2- La esposa que eligió.

2966 Words
Narra Hernán. Abandono el despacho cuando escucho un alboroto que resuena mi nombre. Mi celular tintinea e ignoro cada timbre, pero es inevitable hacerlo con la voz de la recadera de mi abuela. A mitad del corredor interno, veo a Renata, quien al parecer también se ha alarmado con tanto bullicio. El escándalo cesa, por lo que me concentro en la mujer frente a mí, sin embargo, no tardamos en ser interrumpidos por la señora que me busca. —¡Señor! —exclama con un alivio que no le llega—. Su abuela lo está buscando. —Sé lo que quiere —repongo un tanto harto. —La señora Beatrice está molesta porque no fue a la cita. La chica la llamó enojada por su desplante. —No pretendí ser grosero, pero le he dicho a mi abuela que no me prestaré para estas citas. —¿No llamará a la chica? —No. —Observo a la mujer junto a mí—. Vete a casa, yo hablaré con mi abuela. Renata sonríe de medio lado ante la reacción de resignación en la pequeña mujer. Me calma un poco, que mi compañera y aliada esté tranquila, eso puede ser buena señal, por lo que decido preguntarle: —¿Qué pasó con el acuerdo? Renata mira a la mujer y le hago un ademán de que puede hablar sin problema. —El plan es el mismo. La boda —responde ella—. Tienes 10 días antes de irte. —Lo haré. Es lo que debo hacer para no perder nada. —Sabes que yo voy a cuidarlas muy bien. Hago un gesto de agradecimiento que le dice todo. La otra mujer está por hablar cuando detrás se oye la voz de mi abuela. Antes de voltear, miro a Renata mover el peso de su cuerpo de un lado a otro, indecisa. En el fondo de la habitación cercana se deja oír un llanto infantil poco audible, que dura segundos. —Abuela. —Así la saludo, para que sepa lo poco contento que me encuentro. —¡Muchacho insolente! —exclama apoyando su bastón en la madera del corredor—. ¿Por qué no has ido a la cita? —Te dije que no iría —le señalo serio. —¿Y cómo piensas resolver el problema? Debes casarte. —Lo sé. —¿Y por qué no fuiste a la cita para conocer a tu futura esposa? —Porque ya sé a quién te refieres con futura esposa. Esta vez no se lo pediste a Renata, pero sé quién es la nueva candidata y te digo que no me casaré con una Scott. Mi abuela se enoja; sin embargo, se contiene. La respeto, pero no accedo a lo que ella quiera porque sea mi abuela. Su mandadera se pone tras ella. Escuchamos un nuevo timbre, y es la mujer junto a la imponente Beatrice de Hillman, que muestra su pantalla con el nombre de la cita que me programaron. “Valerie Scott” Tan solo ver eso me crispa, no hay forma en que yo acepte algo con ella luego de toda la mierda que pasó. Y no creo que ella aspire eso. —¿Entonces qué harás? Vas a perder todo lo que amas. ¿Estás dispuesto a eso? —su mueca inquisitiva es más un reto, probando si le diré mi plan. —Voy a resolverlo. —¿Ya elegiste a una esposa? —Mi abuela mira a Renata, quien se excusa y se retira. Lo mismo hace la otra mujer. Ante el cuestionamiento anterior, no deseo pregonar nada, pero mi abuela llega a la conclusión por sí sola. Una boda. Esto lo haré por un secreto y por la familia, y por esas mismas dos razones he elegido a la mujer ideal para esto. —Solo quería ayudarte. Y… —Me señala con su bastón—. Espero que no cometas la misma estupidez de Anton al casarte con una mujer de esa clase. Somos Hillman y no cualquiera debe llevar nuestro apellido. Quedamos en silencio unos segundos. —Haz esto bien, Hernán. Recuerda que es por la familia, porque tienes mucho por perder. ¿Serías capaz de vivir si ellas? —No voy a perder. Me casaré pronto… y arreglaré las cosas. —Ya no te preocupes por lo que pasó esa noche, fue hace mucho y los Hillman sabemos enterrar los secretos que nos estorban. Ella me guía hasta la habitación donde sabe está, Renata. Desde la puerta observamos a la