El aire en el departamento de los Matamba-Sergueth se había vuelto irrespirable, cargado de un resentimiento que llevaba años fermentándose en las sombras de una aparente perfección. Cuando Sergi estuvo a punto de asestarle la cachetada a Jandey, el mundo pareció detenerse en un segundo de violencia contenida. La mano de Sergi quedó suspendida en el aire, temblando por la furia, mientras los ojos de Jandey se dilataban por el pánico. En ese preciso instante, el celular de Jandey vibró sobre la mesa de cristal, rompiendo el hechizo de la agresión. El nombre en la pantalla brillaba con una luz fatídica: "Vicedirector Clerk llamando".
Jandey miró horrorizado a Sergi, retrocediendo un paso. —¿¡Qué ibas a hacer?!— sollozó en un susurro quebrado, dándose cuenta de que el hombre que amaba casi cruzaba una línea sin retorno. Jandey se secó las lágrimas con el dorso de la mano con movimientos erráticos, mientras Sergi, empapado en sudor frío, tomaba aire con dificultad, bajando el brazo lentamente. La realidad los golpeaba: el enemigo externo había llegado antes de que ellos terminaran de destruirse mutuamente.
Jandey atendió la llamada con los dedos entumecidos. —Diga, vicedirector... —articuló, tratando de estabilizar su respiración.
Del otro lado, la voz de Magnus Clerk imponía un miedo sepulcral, una frialdad administrativa que cortaba como un bisturí. —Profesor Matamba... veo que la niña apareció —dijo Magnus. No era una felicitación, era una sentencia de vigilancia.
—Sí, gracias por su preocupación... —La voz de Jandey temblaba visiblemente, y Sergi le clavó una mirada de advertencia, gesticulando para que mantuviera la compostura.
—Profesor Matamba, ¿y la niña dónde está? —inquirió Magnus con una pausa deliberada.
Sergi le hizo señas frenéticas de que no mencionara la Hacienda El Edén. Sabían que Magnus detestaba la influencia que Arthur Gerard Chéjov tenía sobre ellos. —Ella... ella está durmiendo —mintió Jandey, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.
Magnus soltó una risa seca, casi inaudible pero cargada de veneno. Él ya sabía que Jandey mentía; otro profesor, buscando puntos con la dirección, le había informado que Katrina Gerard Chéjov había confirmado que Chloé estaba bajo su cuidado. —Profesor Matamba, no debe cubrir a su... "hija" —espetó Magnus con una sorna e ironía que desangraba la palabra paternidad—. En estos casos, la institución actuará como corresponde, y eso el profesor Gerard lo sabe muy bien. No toleraremos escándalos que manchen el prestigio de la Academia, y menos los que involucren irregularidades de este tipo.
Magnus cortó la llamada sin esperar respuesta. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Sergi, con la cara roja de rabia acumulada, estalló.
—¡Te lo dije! ¡Pero no, tú te crees mujer! —espetó Sergi con crueldad, volcando toda su frustración en el punto más sensible de Jandey—. Estábamos bien, teníamos una carrera, un nombre, y tuviste que cumplirle el deseo a tu hermana. ¿Sabes qué significa esto? ¡Nos va a echar, Jandey! ¡Magnus nos va a destruir por tu capricho de ser padre!
—¡Cállate, Sergi, o no respondo de mí! ¡Cállate! —gritó Jandey, tapándose los oídos. No podía más. La culpa por Malaika, el dolor de Chloé y la violencia de Sergi lo asfixiaban.
Jandey salió del departamento con un golpe seco de la puerta, buscando en el fresco y gris paisaje de Londres un poco de paz que sabía que no encontraría. Mientras tanto, en la Hacienda El Edén, el ambiente era diametralmente opuesto.
Chloé ya había despertado de su sueño profundo. El silencio de la habitación de huéspedes, interrumpido solo por el canto lejano de las aves, le devolvió un poco de claridad. Katrina, con esa sensibilidad maternal que la caracterizaba, entró al cuarto con toallas frescas y un jabón artesanal de lavanda.
—Ven, mi niña —dijo Katrina dulcemente—. Te he preparado un baño con agua tibia. Te ayudará a soltar toda esa tensión del cuerpo.
—Gracias, madrina —respondió Chloé, dejándose guiar.
La ducha fue un bálsamo reconfortante. El agua caliente parecía llevarse, al menos por un momento, el rastro del cementerio y el frío de la verdad. Al salir, Katrina la ayudó a peinar sus rizos y la acompañó a la planta baja. Chloé bajó las escaleras y se encontró con una escena que le llenó el pecho de una calidez desconocida.
Arthur y sus pequeños estaban merodeando por el comedor. Los seis niños merendaban entre risas y charlas. Chloé se sentó a la mesa, y aunque no había podido comer por el cansancio extremo horas antes, ahora el aroma a pan casero y frutas frescas despertó su apetito.
—Mira, Chlo, te guardé el lugar más cerca del pastel —dijo Patrick de diez años, tratando de ocultar su alegría por verla mejor.
—¡Y yo te serví el jugo! —exclamó Margaretã, de ocho años, con una sonrisa brillante—. Papá dice que eres una princesa de verdad.
Arthur, sentado en la cabecera, observaba todo con una calma protectora. —Come despacio, Chloé. Aquí nadie tiene prisa.
La mesa era un caos de vida. Elizabeth y Philips, los gemelos de cinco años, intervenían constantemente con historias sobre sus juegos en el jardín, mientras Eros, de tres años, soltaba risas contagiosas cada vez que Patrick hacía una mueca. Katrina se sentó junto a Chloé, charlando de cosas triviales, evitando los temas oscuros para proteger la fragilidad del momento.
—¿Te gusta el bordado de este mantel, Chloé? Lo hizo mi abuela —comentaba Katrina, mientras servía más té.
De repente, la pequeña Génesis, de apenas un año, gateó hacia el regazo de Chloé. La bebé, con su piel blanca, sus ojos azules intensos y su cabello n***o, era el retrato vivo de la mezcla de sus padres. Se estiró con curiosidad y comenzó a jugar con las trenzas de Chloé, tironeando suavemente y balbuceando sonidos alegres.
Chloé no pudo evitarlo y soltó una carcajada pura, la primera en días. Tomó a la bebé en sus brazos y le hizo una caricia en la mejilla. Arthur miraba la escena y le daba una ternura infinita ver a su pequeña Génesis en ese composé visual con la hermosa negrita; era un contraste de colores y bellezas que le recordaba por qué luchaba tanto por mantener la paz en su hogar.
—Te quiere mucho, Chloé —dijo Arthur suavemente—. Los niños tienen un instinto para saber quién tiene el alma buena.
En ese rincón de la hacienda, rodeada de la numerosa y ruidosa familia Gerard Chéjov, Chloé sintió, por primera vez en su vida, una paz y un alivio que sus propios padres no habían sabido darle. El Edén hacía honor a su nombre, alejándola del veneno que Magnus Clerk ya estaba preparando para inyectar en sus vidas.