Narra Hillary.
—¿Qué haces?
Al escuchar la repentina pregunta de Lina, doy un salto que me hace chocar de espalda contra los cajones de closet. Retiro la mano que me había llevado al pecho por la impresión. Mi amiga que hoy lleva los rizos alborotados me analiza y pasa su vista de mis manos que sostiene un lápiz de ceja, al espejo al que no le logra ver la parte de atrás. Ella se me acerca con la cesta de ropa limpia.
—Sabía que estabas denigrando a tu esposo —comenta cuando ve detrás del espejo. Deja la cesta en el piso y me estira la mano—. Dámelo.
Le doy el lápiz y ella empieza a escribir alrededor de la fotografía de Hernán. Cuando nos hicimos amiga, Lina puso una foto para que yo descargara mi rabia en ella y terminamos por hacer una imagen cómica de mi marido, con un bigote largo y lentes redondos, nadie podía verlo. Alrededor escribimos muchas cosas cada que yo me sentía mal por él, justo como lo hago ahora. Estoy enojada por su negativa.
—¿Telepático? —inquiero mirando lo que Lina escribió.
—Llamó a mi abuela. Te juro que no pronunció ni una sola palabra, pero mi abuela recibió el mensaje.
—Seguro, Ava sabía que estabas cerca y bajó el volumen.
—Me pegué a la puerta del almacén cuando fui por la harina.
—Deja de espiar a tu abuela.
—Solo buscaba información para ti —dice con un puchero. Niego con la cabeza y corro el espejo a su sitio.
—Debo darme un baño —digo y tomo una bata.
Me doy una ducha de agua caliente. Por la ventanilla del baño escucho los pájaros cantar. La casa está ubicada en una zona alejada de la ajetreada ciudad, es perfecto para conseguir paz.
Para mi atuendo del día, opto por un traje verde pálido con una gargantilla. Lina levanta sus pulgares en aprobación.
—Entonces, ¿saldrás? —pregunta curiosa. Yo rebusco en un cajón para cambiar la gargantilla por una da mis mascadas de seda.
—Por su puesto que sí. Debo obtener mi divorcio porque ya llegó el momento que he anhelado los últimos dos años.
Prefiero pensar que puede ser un lindo día, quizás porque se me han ocurrido algunas cosas para deshacer mi matrimonio. Han pasado dos días desde que Hernán me negó el divorcio. Él no llamó, simplemente se desapareció a su lugar de siempre, o eso creo. Ava dice que regresará.
—Okis, okis. Sé que esperaste esto desde… Sí, desde que te casaste, pero ¿realmente cambia demasiado tus planes? —pregunta jugando con la rosa de uno de mis vestidos.
—Demasiado. —Cierro los ojos y niego pensando en que él me negó el divorcio—. Voy a hacer que firme.
—¿Entonces vas a seguir con tu carrera pausada?
Asiento y le muestro dos opciones de mascada, ella señala la azul y yo escojo la verde.
—¿En qué afecta tu carrera el estar casada y ser divorciada? —Entrecierra los ojos y se da a sí misma la respuesta: —Al estar casada debes dar explicación de tu marido.
—Si estoy casada, debo contestar cosas, como “¿Cómo está él?”, y si estoy divorciada, me cuestionarán la razón de mi divorcio y al ser una tema más sensible, lo evitaré.
—¡Has estado lejos solo por eso! —Se levanta de golpe y me lanza un vestido —. Te has encerrado aquí, y eso es una bobada.
—No quiero dar explicaciones de un hombre al que no conozco. Menos de él.
—Irónico debido a que ese tipo es tu marido. Si te cuestionan di que es un caballero, inteligente, cabecilla en los negocios y un líder familiar modélico. —Se encoge de hombros—. Es lo que presume mi abuela.
Súbitamente, retrocedo cuando ella chasquea los dedos y da un salto.
—¡No lo creo, hasta yo sé de tu esposo más que tú! ¿Qué deseas saber? —inquiere levantando ambas cejas.
Resoplo resignada.
—Nada. —Termino de elegir mi mascada. Me veo elegante y sexy, eso es sinónimo de Hillary Dornan —. Lista.
—¿Y a dónde irás?
—Asuntos legales, voy en busca de mi divorcio. —Me dirijo a la puerta del almario, luego de tomar mi bolso.
—¿Y si llega Hernán?
Giro hacia ella; está recogiendo todas las prendas sobre el mesón de centro. La miro con incredulidad y ella hace un ademán desprovisto.
—Lleva dos días afuera. Seguro le dio por regresar a su isla por dos años más, espero que no regrese de allá aun cuando le lleguen los papeles. —Cruzo la puerta, Lina deja todo a medias y me sigue. Así trabaja ella y no me quejo.
—¿Crees que tu mamá te ayude?
—Tiene que, hicimos un trato y nadie va a pasar por encima de mis derechos.