pequeña Luna, que duerme en la cama y la chiquita que Renata sostiene. Suelto el aire retenido. —Ellas son tu responsabilidad ahora. No olvides por qué haces esto, ni lo que debes obtener—me recuerda mi abuela. Se marcha sin decir más. —¿Listo para ver a tu esposa? Ella aceptará, ¿verdad? —pregunta Renata. —Sí. Tiene y tendrá motivos para acceder. Debo ir a ver a mi tío Anton. ♤♤♤ Narra Hillary. —El número que usted marcó, se encuentra apagado o fuera de servicio. Apago el móvil enojada tras la milésima respuesta de la contestadora. Insisto en preguntarme en porqué él no me responde, se ha desaparecido sin más. Suelto todo el aire que retienen mis pulmones, el pelo de mi frente se mueve con el leve viento que produzco como brisa. Han pasado unos días que me han vuelto loca, en cambio, a mi madre le han hecho feliz porque ha anunciado la boda por todos lados. Es irónico que mi nombre y el del hombre que posiblemente sea mi esposo circule por todas partes, irónico porque no lo conozco, no sé más que su nombre: Hernán Hillman. Me cuestiono por qué él acepta una boda por contrato, pero luego recuerdo que es m*****o de la dinastía Hillman y se me pasa. Solo un poco. Le pido a Patto que estacione el coche, quedando a unos largos metros de la casa de Trevor. No aguanté la incertidumbre y vine hasta su residencia, por lo preocupada que me tiene su ausencia luego de esa noche cerca de mi edificio. Abro los ojos atenta ante la escena a la distancia. Es él. Lo veo arrastrando unas maletas, reconozco que no son solo suyas por el color y porque a su lado está ella: Dalila, su exnovia con quien se suponía que no hablaba. Mi mente cavilar tantas cosas, ninguna buena para mí. Considero en ir a él y averiguar qué sucede en realidad, pero permanezco en mi sitio observando el momento en que ella posa sus brazos en el cuello de él, quien no la aparta; yo sí ladeo mi rostro sintiendo que vi suficiente. —¿E-está bien, señorita Hillary? —cuestiona Patto con un tartamudeo temeroso y preocupado. Reúno toda mi valentía y salgo del convertible, voy hacia él con mi asistente detrás, notoriamente preocupado. —¿Hillary?, ¿qué haces aquí? —cuestiona Trevor con cara de susto. —¿A dónde vas? —pregunto de inmediato. —Me voy. Tengo que irme. —¿A dónde? —Pues… Me tengo que ir. —Rasca su nuca nervioso —. Me voy, con Dalila. Me duele escuchar sus palabras. ¿Se va sin despedirse? «Claro, él y yo ya no somos nada para que me rinda explicaciones» ¿Por eso no me contestó? —¿Por qué te vas? —Tengo que hacerlo. Hilly, yo… —Lucha por decir algo —. Adiós. —¿Por qué con ella? Trevor no responde. Sin más, sube al taxi con Dalila adentro, se van y es el humo del motor del viejo coche que me deja su adiós. No comprendo por qué se va. Huye, ¿de mí? —Estoy bien. Sácame de aquí —digo a Patto, presintiendo su intención en preguntar. Mi mente está en otra parte, formulando preguntas que solo me prensan el corazón. ¿Él escuchó sobre la estúpida boda? Pero se va con ella. No puedo culparlo. Se ha ido. Patto me avisa que suena mi celular con una llamada de mi madre. A pesar de que no estoy de humor, le respondo y ella presume la boda del año. Más tarde, me encuentro recostada en el asiento del auto, con las manos sobre el rostro. Estoy ofuscada y terriblemente decepcionada de mí, porque estoy por aceptar la propuesta de mi madre luego de que le dije con un rotundo NO, que se olvidara de semejante estupidez. Pero, perdí mucho. Gracias a esa chica que circuló en las redes con mi rostro, todos me señalan, creen que yo trabajo en un lugar tan repúgnate como un prostíbulo. “Ser la esposa de un Hillman te dará buena imagen” eso prometió mi madre. Pero yo no deseo casarme solo por la imagen, menos con un Hillman, ¿otro hijo de Antón?, ¿cuál de tantos? La ausencia de Trevor también me