Narra Hillary.
Divorcio. Eso es lo único que he deseado desde el día de la boda, desde que vi a esa mujer. Y he deseado el divorcio hasta pedírselo a Hernán en el primer instante que pude, pero él dice que solo será posible en dos años. Le juré destetarlo, por lo que él se fue y no me importó.
Ahora que he descubierto que él la conoce, mi mente no deja de pensar que él tiene algo que ver. Hace dos años, regresé a casa tras un día de grabación. Ahí, fue cuando vi a Renata Litt en medio de mi sala, ofreciéndole un trato a mi madre por el accidente de mi padre, ese accidente del que me enteré esa noche, pese a que Caroline lo sabía desde el día anterior en que sucedió. Renata buscó conciliar las cosas en nombre de sus clientes a quienes no conocimos. Ambas partes salieron afectadas, pero a mi madre y a mí querían recompensarnos para que no dijéramos nada a la prensa. Eso fue sospecho para mí, pero Caroline olvidó todo, solo supimos que eran clientes en plural.
Si resulta ser que Hernán tuvo algo que ver, ¿cuál sería el motivo para elegirme de esposa? ¿Busca algo de mí? Yo, en cambio, solo lo odio por elegirme como si yo fuera “algo”, por condenarme a dos años de matrimonio sin amor y con la sospecha de que él es el culpable de la mayor desgracia de mi vida.
Ante esto, mi madre me ha dicho que mis deducciones caen en lo erróneo y exagerado. Me ha pedido que lo olvide, que mi esposo es un buen hombre, lo que no creo para nada. Caroline ha sugerido que me comporte como una buena esposa mientras regresa mi marido.
No sé si pueda acostumbrarme a esta vida. No he salido de casa, ignoré las llamadas de mamá diciendo que no quería hablar ni con ella ni con la prensa. De mi lado también se fue Patto, porque ya no había más que hacer como asistente.
La casa está casi sola, tan solo dos empleadas a mi completo servicio, a quienes no he tratado en gran medida, sin embargo, me han agradado. Han sabido respetar mi espacio. La chica más joven, Lina, una cantaría extrovertida que no es capaz de desagradarle a alguien.
—Señora. —Ella asoma su cabeza por la puerta de la que será mi habitación durante un tiempo—. Mi abuela ha servido el desayuno en el jardín, pide que baje.
—Gracias —digo amable.
Se retira. Agarro mi celular y bajo. Espero la llamada de mi abuelo. Él se sorprendió con esta locura en la que me he metido. Espero que regrese de su viaje y así poder pedirle un sabio consejo que me hace falta, ante el sentimiento de resentimiento que crece dentro de mí, dirigido a mi esposo. Ese esposo que no se ha reportado todavía.
—Sin miel, por favor —le digo a Lina.
Ella abre sus ojos y está en una mezcla de sorpresa e indignación.
—¡¿No le gusta la miel?! —exclama con la cucharita en la mano.
—No en los panqueques.
—¡Eso es una barbaridad! —Cierra los ojos y se muerde el labio con arrepentimiento—. Discúlpeme, es que eso es extraño. Cuando estaba en el orfanato la miel era como hallar agua en el desierto.
—¿Estuviste en un orfanato? Dijiste que Ava era tu abuela.
—Sí, salí hace tres años y después de buscar a mi único familiar que suponían que vivía, la encontré a ella.
—Eso es interesante —comento. Ella me agrada mucho, nunca he tenido amigos cercanos—. Desayuna conmigo.
—No podría, debo ayudar en la casa. —Recoge algunos platos y los coloca en su bandeja metálica—. ¡Ah! Debo ir por algo para el nuevo jardinero.
—¿Quién lo contactó?
—Su esposo contrató nuevo personal.
Oír aquel apelativo me produce irritación y ella lo nota, pero no opina. Se retira y yo me dispongo a desayunar. Luego atiendo la llamada de mi abuelo; me dice que llegará en unos días, eso me alegra. Me quedo afuera bajo la cálida mañana.
—Señora —me llama Lina a mi espalda.
—Llámame Hillary o solo señorita, no me… —hablo a medida que me volteo y quedo muda al ver quién está a su lado.
—Él es el nuevo jardinero —lo presenta.
No me detengo a disimular mi impresión al ver a Trevor frente a mí, vestido de jardinero.
—¿Señorita? —habla Lina.
—Sí. Puedes retirarte.
Tras una inclinación de cabeza, se va. Mis ojos no se despegan de él, que me ve suplicante, no dice nada y soy yo quien rompe el mutismo innecesario.
—¿Qué haces aquí, Trevor?
—Hilly. Vengo a disculparme por lo que pasó.
—¿Qué te fuiste?
—Me querían deportar, Hillary.
—¿Por qué?
Él se rasca la nuca dudoso.
—Estoy solucionando eso. Solo quería presentarme y explicarte que no era mi intención irme.
Él no menciona a Dalila y yo no me atrevo a agregar sal a la herida. Aún lo quiero.
—¿Cómo me encontraste?