Bajamos a la primera planta. Me impresiono al ver que dos hombres con overoles destruyen las ventanas del frente; junto al juego de sala hay un enorme cristal que podría ser el reemplazo de las ventanas que quitan, pero lo que me llena de curiosidad es saber el motivo por el que pasa eso en mi casa si yo no ordené ningún cambio.
—¿Sabías de esto? —pregunto mirando a Lina.
—Yo les abrí, mi abuela los dejó trabajar —responde ella.
—Hernán… —murmuro.
—Bueno, al menos abra más luz natural en la casa.
Bufo. No sé lo que trama. Camino hasta la salida por el pasillo de un metro con forma arco. Pero al lado, junto al perchero principal, veo un par de maletas rosas y moradas con dibujitos de flores y cerditos.
—¡Mi abuela dijo que las envió tu esposo! —grita Lina, desde atrás apenas me volteo con gesto inquisitivo.
«Que no sea lo que me imagino, Diosito»
Voy hasta el garaje por mi coche, mi hermoso convertible, fruto de mi propio esfuerzo, y eso sí puedo presumirlo.
Conduzco a la mansión Olimpo. Toco la bocina del auto, para que abran la enorme verja de la mansión. No tardan en abrir y a medida que avanzo por el camino de piedras blancas, pienso en lo poco que me agrada visitar el castillo de mi progenitora. Presiono el timbre. Con solo ver la propiedad se deduce la verdad sobre mi padrastro, que es un hombre respetado en el país y con un poder increíble.
Una de las empleadas con uniforme rojo y blanco (colores distintivos del personal del lugar), abre y me saluda con una sonrisa que no le respondo porque llevo más prisa en hallar a mi madre.
—La señora Caroline está ocupada, señorita Hillary —informa ella tratando de no perderme el paso.
—¿Y Antón?
—Él no se encuentra en casa. —Nos detenemos en unos de los livings.
—¿Quiere algo de tomar?
—¿Está, Melissa?
—No, ella no regresa todavía.
—Entonces no hay veneno. Solo agua, por favor.
Tomo asiento, veo algunas de las revistas sobre la mesita de café. Farándula. Ver las portadas me hace añorar mis tiempos de fama, cosa a la que no estoy dispuesta a volver si no es divorciada. Una fotografía de Melissa en compañía de Elian Decker llama mi atención, veo la fecha y la revista es de hace dos años. Él es un productor famoso.
—Ah, eso no es novedad, solo un paso al pasado —menciona mi madre llegando. Como siempre, viste con elegancia. La verdad es que no nos parecemos (todos dicen lo contrario), ella es rubia y yo castaña clara—. Estamos por echar esas revistas.
—Hola, madre. También estoy bien —digo con sarcasmo.
—Lo sé, siempre estoy pendiente de mi princesa. —Mamá se acerca adarme un ósculo al que correspondo—. Es casi un milagro verte aquí, por eso me temo que es un motivo poderoso el que te ha traído a mi humilde casa.
«Humilde»
La empleada trae mi bebida y la deja en la mesita.
—Tranquila, Melissa no está. Aunque no creo que ella quiera envenenar a su cuñada —comenta mi madre.
—Yo no lo dudaría ni un instante —repongo.
—Puedes retírate, Fay.
La muchacha inclina la cabeza y se retira. Bebo un poco del vaso y lo dejo otra vez donde estaba.
—No importa madre. No he venido a hablar de Melissa. Sabes muy bien el motivo que me ha traído a tu “humilde hogar” —acentúo las dos últimas palabras. Mi madre sonríe, lo que me advierte que ella comprende de lo que hablo, pero no lo tomará del lado que yo deseo—. Mi divorcio. Necesito que me ayudes con eso.
—Hernán no se quiere divorciar, lo sé. ¡Eso es maravilloso!
—¿Estás loca, madre?
—Princesa, toma esto por el lado positivo. Un divorcio siempre es un escándalo.
—No me importa si es el acontecimiento del siglo. Teníamos un trato de dos años, ya se cumplieron y yo exijo mi libertad.
—¿Para qué la quieres, Hillary? Date la oportunidad de conocer a tu esposo. Hernán es un gran hombre.
—No, madre. Puede ser el mismo Rey Felipe y eso no va a impedir que me divorcie de él.
Ella se acerca a tomar asiento a mi lado, toma mis manos y las palmea con ternura, una que usa para comprarme.
—Si él no quiere divorciarse, no hay nada que yo pueda hacer. Debes arreglar con tu esposo y darle una oportunidad si te la pide.
Estoy por levantarme, pero ella me lo impide. Sus ojos marrones me observan con fijeza. Somos dos testarudas que no llegaran a ninguna parte.
—Madre, Hernán y yo no somos un matrimonio normal. Nos casamos por conveniencia y ya terminó, así que mueve todas tus influencias para liberarme de él.
