Narra Hillary —Gracias —digo al vendedor ambulante que me entrega el raspado. Es increíble que lo vendan por aquí cerca. Espero junto a su pequeño puesto, llevo el pitillo a mis labios para succionar el néctar: es placentero y me encanta. Mientras degusto el delicioso dulce callejero, observo la entrada de la academia con atención; minutos más tarde la veo salir con su mochila en los hombros mientras habla con una compañera con el pelo de mil colores. Lina nota mi presencia y se despide de la chica. Camino hacia ella y nos encontramos en medio camino, junto a mi auto. —¿Desde ahora vendrás a recogerme? —pregunta con diversión. —Puedo contratar a un chofer —digo, ella niega y me quita el raspado, abro la boca cuando la veo destruir la decoración con el sorbete. —Mi abuela no lo permiti

