La tensión acumulada durante la jornada en la Academia, con los enfrentamientos contra Magnus y la aprobación forzada de Arthur, había dejado a Sergi Sergueth y Jandey Matamba emocionalmente agotados. Al caer la tarde, el silencio en el departamento de los Matamba se sentía más opresivo que nunca. Sabían que no podían postergar más la conversación.
Jandey, Sergi Sergueth y Chloé se encontraron sentados en el sofá de la sala, el lugar reservado para las grandes conversaciones. El silencio era pesado, solo roto por el tic-tac monótono del reloj. Jandey, con las manos juntas, trataba de buscar las palabras justas y simples para explicar una complejidad biológica a una niña de diez años.
—Bueno, verás, mi amor... lo de dónde te encontramos exactamente... no es como te contamos. Te... te mentimos.
Chloé, que había estado mirando sus rodillas, levantó la cabeza y frunció el ceño con una mezcla de dolor y traición. Su labio inferior tembló. Jandey se preparó para el aluvión de preguntas, pero antes de que la niña pudiera articular una sola palabra, Sergi la interceptó, buscando evitar el dolor de la mentira.
—Sí, mi vida, es verdad. Naciste por vientre subrogado.
La palabra sonó extraña, dura. Chloé preguntó, con la voz apagada, qué significaba exactamente eso. Jandey tomó la iniciativa, sentándose más cerca de ella y acariciándole el cabello.
—Significa que nos amamos tanto, p**i Sergi y yo, que queríamos tenerte. Yo puse la semilla de donde creciste, y esa semilla la llevamos a una mujer muy bondadosa, que fue como una incubadora para ti. Ella te cuidó dentro de ella hasta que estuviste lista para nacer, y al nacer, te dio a nosotros, tus papás, porque ese era el plan. Ella fue la mujer que te ayudó a venir al mundo, no tu mamá.
Chloé asimiló la explicación, mordiéndose la mejilla por dentro. Su rostro, antes lleno de curiosidad, se ensombreció de nuevo.
—¿Entonces no tengo mamá?
Sergi la miró con profunda tristeza, acercándose a ella también. —No, mi vida. Pero tienes dos padres que te aman con locura, más allá de lo que puedas imaginar. Somos tu familia.
—¿Y... y quién de ustedes es mi papá biológico? —preguntó Chloé, su voz recuperando un filo cortante.
Jandey tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en el pecho. Suspiró profundamente. —Yo... yo, hija, soy tu papá biológico. Pero Sergi también lo es. Los dos somos tus padres.
—¡Ya sabes a qué me refiero! —espetó Chloé, levantando la voz por primera vez en desafío, señalando a Jandey. —¿Tú eres el que cuenta, el que puso la semilla? ¿El otro no?
Sergi sintió el dolor punzante en el rostro de Jandey. El conflicto se había roto. Su propia autoridad se derrumbó. Se levantó del sofá, con la mandíbula tensa. —¡Jamás vuelvas a levantarnos la voz, Chloé! ¡Jamás! ¿Me oíste?
Chloé se levantó del sofá desafiante, negándose a escuchar una palabra más. La revelación había sido demasiado cruda, demasiado fría. Los miró a ambos con ojos llenos de resentimiento y lágrimas. Sin decir nada más, subió corriendo y llorando a su cuarto, cerrando la puerta de golpe. El mundo que ambos habían creado para la pequeña, basado en un amor incondicional, se había desmoronado ante la verdad parcial que acababan de entregar.
Cerca de las nueve de la noche, el olor a comida subió por la escalera. Sergi llamó a Chloé a cenar, su voz más suave, buscando reparar el puente roto. —Chloé, mi amor. La cena está lista.
La niña bajó de mala gana, con los ojos hinchados y el ceño fruncido permanentemente, y cenaron los tres en un silencio incómodo. Jandey, desesperado por inyectar normalidad y aliviar la tensión, intentó buscar conversación.
—El lunes presentaremos los nuevos uniformes, Chloé. Al fin. La Academia tendrá un nuevo aire.
Chloé apenas tocó su comida. —Qué bien —murmuró, sin mirar a nadie.
—Tu papá Sergi y yo trabajamos mucho en el diseño, hicimos la chaqueta más cómoda. ¿Qué opinas de la boina para los más chicos? —insistió Jandey, intentando involucrarla.
—Me da igual.
Sergi, viendo la inutilidad del intento, miró a Jandey y negó con la cabeza en silencio, indicándole que se detuviera. La tensión, lejos de disolverse, se hacía sentir en cada respiración en el aire.
Cerca de la media noche, Sergi se quedó lavando los platos en la cocina, el único sonido era el chorro de agua. Mientras tanto, Jandey se instaló en su mesa de trabajo, dando los últimos toques al boceto del uniforme final: incluía pantalón azul reversible, chomba roja y campera de un dorado viejo. Para los más pequeños había confeccionado boinas, y para los más grandes, bandanas para el cabello, pensando en la comodidad para el Ritmo Libre.
Jandey charlaba con Sergi sobre su punto de vista, la voz baja y melancólica, resonando en la cocina. —Espero que esto, al menos, le dé un respiro a Sergi. Es elegante y moderno. Si Arthur lo aprueba el lunes, el Vicedirector no tendrá argumentos. ¿No crees, Sergi?
—Sí, amor —respondió Sergi en voz baja desde el fregadero—. Será un buen cambio. Ya es hora de que la Academia avance. Espero que Chloé entienda pronto que el amor que le tenemos es lo único que importa.
Ambos padres, exhaustos y concentrados en sus tareas, no se dieron cuenta de que, arriba, Chloé preparaba una mochila con sus cosas más necesarias: ropa, artículos de aseo, un poco de dinero (si tenía) y, por supuesto, la foto de sus papás. Con la respiración entrecortada y las manos temblándole, le escribía un mensaje de w******p a Patrick, su amigo y el hijo de Arthur y Katrina.
—"Necesito tu ayuda. Sé que me he alejado de ti... ¿podemos vernos en la parada de autobús en media hora?"
Patrick, que dormía profundamente, escuchó la notificación de su celular. Frunció el ceño en la oscuridad. Abrió el mensaje. Leyó las palabras, se incorporó en la cama, sintiendo que algo muy malo sucedía. Se levantó de inmediato.