—No es tan difícil hallar una propiedad, Hillman —responde. Me siento mal, porque no sé como explicarle que me he casado—. No te preocupes por tu boda. Me hace feliz que tú estés feliz.
—Eres muy bueno, Trevor.
—Vine por ti. Me quedaré como jardinero si no te desagrada la idea.
—¿Estarás bien con eso?
—¿Dónde está tu esposo? —pregunta firme, lo que me toma por sorpresa—. Te casaste por conveniencia, ¿cierto?
Me da un tanto de vergüenza confirmarlo, empero, lo hago.
—¿Por qué no me dijiste lo que pasaba contigo?, ¿qué hiciste para no irte? —pregunto.
—¡Señorita! —Lina se acerca presurosa, con el teléfono en la mano—. Es una llamada de su madre, dice que debe atenderla.
Me retiro para atender a mi madre. Me está invitando a una reunión con la familia, por ahora no me interesa crear vínculos familiares, así que rechazo su oferta, ella insiste en que es una despedida para Melissa y me alegra saber que se va, mas no me entusiasma ir a decirle adiós cuando no soy su amiga.
—Te espero, princesa —dice mi madre antes de cortar.
Termino por asistir. Aunque guardé la esperanza de que Hernán se presentara, no pasó. Nadie habló de él, era un misterio su paradero. Al volver a casa ya no estaba Trevor, cené sola como los últimos días. Así continuaron las próximas dos semanas, de vez en vez crucé palabra con Trevor. Hasta que un día salí a esperar a mi abuelo en su casa, pues era su tiempo de regreso. Esperé horas, pero mi amado Milton no llegó y le llamé, me dijo que no regresaría por lo pronto del extranjero. Volví decepcionada a casa, y mucho más quedé cuando los próximos días Trevor se fue con un mensaje de despedida, pidió que no me preocupara. No supe nada de él, ni de Hernán y su vida. Yo estaba sola y me sentí vacía, así que me aferré a cambiar mi suerte en cuanto pudiera.
**
♤ Dos años después…
Observo mi figura en el espejo a la vez que sonrío, no puedo creer lo que está por pasar. Después de tanto tiempo, el día que tanto deseé llegó. Me aliso la falda del vestido n***o porque hoy me interesa lucir espectacular. Mi matrimonio cumple dos años y estoy feliz, pero no precisamente porque haya que celebrar una fructífera relación, no; celebro que está por acabar. Todas dicen que el día de la boda es el más feliz de una mujer, para mí, el día de mi divorcio es el momento más esperando, en el que la alegría no me abandona.
El anillo en mi dedo es una joya digna de un m*****o de los Hillman, ese apellido poderoso que adquirí al casarme con el respetado heredero de la dinastía. Un esposo que yo no pedí, no quise y estoy por romper lazos con él
Ahora que estoy a punto de pasar esta etapa de mi vida, me vuelvo a preguntar, ¿cuál es el veredero motivo por el que él se casó conmigo? Mi madre dijo que él necesitaba casarse y yo, por su puesto, fui la ofrenda perfecta.
He estado encerrada estos dos años, como la esposa perfecta, pese a que él nunca estuvo a mi lado. Visitas esporádicas y ya. Renuncié a mi vida de antes, pero hay algunas cosas que deseo recuperar. Yo solo anhelo liberarme de su apellido porque lo odio, él tan solo me eligió como la esposa que quería, sin contar conmigo, sin conocerme, y sé que tomo mediadas extremas para lograrlo. No sé qué sentimientos guarde, Hernán Hillman por mí, nunca pude saberlo porque no compartimos como esposos, ni siquiera tuvimos una luna de miel, yo no podría acceder a eso.
Desciendo las escaleras mientras deslizo la mano por el brazo de mármol liso. La gran casa de mi esposo es fría, blanca opaca, se parece a él. Veo que Lina regresa del camino a la puerta, me mira y sonríe al instante.
—Vaya, cuanto se nota lo mucho que te emociona ver a tu marido —bromea. Me cruzo de brazos y ella me imita arrugando de paso su delantal —. Creo que viene en camino porque han traído unas maletas.
Termino de bajar las escaleras, me acerco a ella y juntas miramos hacia la gran puerta blanca, pero no ingresa nadie más.
—¿De verdad no te emociona verlo? —pregunta y entrecierra los ojos.
—Me alegra mucho, pero solo porque va a firmar el divorcio. —Camino hasta la cocina con ella detrás.
—Jamás había visto un matrimonio tan extraño que el tuyo.
—¿Cómo podrías si llevas cinco años afuera?
Se encoge de hombros. Lina ya es como mi mejor amiga. Su historia del orfanato no solo es peculiar porque haya encontrado a su único familiar, sino que ese único familiar fue la nana de Hernán.
Tomo una botella de vino que ya estaba abierta y sé que fue Lina. Le permito que tomar lo que quiera, aunque su abuela la regaña pidiéndole que mantenga su distancia, y es que, para mí, ambas son más que las empleadas que me acompañaron en la soledad de esta casa.
—La cena huele deliciosa —digo.
—Mi abuela hizo la comida preferida de tu marido; ella lo conoce.
