Abro los ojos de golpe. Estoy acostada en uno de los colchones que habíamos juntado anoche. Miro a mi alrededor notando que estoy sola en el camarote. La luz del sol entra por los grandes ventanas de la pared.
Todos los recuerdos de lo que pasó en el baño me llegan a la mente. Me toco rápidamente el cráneo. Nada de sangre ni dolor.
¿Fue realmente un sueño?
Me levanto casi corriendo y voy al cuarto de baño. No hay ni una pequeña señal de que haya sucedido realmente.
Me lavo la cara y luego llevo mi mirada al espejo. Por un momento espero ver ojos rojos, pero sólo veo mi pelo n***o, que necesita los cuidados de mi amigo el cepillo, y mis ojos azules devolviéndome la mirada. Después de darme una ducha, regreso al camarote para cambiarme.
Me apresuro para llegar a la cubierta donde sé que estarán mis amigas. Las tres se encuentran tiradas en tumbonas colocadas aleatoriamente. Me quedo mirando atontada, pensando en lo sosas que parecen.
Kate tiene su pelo rubio recogido en una trenza larga. El biquini rosa muestra sus dotadas curvas de barbie. Los ojos de un color azul cielo están ocultos tras unas gafas de sol muy oscuras.
Maggi se conforma con llevar su sencillo biquini esmeralda que le combinan con sus ojos, también tapados por gafas de sol. El pelo castaño en ondas se le desparrama por la almohada.
Every lleva un sensual biquini n***o. Su pelo corto del mismo color brilla con la luz del sol. Sus ojos de un tono oscuro son profundos e intensos. Su cuerpo es delgado pero con buenas curvas repartidas equitativamente.
En cambio, yo llevo puesto un short azul marino que combina con mis ojos y me marca perfectamente las caderas. Y mi blusa de tirantes deja mucho a la imaginación. Mi piel está demasiado pálida, pero eso no me desagrada tanto como mi estatura de 1.61.
—Chicas, ¿qué hacen? —pregunto, un poco atónita.
—Tomar el sol —responde Kate como si fuera obvio.
Resoplo.
—¿Vamos a hacer algo divertido que no sea dormir y quemarnos? —suelto con fastidio.
Maggi se sienta y se quita sus gafas de sol para mirarme.
—Se que no te gusta tomar el sol, Rose. Pero nosotras queremos presumir nuestra escapada de la escuela —se justifica.
Las miro con mala cara. De acuerdo, si ellas quieren bronsearse, que lo hagan. Tal vez tenga el lujo de patearle sus traseros quemados cuando no puedan sentarse.
Me doy media vuelta y vuelvo al camarote. El enojo sale por mis poros como si fuera vapor. Doy un portazo al cerrar y luego voy a la maleta.
Lo único que me calma en estos casos es escuchar un poco de música. Me pongo los auriculares y escojo una canción.
Los primeros acordes de las notas de amor suenan en mis oídos. Me encanta esta canción porque es una liga de mis cantantes favoritos.
Su melodía rápidamente se apodera de mi cuerpo. Comienzo a cantarla y mover las caderas.
Las notas pegadizas me van relajado poco a poco, de tal forma que unos minutos después me sorprendo bailando de un lado a otro de la habitación al ritmo de la música.
De repente siento una presión en mis caderas como si alguien me sostubiera por ellas. Por un segundo creí que era una de mis amigas que se había aburrido y venía a pasar el rato conmigo, así que me pongo aún más contenta. Me giro rápidamente con la intención de continuar bailando con ella, pero me quedo paralizada, muy sorprendida, pues los ojos que encuentro no pertenece a ninguna de las chicas.
El salto que doy me lleva casi al otro lado de la habitación. El muchacho que estaba detrás de mi posee una media sonrisa en sus labios carnosos. Tomo un segundo en decidirme qué hacer, pero como él estaba entre salida y yo, hecho a correr lo más rápido que puedo hasta el cuarto de baño, cerrando la puerta con seguro. Apoyo la espalda contra ella haciendo presión con la esperanza de que eso logre impedir el paso de mi perseguidor.
Mierda. ¿Esta es otra de mis tantas pesadillas? Pero, ¿en qué maldito momento me quedé dormida?¿Me estaré volviendo loca?
Trato de normalizar mi respiración para no entrar en pánico. Me llevo una mano a la frente, intentando calmarme, pero lo único que logro es que mi teléfono caiga al suelo llevándose los auriculares consigo. Me agacho torpemente para recogerlo con mis manos temblorosa pero una mano fuerte y grande se me adelanta.
—¿Esto es tuyo? —murmura una voz masculina y profunda, divertida.
Pego un grito por el susto y mi corazón se acelera aún más si cabe. Me doy la vuelta como puedo y trato de abrir la puerta, desesperada, pero mi estado de nerviosismo lo hace una tarea imposible. Entonces, como única opción, doy media vuelta para quedar de frente con el desconocido.