empujó a tomar esta decisión, simplemente se fue. —¿No consideras que casarme con uno de mis hermanastros es más obsceno? —pregunto a Patto que conduce en silencio. —Yo no sé, señorita —dice. —Puedes opinar —digo. Él no opina porque cada que mi madre o yo le hablábamos ya se preocupa por su puesto. —Pues, si no es su hermano, no es indebido. Su madre sabe lo que hace. —Claro que sabe lo que hace. Ella está buscando conveniencia para su nueva familia. Si yo me caso con ese hombre, mi parte de la empresa sería manejada por mi nuevo esposo, el hombre que no conozco. —Si me permite opinar, yo soy hijo de dos hermanastros. Aunque mi abuela sí reprendió a mi madre. Ya sabe, en mi país aún tenemos tabúes. Patto es chino. Llegó al país al obtener una beca, y para cubrir sus gastos trabaja como mi asistente, se graduó hace meses, empero, continuó a mi lado. Pensé que se iría apenas pudiera, soy consciente que no soy una persona fácil de tratar. Lo miro por el espejo retrovisor, sus ojos pequeños no se apartaban del camino que se abre ante nosotros, dándonos paso a la mansión Hillman: Mansión Olimpo; como lo prefiere mi padrastro. —No me alienta tu historia, Patto —repongo. No me alienta, porque sus padres siguen juntos y eso no es lo que yo quiero con mi futuro esposo. Patto se baja a abrirme la puerta, tomo su mano y caminamos juntos hasta que nos abren. Entro con la frente en alto, voy a ceder ante mi madre, pero no con derrota. Por las escaleras aparece Melissa, me analiza a detalle y rueda los ojos, yo solo la ignoro. Mi humor no está para un debate innecesario con ella. —La famosa Hillary Dornan. —Continúa bajando mientras habla—. Pensé que estarías en el tubo, qué guardado te lo tenías. —¿Celosa de que una extraña con mi rostro te haya quitado el empleo al que pensabas aplicar? Descuida, cualquiera que te vea sabrá que vas por la vacante. Me lanza una mirada asesina a la que le regalo una sonrisa. Es claro que no nos llevamos bien, es la sobrina favorita de mi padrastro y desde el primer instante me dejó claro que no le agradé. Prosigo a retomar mi camino, la empleada me indica que espere mientras le avisa a mi madre de mi llegada. Antes, me voy al jardín con el móvil en la mano, estoy por cometer una locura. Resoplo frustrada y lanzo mi celular adelante con el cielo rojizo de la tarde de fondo; llevo mis manos a la boca al escuchar que alguien se queja, quizás por mi inocente lanzamiento. —¡Mierda! —Un hombre aparece frente a mí, quejándose. Se lleva la mano a la mejilla a la vez que se agacha a tomar mi celular del césped; cuando se pone de pie, siento como si la sombra de un gran hombre se alzara delante de mí, es tan alto que me siento pitufina. Me mira con el ceño fruncido, un sentimiento de culpa me invade al notar su labio brotando sangre «Qué puntería tengo» pienso y trago con dificultad ante la mirada férrea del sujeto, que me acapara toda. —¿No hay un cesto de basura en otro lado o tu intensión era herirme? —dice con un sarcasmo mordaz. Su voz no es tan grave, pero evidencia el lado hosco. —Lo lamento, no te vi. —Tal parece. Su presencia es tan imponente que deja mucho que desear, mas lo atrayente es el color de sus ojos demasiado claros. —¿Me lo entregas, por favor? —Estiro la mano para que me de mi móvil. —Creí que no lo querías —repone sin intenciones de darme mi pertenencia. —Fue un error. ¿Qué haces tú merodeando por ahí? Levanta una ceja escéptico. ¿Es uno de los tantos hijos de Anton? Porque no le había visto nunca. —Ya dame mi celular —exijo. —Veo que ya se te pasó el capricho de botarlo. —¿Disculpa? —exclamo indignada—. ¿Me llamas caprichosa? No me conoces… —¡Princesa, ya estás aquí! —expresa mi madre viniendo a mi lugar junto a su esposo y Miss importante. Nathan aparece después. —¡Hernán! —Melissa forma