—Retoma tus planes y sé feliz. Yo estaré aquí para ti.
Doy un asentimiento de cabeza con una sonrisa sosegada, conozco a mi madre y sé como presionarla.
—Tenía planeado retomar mi carrera —digo, ella se emociona—. Te daré dos opciones, o me ayudas, o te despido como mi manager.
Caroline se cubre la boca con una de sus gráciles manos, impresionada por mi advertencia.
—No puedes, tenemos un contrato.
—Sí puedo. Y lo haré, voy a trabajar de manera independiente hasta que convenzas a ese idiota de firmar el divorcio. —Me levanto del sofá blanco—. Y también tomaré el control de mi empresa.
—Princesa, no podrás con todo. Yo he sido tu manager siempre; además, tú no has trabajo en la empresa, deja a Hernán hacerse cargo…
—Parece que olvidas quién es mi madre. Soy tan capaz como ella —agrego firme. Mamá desprende orgullo, pero aún sigue indignada con mi ultimátum—. ¿Entonces… divorcio?
—Volverás a mí, princesa.
Aprieto los puños a mis costados. Si me va a poner a prueba verá qué podré con todo; me voy a divorciar a la vez que saco mi empresa a adelante. Tomo mi cartera y me alejo de ella; antes, regreso la mirada y sumo algo más:
—Si no me ayudas madre, voy a usar el secreto de Hernán en su contra.
Ella tensa su mandíbula fina. Ese tema es una razón por la que odio a mi esposo y me duele que mi madre lo defienda.
—Hillary, hija. —Anton llega en compañía de su hombre de confianza y uno de sus tantos hijo. Lo creo porque se parece a él, aunque el chico sea rubio.
Le devuelvo el saludo con adecuación. Yo lo respeto, solo es eso, aunque he llegado a sentir un leve aprecio hacia él. Ha sido muy amable desde siempre.
—Es un milagro, verte por aquí. Hernán ya me dijo que decidieron continuar con su matrimonio.
—No tuve opción —agrego sardónica.
—No le hagas caso, cielo. Ya verás como esto es lo mejor para todos —intervine mi madre.
—Espero que vengan juntos a la fiesta de aniversario, estaremos encantados de tenerlos a los dos, no los vemos casi nunca y juntos mucho menos.
—Hillary estará aquí con su esposo, ¿verdad, princesa?
—Espero no enfermarme —repongo—. Adiós.
Salgo de la gigante mansión. Me detengo en un semáforo y golpeo el volante frustrada, no puede ser que vaya a seguir casada con ese idiota. Ni siquiera sé cómo contactarlo. «No lo necesito ahora»
Antes de que el semáforo cambie y me de paso a seguir, ojeo por la ventanilla y mi atención se planta en un póster de la nueva película de Elian Decker, protagonizada por Dalila Halls. «Extraño mi vida, esa que tenía antes de esta locura, esa que tenía antes de la muerte de mi padre»
Conduzco envuelta en nostalgia y frustración. En el camino, se me ocurren algunas ideas y no pierdo tiempo al llegar a casa.
—Perfecto, envíe la petición de divorcio y presione lo más que pueda —habló con mi abogado a través de la llamada. Noto la presencia de Lina al ingresar—. Manténgase al tanto.
Termino la llamada. Lina está recostada en el reposado de la escalera, con una escoba en la mano y la vista en los trabajadores de enfrente, quienes ya han adelantado el trabajo de las nuevas ventanas.
—Se acaban de poner las camisas, te perdiste de una gran vista —comenta perdida en su veneración.
—¿Tu abuela sabe que desvistes a los trabajadores con la mirada? —La miro incrédula, ella reacciona y niega con la cabeza.
—Esto no es pecado si está en mi mente, ¿o sí?
—Entonces sí los desnudas, pecadora. —Me encamino a la escalera.
—Al contrario de ti, yo sí asisto a misa.
—Hay pensamientos que el agua bendita no puede quitar.
—Deberías ir, quizás lo que necesites es un milagro para solucionar tu problemita.
Me volteo a sonreírle convencida.
—No te preocupes, tendré una cita que me ayudará a conseguir lo que quiero.
Lina se pone pensativa, sé que en su monólogo piensa de quién se trata, al parecer no llega a ningún lado, puesto que me mira con inquisición.
—¿Con quién?
—Mi boleto dorado.
Continúo mi camino hasta llegar a mi habitación, alejada de la de mi esposo. Nunca quise usar la recámara principal, no me interesó nada de él. Antes de elegir mi vestuario para mi cita, hago una travesura a nombre de mi madre que me ayudará. Ella dará un grito al cielo al darse cuenta como usé su nombre, para ese entones ya habré logrado lo que quiero.
—Mi boleto dorado, todo por mi divorcio —me digo en tono travieso.