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2135 Words
Chat Noir  Estábamos cerca. Demasiado, diría yo. Podía sentir como me excitaba cada vez que la miraba, casi desnuda y con la poca tela que llevaba completamente translúcida. Sus piernas estaban entrelazadas alrededor de mi cintura con su entrepierna pegada a mí, y podía sentir como se me ponía dura con ese pequeño contacto.   Su mirada azulada no se despegaba de mis ojos y yo tampoco lo hacía. Sentía como mi respiración se entrecortaba y como sus ojos se querían entrecerrar poco a poco, dándome completamente la disponibilidad de todo su cuerpo. ¿De verdad iba a ponérmelo tan fácil?  Había pasado de ser una fiera descarrilada a un corderito dócil que espera que el lobo se abalance hacia él. Debía reconocer que ganas de besarla y hacerla gritar y gemir mi nombre no me faltaban. De hecho, follarla era una de las muchas cosas que tenía planeado cuando la traje aquí, pero en ese momento no quería, simplemente no sentía que fuese el mejor momento. Me gustaba la relación de odio mutua que teníamos, y si comenzaba un juego erótico de dueño y sumisa, la cosa se me complicaría. Además era casi una cría que ni llegaba a los dieciocho años, una cara bonita no es suficiente para metérmela a la cama y a ella todavía le faltaban algunas cualidades para ser una verdadera mujer.  Así que decidí terminar con ese jueguecito. Dejé de hacer precisión sobre sus caderas y la dejé caer al agua. Soltó un pequeño grito de la sorpresa y pronto comenzó a chapotear.    —Te recuerdo que pones los pies en el agua—dije caminando hacia la orilla—y otra regla más para tu lista es que no se toca el material sin un permiso.   Atropelladamente corrió hacia la orilla, buscando un suelo firme donde poner pie y una vez se vio lo suficiente segura, se incorporó y me fulminó con la mirada.    —En ningún momento quise tocarte... Ni más faltaba... Yo solo me asusté porque algo me rozó el pié—se excusó.   —Claro... y por eso casi me metes la lengua en la boca ¿verdad bichito?  Sus ojos se abrieron como platos al escuchar mi lascivo comentario.   —¡¡¿Pero cómo te atreves?!!—exclamó. Sus mejillas se tiñeron de rojo, y evitó mi mirada a toda costa—Yo jamás haría algo tan bajo como eso, yo no beso a bestias como tú.    Rodé los ojos y cogí mi camisa. Me la coloqué rápidamente girándome hacia ella, que se ponía el vestido algo pensativa y a la vez enfurruñada.    —No entiendo por qué me has traído aquí—dijo.    —Ya te lo he dicho, tienes que saber nadar—dije como si fuese obvio.    —A ti no debería preocuparte eso—contrapuso como si fuese obvio—solo soy tu prisionera ¿no? ¿A que viene todo esto? ¿Por qué te empeñas en preocuparte?    —¿Por qué coño tienes que insistir?—dije comenzando a cabrearme—te he dicho que es para que no parezcas tan patética, ¿No te basta con eso?—me acerqué a ella, encarándola. Tuvo que levantar su cabeza para poder mirarme a la cara.    —¿Y lo del antídoto contra el veneno de la serpiente?—insistió.    —Eso ya es otra historia—dije, la esquivé y comencé a caminar—Fin de la discusión, nos vamos.   —Entonces cuéntame esa historia—dijo colocándose a mi lado.  j***r.  Como le gusta tocarme los cojones.    —Va a ser que no—sentencié—¿Alguna otra gilipollez más por preguntar?—ironicé.    —Sí.   Me giré hacia ella con una ceja enarcada. Viniendo de ella me esperaba cualquier cosa.    —¿Para besar a alguien hay que meter la lengua dentro de la boca?—preguntó esbozando una mueca—es asqueroso...   Vale, si qué no me lo esperaba.   No pude evitar soltar una risotada. Me miró molesta, seguramente porque me estaba riendo de ella.    —¿Qué es tan gracioso?—dijo.   —¿Cómo va a ser un beso sino?—inquirí, aún con un atisbo de diversión en mis palabras.   —Pues no se... un beso normal y corriente. Un roce de labios y ya esta—dijo y sabía que todo aquello la incomodaba bastante—Yo no llevo a cabo cosa tan vulgares como...  La agarré con fuerza de las muñecas y se las inmovilicé arriba de su cabeza, a la misma vez que su espalda chocaba contra el tronco de un árbol. La miré con diversión, sin poder creer que tuviese esa idea tan ridícula de como besar.    —¿Te quedaste en la edad de los cuentos de hadas, bichito?—pregunté acercando mi cara a la suya.    —¿Y ahora a qué viene esto?—preguntó removiéndose con fuerza para intentar liberarse.    —¿A qué no tienes ni puta idea de nada?—espeté.    —Para saber cosas tan vulgares como esa prefiero continuar en la ignorancia—aseguró.    —Eso lo dices precisamente porque no tienes ni idea—dije recorriendo su rostro con mis ojos—estoy seguro que si te lo mostrara no harías otra cosa que suplicarme por más.   Soltó una carcajada socarrona.    —Me veo muerta antes que suplicándote algo a ti, estúpido—gruñó, y volvió a intentar liberarse. Sujeté sus muñecas con una de mis manos mientras que con la otra la tomé de la barbilla, obligándola a mantener su mirada firme sobre mí.    —¿Quieres que te lo demuestre?—pregunté.    —Gracias, pero no.   —Podría hacerte gemir con solo jugar con tu lengua—la incité acercándome poco a poco a su boca.    —Lo siento, pero disfrutar de los placeres físicos sin afecto no está en el reglamento de una dama de mi categoría—sentí que se movía con brusquedad, y aunque intentaba parecer fuerte, su voz le temblaba y delataba lo terriblemente nerviosa que estaba. Y j***r como me gustaba verla así, sobre todo si sabía que era yo el que la ponía así—¡Ni mucho menos contigo! ¡Así que aparta tus manazas!    —Dejaste de ser una mujer de categoría desde que pisaste ese suelo—la miré directamente a los ojos—solo tienes que mirarte, preciosa. Con ese vestido empapado que deja muy poco a la imaginación y tu temblando entre mis brazos. Perdona que te diga pero ahora mismo eres de todo menos una dama.   Sus ojos llameaban y sabía que si conseguía liberarse me apalearía por todos lados.    —Eres un cretino, y un grosero que no sabe otra cosa que insultar y estar en celo como los animales—me espetó—. Y como no te basta con eso tienes que arrastrar a los demás contigo para sentirte mejor. Tú me has convertido en esto y ¿sabes qué? prefiero morirme antes que ser tu fulana de cuarta.    —¿A sí?—inquirí alzando ambas cejas.    —Sí—dijo asintiendo varias veces y yo, cuanto más hablaba, más me acercaba a ella para sacarla de quicio. Comenzaba a ser mi pasatiempo favorito—¡¡Quita!!   —Muerta no puedes disfrutar del sexo, bichito—expliqué como si fuese obvio—tú cuerpo todavía tiene muchas cosas que experimentar antes de que se pudra bajo tierra.   En esta ocasión no podía acercarme más, mi nariz rozaba levemente la suya. Nuestras respiraciones se hicieron una y casi podía sentir el tacto de sus labios sobre los míos .    Mierda, iba a besarla. j***r y sí, lo iba a hacer y ¿Sabéis por qué? Porque me sacaba de quicio y necesitaba hacerla entender quien mandaba de los dos, quien era el que podía hacer lo que se diese en gana con ella y quien era el que podía hacerla gritar un solo nombre durante horas y ese era mío.    Pero entonces, la muy zorra hizo algo que me hizo apartarme de golpe justo cuando iaba terminar con esas maldita distancia.   Me escupió en toda la puta cara.   A mí, en mi cara.    —¡¿Pero qué coño?!—exclamé mientras se limpiaba asqueado—¡¿Tú estás loca o qué te pasa?!    —¡No quiero que me toques! ¡¿Me entiendes?! ¡No vuelvas a ponerme una mano encima!—me gritó.   Estaba alterada y me atrevería a decir que algo desesperada. Me dio la espalda y se abrazó así misma mientras miraba al suelo.    —No eres una muñeca de porcelana—espeté mirándola con cierto deje de desprecio. Odiaba cuando se ponía en esa plan, haciéndose la víctima, como si ella fuese la que sufre más que nadie. Pues no es así, mucha gente lo pasaba mal por falta de un techo y comida, y ella que había estado rodeada de lujos toda su vida se ponía a llorar en cuanto su vida se torcía—¿Y sabes qué? En la vida hay que ser fuertes, y no dejarse derrumbar por cualquier gilipollez. ¿Crees que llorando vas a solucionar algo?   Se giró hacia mí, secándose las lágrimas con los puños del vestido.    —¡Tú no tienes ni idea de nada!—exclamó—¡no sabes nada de mí!   Volví a encararla y la agarré de ambas muñecas atrayéndola nuevamente hacia mí, la mantuve prisionera con mis propias manos obligándola a mirarme a todo momento.    —La que no tiene ni idea de nada eres tú—le dije—crees que todo se derrumba cuando algo no encaja con tu perfecto mundo de princesa, pero esto no funciona así. ¿Quieres saber por qué estás aquí?—hice mi agarre más fuerte—¿de verdad quieres saberlo?   —Eso es lo que quiero saber desde que llegué al vertedero donde me tienes—me incriminó y podía ver la rabia que desprendían sus ojos cubiertos por una fina capa acuosa.  Mantuve mis ojos sobre los de ella, sin apartarlos ni un instante. Sabía lo orgullosa que era, sabía que quería parecer fuerte frente a mí, pero era frágil más que el cristal en esos momentos y se veía por como su cuerpo temblaba y como sus ojos estaban empañados por las lágrimas.   Aflojé el agarre poco a poco hasta que acabé por liberarla. Solté un suspiro pesaroso y le di la espalda emprendiendo la marcha.    —Mejor vámonos. Menuda idea de mierda he tenido trayéndote aquí.    Hubo unos segundos de silencio absoluto, pero obviamente iba a volver a hablar.    —¡¿Y ya está?!—exclamó corriendo hacia mí. Me agarró del brazo y me hizo girarme hacia ella—¿No piensas decírmelo?   —¿Para qué?—inquirí—¿Para que te pongas otra vez a llorar como una cría? No gracias, ya tengo suficiente dolor de cabeza para más lloraderas.    —No puedes tirar la piedra y luego esconder la mano.    —Como si quiero tirarte a ti y luego largarme a mi puta casa—ironicé—yo algo lo que me sale de los huevos, punto.    —Eres un maldito cobarde—insultó—. Al menos deberías darme una explicación. Nadie merece estar en cautividad sin ningún motivo.    —Créeme, tu llevas más sangre culpable que inocente—dije, con un voz tan seca que me provocó un escalofrío—solo tienes que mirar mejor a lo que te rodea.   ○○○ Marinette No volví a insistir más, fuese cual fuese el motivo de mi encierro no estaba en mi destino saberlo ese día. Chat Noir me lo había dejado bastante claro.   Aún podía notar el malestar en mi cuerpo y me costaba asimilar todo lo ocurrido en ese lago. Había sido tan surrealista, no podía creer como ese chico podía pasar de un extremo a otro, aunque claro, lo cretino y patán siempre habrán estado presentes.   Lo que me resultaba imposible de ignorar era el hecho de que habíamos estado a punto de besarnos dos veces: una por motivos que aún desconozco y otra porque el muy estúpido quería dárselas de macho.   Llegamos a la pequeña guarida de Miraculous en completo silencio y sin decir ni una palabra. Después de nuestra discusión ninguno de los dos estábamos por la labor de abrir la boca. Pero como todo silencio alguien tenía que romperlo.   —¡¿Pero que habéis hecho?!—exclamó una voz que desgraciadamente ya había escuchado antes.   Mi entonces vi a Lila con su vestido lleno de estiércol y con un terrible olor fétido y a lo lejos a una preocupada Alya que se llevaba las manos a la cabeza.   Maldición me había olvidado de esto. 
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