P.O.V. Maximiliano
El sudor me corría por la sien, no por el trote —que había sido suave— sino porque llevaba quince minutos merodeando la misma cuadra como si fuera un sospechoso profesional.
Ridículo.
Muy ridículo.
Pero ahí estaba yo: de pie en la frutería, fingiendo que escogía manzanas mientras mis ojos se desviaban, una y otra vez, hacia la heladería de tonos pastel al otro lado de la calle.
Dulce Locura.
El nombre era cursi.
El logotipo, adorable.
El aroma… increíble.
Y aunque venía “solo a correr”, la verdad era otra.
—¿Qué tiene de especial? —murmuré mientras giraba una manzana entre los dedos.
Porque Julián me tenía intrigado desde hace semanas. Cada vez que mencionaba ese lugar parecía un crítico gastronómico en trance espiritual.
> “Hermano, no entiendes. Ese helado sabe a fruta real y magia. No es esencia, no es fábrica, es amor hecho helado.”
Y después de eso… silencio.
Cero palabras.
Cero actualizaciones.
Cero invitaciones.
Como si Dulce Locura hubiera desaparecido del mapa… o Julián hubiera decidido guardárselo como tesoro personal.
Pagué, salí de la frutería y respiré hondo.
La heladería estaba justo ahí, acogedora, con la puerta entreabierta y el sonido de una máquina mezclando algo en su interior.
Voy a entrar, pensé.
Solo cinco minutos.
Miro el local.
Pruebo algo.
Me voy.
Normal. Tranquilo. Adulto responsable.
—Voy a entrar —susurré—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Y justo en ese instante, la vida decidió burlarse de mí.
Un auto blanco frenó junto a la acera.
La ventana se bajó.
Y apareció Julián.
Con esa sonrisa que siempre anunciaba problemas o bromas.
—Maxi, hermano… ¿y ese sigilo? —se rió—. ¿Así que te andas escabullendo para ver la heladería a mis espaldas?
Me quedé quieto, con la bolsa de manzanas como evidencia incriminatoria en un juicio.
—No estoy escabulléndome —respondí con más dignidad de la que tenía—. Solo… estaba cerca. Y ya que estoy aquí…
Julián carcajeó tan fuerte que un par de palomas salieron volando.
—Hermano, te vi desde media cuadra. Mirabas el local como si fuera tu crush.
—No estaba—
—Sí. Sí estabas —me interrumpió—. Y no te preocupes, yo haría lo mismo. Anda, súbete. No voy a permitir que vayas a mi “rincón de calma” sin supervisión profesional.
Rodé los ojos, pero abrí la puerta del copiloto.
—No me estaba escabullendo —repetí, resignado—. Solo quería ver el sitio del que hablabas. Aún no entiendo por qué de repente nunca volviste.
El motor rugió suavemente cuando él arrancó, aunque su sonrisa tenía más misterio que cualquier sonido.
—Porque, Max… Dulce Locura no es solo un lugar para comer helado.
—Ajá… ¿y qué es entonces?
—Es un lugar donde pasan cosas —dijo sin borrar su sonrisa—. Cosas que tienes que ver. Y sentir. Cosas que van más allá de lo que tu cerebro lleno de músculos y proteína puede comprender.
Suspiré.
Con fuerza.
A veces me preguntaba por qué seguía dejándome arrastrar a sus aventuras impredecibles… y luego recordaba que siempre terminaban siendo memorables.
El auto avanzó calle abajo.
Mientras nos alejábamos, no nos dimos cuenta de tres pares de ojos pegados a un vidrio, mirando la escena como si fuera el capítulo final de una telenovela de horario estelar.
Ni Julián ni yo lo vimos.
Ni sentimos su atención clavada sobre nosotros.
Pero más adelante…
cuando descubrí quiénes eran…
Entendí por qué ese día empezó a sentirse como el comienzo de algo que aún no sabía cómo nombrar.
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Más tarde — Apartamento de Maximiliano
Al llegar a casa me tiré en la cama, mirando el techo.
—Estuve cerca… —bufé—. De no ser por Julián y su aparición teatral…
A veces parecía tener un radar especial para mis momentos más comprometedores.
Saqué el celular y abrí la página de la heladería.
—A ver… —deslicé con el pulgar—. Helado sin azúcar… opciones dietéticas… ¿helado de proteína?
Parpadeé.
—No puede ser. Julián no mentía cuando dijo que hacían helados con sabor a mis frascos de proteínas.
Reí con incredulidad.
Las fotos eran varias, tomadas con lo que parecía ser un celular modesto. En varias aparecían manos sosteniendo vasitos y copas de helado, pero hubo una en particular que me llamó la atención.
Una mano pequeña y delicada.
No infantil… pero claramente femenina.
Deditos finos, uñas cortas, piel suave.
Me quedé mirándola.
—Qué linda mano —murmuré sin pensar—. ¿Cómo terminó en un lugar así?
No sabía por qué me interesaba tanto.
Era solo una mano.
¿O quizá… no?
Fuera lo que fuera, había algo en esa imagen que me hizo cerrar la pantalla y quedarme quieto, con una sensación extraña en el pecho.
Como si Dulce Locura, con todo y sus colores pastel, ya me hubiera atrapado… sin que yo siquiera hubiera probado su helado.