Ava tiene un gran cariño hacia Hernán y no permite ningún mal comentario hacia él. Por suerte no lee mis pensamientos.
—¿Estás completamente segura de que deseas hacer esto? —pregunta Lina quitando la copa que me he servido, a menudo hace eso —. Ya sabes…
—Muy segura. Deseo divorciarme y eso es lo que haré.
—Es una pena que lo odies tanto, pero entiendo tus motivos al enterarte de…
—No lo menciones, por favor —me apresuro a interrumpirla.
—¿Crees que se haya casado contigo por lo que pasó?, ¿sería por odio o por amor? Tengo muchas teorías y no me ayudas —refunfuña con un puchero.
—Espero que sea odio, para que sea mutuo —digo.
—Sería mejor que sea por amor, es más fácil aprovechase de un hombre enamorado. —Se recuesta en la isla embaldosada—. Pero ya de qué sirve, se divorciarán y, según mi abuela, Hernán Hillman no es el tipo de hombre con el que se pueda jugar.
Eso lo sé, como también sé que no es lo que aparenta. Ojeo el anillo en mi dedo, lo uso para quitármelo al firmar el divorcio. Cuanto me hubiese gustado que esta sortija no fuera por ser la esposa de un Hillman. Eso ya no vale la pena.
—¡Niña!, ¿qué haces ahí? Apúrate que hay que servir la cena. —Ava entra a la cocina apurada dirigiéndose a su nieta.
—No hay prisa, debemos esperar a Hernán —aclaro.
—El señor ya está en casa y pidió la cena.
Escuchar eso, me envía una corriente por la espalda. Llevo meses sin verlo y estamos por reunirnos para firmar el documento que le daría fin a nuestro vínculo de pantalla, porque eso fuimos.
—Vaya al comedor, señorita —me dice Ava.
Camino hacia allá. Al entrar lo veo en la cabecera (donde siempre como yo). Hernán me mira con una expresión visual que no logro descifrar, sus labios están retos y no sonríe. Su cabello castaño bien peinado; además de su traje, lleva una gabardina gris, tan clara como sus ojos.
—Buenas noches, Hillary —dice —. Toma asiento, por favor.
Obedezco, aunque lo destete, prefiero hacer esto por las buenas y alejarme de él lo más rápido posible. No dice nada más. Comemos en silencio cuando Ava trae la cena, langosta como le gusta a él. Es unas de las pocas cosas que conozco del hombre que pronto será mi exmarido.
—Espero que tengas los papeles listos —rompo el silencio que nos envuelve.
Él deja de lado los cubiertos, se limpia con la servilleta y me mira. Sus ojos, a pesar de ser tan claros, me hacen pensar que mantienen una oscuridad intimidante, sin embargo, yo no le he temido.
—Pudiste elegir otro tema de conversación —dice.
—No somos amigos para hablar de banalidades, Hernán —repongo.
—Somos esposos —dice tranquilo. Me desconcierta.
—Nos vamos a divorciar en unos minutos.
Me mira desde su lugar. Estamos de extremo a extremo, con seis puestos de distancia a cada lado.
—¿Y te arreglas tan bien para tu divorcio? —pregunta.
Aunque quiero decirle que sí, me quedo callada, mi madre dice que mi actitud de mordaz suele lastimar mucho, pero a mi esposo eso no le importaría, entre nosotros no hay amor.
—Yo siempre me visto bien, deberías saberlo.
Él se levanta de su silla, se dirige a la salida y antes de cruzar dice que me espera en el despacho. Dejo mi comida, tras que los moriscos no me apetecen, me emociona más ir a firmar el divorcio y obtener mi liberta tan anhelada.
Cuando ingreso al despacho, lo veo sentado detrás del escritorio de madera, con ese porte reservado propio de él. Aproximo mis pasos a su sitio y me siento en la silla quedando cara a cara. Estoy por irme y me pregunto qué será de la casa, no me voy a quedar con ella y Hernán ya vive en otro lugar, no sé dónde ni con quién, aunque es fácil imaginármelo. Lina se querrá ir conmigo, pero Ava no abandonará a su patrón.
—Tus bienes. —Me entrega la carpeta—. Tu empresa y el dinero que recibes por ser mi esposa; la mitad de la casa está tu nombre.
—Prefiero que cada uno se quede con lo que le pertenece. Yo no necesito tu dinero ni tú el mío. Me iré de la casa mañana mismo.
Él despeja la cejas con escepticismo.
—Lo que es tuyo queda a tu nombre, Hillary. Pero me temo que no puedes dejar la casa.
—¿Por qué?
—No habrá divorcio. Seguiremos casados.
Me levanto con agresividad.
—¡¿De qué estás hablando?! —espeto—. El acuerdo termina hoy, no puedes negarte.
—Nuestro matrimonio va a seguir vigente hasta que los dos firmemos el divorcio y no voy a firmar.
—Pero ¿qué te pasa? ¿No tienes palabra?
—Seguirás siendo mi esposa. Acéptalo.
Me retiro indignada, ¿cómo se atreve a hacer eso? Me niega mi libertad. Pero eso no se va a quedar así, nos vamos a divorciar por las buenas o por las malas.