Sin moverme le doy una repasada rápida.
Tendiéndome el teléfono estaba un chico de pelo blanco ingeniosamente despeinado hacia atrás. Los ojos que yo creía que eran rojos en realidad son de un naranja flameante, muy parecidos a la lava recién salida del centro de la tierra. Su mandíbula cuadrada resalta aún más sus suaves labios. Con sus pestañas largas y sus facciones masculinas, sólo se puede definir a sí mismo en "sexy como el infierno". Lleva puesto una camiseta negra que deja ver un perfecto pecho musculoso. Encima de esta lleva una chaqueta de cuero cubriéndole los brazos y su pantalón a juego se le ajusta a las caderas. Aparenta tener cerca de 23 años y el tramo de diferencia que hay de su cabeza a la mía indica que su estatura debe estar cerca del 1.80.
—¿Qué? No me digas que nunca has visto un sexy demonio de la lujuria —bromea con una sonrisa pícara adornando su rostro.
Mis ojos se abren. No le doy crédito a lo que acabo de escuchar.
—¿U... un... demonio? —pregunto tartamudeando.
—Creí que ya lo sabías —levanta una ceja, burlándose.
Pestañeo varias veces, anonadada. Su aliento me hace cosquillas y de repente soy terriblemente consciente de nuestra cercanía. Mis mejillas se calientan, haciendo que él adivine mis pensamientos. Lleva una de sus manos a mi espalda baja y me acerca aún más a su cuerpo, eliminando los pocos centímetros que habían entre nosotros.
—Esto es tuyo —dice ofreciéndome nuevamente el celular.
Lo tomo con la mano libre. El nerviosismo se apodera de mí pues nunca había estado tan pegada de un chico, solo en esos besos ocasionales que no llegan a ninguna parte.
Mi respiración se acelera. El desconocido me mira directamente a los ojos y su sonrisa se desvanece.
Su otra mano me acaricia suavemente la cara. Acomoda un mechón rebelde de mi pelo tras la oreja y juro que sus ojos se encienden de una forma sobrehumana.
—¿Aún eres virgen? —pregunta de repente, pero con la voz suave, como temiendo mi respuesta.
Inmediatamente me pongo como un tomate. Desvío la mirada por la vergüenza y busco rápidamente formas de evitar el tema. Me niego a responder e intento separarme de él, pero me lo impide sosteniéndome más fuerte.
—¿Eso es un sí? —pregunta, buscando mi mirada. —Responde, por favor.
Regreso la vista a sus ojos para contemplarlos. Su expresión es seria pero en lo más profundo de su mirada hay una súplica escondida.
—S... sí —susurro.
Se le hizo imposible ocultar el alivio que surgió después. Su sonrisa vuelve a su sitio y otra caricia se esparce por mi rostro.
—Acepta —me pide.
—¿Qué? —pregunto sin comprender.
—Acepta el pacto. Quiero que seas mía de nuevo- me confiesa, un poco perdido mientras me contempla.
—¿De nuevo...? —repito sin comprender.
—De nuevo —afirma, acompañándolo con un asentimiento de cabeza.
Me acuna la mejilla con delicadeza y acerca sus labios a los míos, tanto que pueden rozarse.
—Te extraño —dice contra mis labios.
Mi mente se queda en blanco. Es difícil entenderlo. ¿Me extraña?¿De nuevo? Habla como si ya me conociera. Esto es muy inusual pues dice que es un demonio, pero me suena más a que es un loco que...
Caigo en la cuenta de algo que definitivamente puede afirmar que estoy demente.
Este chico es el que estuvo en mi habitación la noche antes de mi cumpleaños. Asmodeo, el supuesto demonio de la lujuria que había invocado. El mismo que apareció en mis sueños anoche. El que se supone que es sólo un juego para asustar a los niños. Y está conmigo en este momento.
—Yo... —tartamudeo sin saber qué decir —, no debo hacer pactos con demonios... soy cristiana. Eso es un pecado —intento separarme rápidamente. Me deja ir.
Asmodeo suspira. Su belleza sobrehumana me aturde.
Me separo rápidamente pero no huyo de él, lo contrario de lo que me indica mi instinto. Su sonrisa se vuelve opaca y de repente su expresión me entristece.
Pero la magia del hambiente se desvanece, ya que alguien toca la puerta del baño.
—¿Rose? ¿Estas ahí? —pregunta Maggi.
Miro la puerta y luego miro a mi acompañante, quien asiente, animándome a contestar.
—Sigues sin comprender. Estas retrasando lo inevitable —susurra Asmodeo en mi oído antes de que me decida a decirle a mi amiga.
Sacudo la cabeza, sin comprender.
—Espera, no entiendo nada. Yo...
Pero me quedo a mitad de frase, pues él se había desvanecido en el aire dejándome allí parada con mi teléfono en la mano.
—¿Rose? —insiste Maggi al no obtener respuesta.
No se que coño fue eso, pero me asusta como los mil demonios.