por primera vez en veinticuatro horas, se sintió segura.
- Cachorro ve por el ramo de rosas blancas- Arthur le dió dinero, Patrick corrió hasta el pequeño puesto de flores y pidió un ramo de rosas blancas, un tulipán rojo y una margarita. Patrick regresó con las flores- Toma Chlo,esto es para que lo pongas tú. Él le dió el ramo de rosas blancas, papá el tulipán es para que lo pongas tú y yo pondré la Margarita.- Arthur sonrió y tomó el tulipán- Yo quiero decir algo dijo Chloé-Claro Chloé dijo Arthur
- Te conocí como mí tía pero eres mí madre, es raro porque aunque no te traté mucho, me siento vacía- Ella dejó las rosas sobre la tumba. Luego habló Patrick - Bueno...que difícil pero gracias por darme la mejor amiga especial del mundo. Patrick dejó la Margarita también- Arthur fue el último en hablar- Gracias Malaika,me diste la mejor ahijada,alumna,hija y amiga especial para mí cachorro. Dónde estés espero que estés orgullosa.- Arthur la tomó en sus brazos y los tres caminaron hacia la camioneta. En la hacienda Katrina ya tenía todo preparado, le había pedido a Jandey una tregua con la pequeña. Jandey quiso levantar la denuncia pero no sería tan sencillo, había abierto una puerta difícil de cerrar.