una gran sonrisa y corre a abrazar al hombre—. No imaginé que fueras tú la sorpresa. Veo impresionada al hombre al que le he roto el labio y es abrazado por la favorita de la familia. Le preguntan que le ocurrió, que brota sangre, pero él se reserva la verdad y aclara que no fue nada. Mi madre nos presenta con emoción. —Ella es Hillary, mi princesa. —Y tu futura esposa —agrega Antón. Melissa abre la boca por el asombro, Nathan no dice nada, y el hombre que será mi esposo me analiza de pies a cabeza. Nuestras miradas chocan, la suya no es nada tierna con esos ojos zarcos solemnes. Ladeo la cabeza hacia mi madre que no dejaba de mostrar una blanca sonrisa. Como gesto de educación, Hernán me estira la mano y la estrecho. —Yo no entiendo nada —exclama Melissa, perdida. —No tienes que entender, prima —dice Nathan—. Hay boda en la familia. Otra vez, una unión Hillman-Dornan. Afortunado mi querido primo. —¿Primo? —pregunto confundida. —Así es hija, Hernán es mi sobrino, el hermano de Melissa —explica Anton. «Genial, seré cuñada de Miss importante. ¿Alguna sorpresa más?» —Pero esto es una locura, hermano —dice Melissa. Por primera vez estábamos de acuerdo. —Es la esposa que yo elegí —dice él. Pestañeo sin asimilar sus palabras. ¿Él me eligió? ¿Por qué? —Así es, él te eligió, princesa —replica mi madre —. Solo a ti te concedió ese lugar. En mi mente se plantó la pregunta de por qué él me eligió como esposa, la duda de por qué se casaba conmigo. Sin embargo, no hubo explicación de su parte, no supe nada más de él hasta diez días más tarde. Él fue quien le dio la idea de esta boda a mi madre, por él nos casábamos. Esto no existiría si no fuera porque él me eligió, condenó mi destino. Mi vida cambió en un abrir y cerrar de ojos. Me arrepentí de mi decisión, pero mi madre me dijo que era imposible que dejara plantado al gran Hernán. Todo listo para la boda del año, el acontecimiento que tenía a la dinastía Hillman en boca de todos. Con miedo, con ganas de llorar, hice una última llamada que no me respondieron, él se había ido. —Todo esperan, princesa —avisa mi madre ingresando al cuarto donde espero envuelta en un hermoso vestido de novia—. Es lo mejor para ti, Hilly. —Solo serán dos años —suspiro. He accedido y después de que el juez nos declara marido y mujer solo me toca asumir que ahora soy una Hillman. Mi madre está dichosa, igual que mi padrastro; no conozco a la mitad de los invitados y me siento algo asfixiada. El hombre que ahora es mi esposo, habla con sus primos, quienes han estado haciendo todo tipo de cuestionamientos y dando felicitaciones. Su hermana no luce contenta, pero me da igual su mirada de odio. Por mi cabeza ronda la duda que nadie me ha resuelto, ¿por qué él se casó conmigo? Somos dos desconocidos que ahora están unidos en sagrado matrimonio; qué ironía. —Señorita —habla Patto acercándose —. Felicidades. —No es necesario —digo. Tomo la copa que me ofrece. —Espero que sea muy feliz, señorita. —¡Princesa! —Mi madre se acerca rebosada en felicidad —. ¡Llegó la hora de irte con tu esposo! —Señala el auto para los novios—. Espero que te sientas a gusto con tu familia. —Solo seremos él y yo —repongo, aburrida. —No. Tu esposo tiene su propia familia… Mi madre sonríe y me indigno al darme cuenta del primer secreto de mi esposo. Guardo silencio porque presiento que explotaré, ¿en qué me he metido? Al llegar a la casa que será mi hogar, noto a Hernán serio y pensativo, no me atrevo a hablarle. Adentro nos esperan dos pequeñas niñas y una mujer elegante. Ella se levanta en seguida y mi corazón se vuelca porque la reconozco. —Hillary, ella es Renata Litt. Lo sé, la conozco. Esa mujer fue la que apareció en mi vida a cambiarlo todo, por lo que jamás podría olvidarla.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD