Malika.
Acomodo mis anteojos sobre el puente de mi naríz mientras aferro los libros a mi pecho, cuento inconscientemente mis pasos hacia el salón de clases que me corresponde. Ubico un asiento vacío en la primera fila y lo ocupo para acto seguido sacar mi libreta y prepararla junto a un lápiz para tomar apuntes.
Miro por el rabillo del ojo al grupo de chicos que atraviesan el marco de la puerta, soltando comentarios burlistas sobre una chica que se encontraron en el pasillo. Agh, populares.
Observo hacia otra parte, encontrándome con un par de muchachos que se pasan saliva entre sí, importándoles un carajo mostrar su homosexualidad en público. Me asqueo internamente, intentando que mi disgusto no sea tan obvio en mi rostro.
Exhalo, tomando la grata decisión de dirigir la vista al techo y considerando que el rodar del ventilador colgante es más interesante que las personas de mi entorno. No me mal interpretes, respeto las preferencias y pasatiempos de todos, pero me gusta estar lo suficientemente ajena para no ser el centro de atención. No me gusta inmiscuirme en lo que no es estrictamente necesario, los chismes y la sociedad sólo ocasionan problemas, y yo estoy enamorada de la calma.
Por lo poco que he narrado, apostaría a que piensas que soy una nerd, así que me veo en la obligación de contradecir tu opinión, puesto que me incluye.
Soy una chica bastante férrea a mis estudios, pero tampoco soy una asocial misantrópica a la que todo le vale mierda. Me gusta entablar relaciones sociales, puedo ser tan carismática como me lo proponga, más no otorgo a las personas la suficiente confianza como para que ellos consideren que soy su "amiga" y viceversa.
Soy apegada a nada, porque tengo muy en cuenta que las espectativas sólo crean desiluciones.
El "Buenos días" pronunciado al unísono por todos mis compañeros de curso me saca de mi presentación narrativa, haciéndome colocarme de pié junto al pupitre y observar a través de los cristales de mis anteojos al hombre que ha entrado al aula.
—Buenos días, muchachos —saluda el desconocido con una cortesía que podría apostar mi virginidad a que es hipócrita, y mi intimidad permanecería completamente intacta—. Mi nombre es Cameron Antxon y, a partir de hoy, seré vuestro nuevo profesor de biología.
Cuando estoy por alzar la mano para pedir el permiso de participar, la voz de un chico se me adelanta.
—¿Algo ha pasado con la maestra Carolina?
Cuando mi nuevo profesor indica que podemos tomar asiento, lo obedezco, pero sin dejar de mirar hacia su dirección, a la espera de una respuesta a la pregunta de mi compañero.
—La profesora Carolina está de reposo por razones que desconozco, diría que soy vuestro suplente, pero ella ha asegurado mediante palabras escritas que pronto recibirá su jubilación.
El aula se llena de murmullos, todos están distraídos dando incógnitas y opiniones entre sí, por lo que me tomo el atrevimiento de dedicarle una mirada soslayada al señor Antxon.
Luce una camisa manga larga con el primer par de botones desabrochados que da vista al nacimiento de sus clavículas. Unos pantalones de mesclilla se ciñen a sus caderas junto a un cinturón de cuero marrón, trae un par de zapatos de vestir y un reloj aparentemente sofisticado adorna su muñeca. Su rostro es de facciones marcadas, su mandíbula va arropada por una densa barba creciente y sus cejas son gruesas, tan largas que se rosan entre sí sobre su glabela. Lleva dos esmeraldas por ojos y su cabello lacio y azabache necesitará visitar la barbería dentro de un par de días.
Buena presencia, ojalá pueda llegar a opinar lo mismo de su enseñanza.
El profesor mira hacia el frente, exactamente en el reloj de pared que se sitúa al fondo de la clase.
—Faltan seis minutos para comenzar la clase, puedo aclararos algunas dudas mientras tanto —ofrece, tomando asiento sobre la silla giratoria.
¿Por qué hizo eso? Mhmm, probablemente sea una de esas personas que usan relojes sólo para lucir algún accesorio. Me parece súper estúpido, considerando que el calzado que trae puesto aparenta ser más caro que un reloj.
Tiendo a ser muy observadora, tanto que quizás sea un arma de doble filo en mi desinteresante personalidad.
—¿Qué edad tiene? —la pregunta se proyecta desde la esquina del aula, siendo una de mis compañeras la transmisora.
El profesor Antxon se cruza de brazos sobre su asiento al recibir aquella pregunta tan sutíl. Ruedo los ojos, no esperaba más de parte de mi compañera con fama de promiscua.
El receptor suelta una pequeña risa, mostrando su impóluta dentadura.
—Treinta y uno.
—Ah pues... —miro por el rabillo del ojo a Samantha, está tonteando con un mechón de cabello entre sus dedos—. No aparenta ser mayor de veinticinco.
La sonrisa del profesor disminuye, su gesto siendo reemplazado por un carraspeo de garganta.
—Me tomaré la atribución de darle las gracias, tomando la decisión más sencilla, la cual significa ignorar el hecho de que está coqueteando indirectamente con su superior, aún teniendo en cuenta que no conoce más que su nombre y apariencia.
El hombre le dedica una mirada seria a mi compañera, ésta se encoje en su asiento sin decir nada más. Bien, alguien debía ponerla en su sitio.
«Controla tu coño, bitch»
—Bueno, chavales —el profesor habla para todos—. Abran su libro de biología en la página número cuarenta y cuatro, titulada Las leyes de Gregor Mendel.
Antes de pasar siquiera la portada del libro, levanto la mano y me dirijo hacia el señor Antxon al recibir permiso.
—No soy profesora, pero me parece que este tema debe impartirse a alumnos de tercer año. Sin intenciones de faltarle el respeto, le recuerdo que nosotros somos del último año.
El profesor entrelaza los dedos sobre el escritorio, relame sus labios al observar con detalle mi rostro y luego pronuncia con una amabilidad fingida:
—Señorita...
—Dubois —le hago saber mi apellido ante su pausa.
—Señorita Dubois —completa con la barbilla en alto, siendo desafiante en un gesto indeseado—, tiene toda la razón —me da una sonrisa ladeada y evidentemente farsante—. Usted no es profesora, por lo tanto, reitero la petición de que abra su libro en la página cuarenta y cuatro y que no vuelva a cuestionar mi manera de dar clases.
Siento cómo varios pares de ojos caen sobre mí. Evito dar una mala mirada al profesor y obedezco a su orden.
«Menudo cabr...»
***
Me miro por enésima vez al espejo, aún indecisa con respecto a mi outfit; el cual consiste en unos pantalones de chándal color salmón, una camiseta blanca y zandalias beige. Pongo una mueca a mi reflejo, presa en el debate mental de atar mi cabello o dejarlo suelto.
Soy endomorfa y, aunque no siento ningún complejo por mi apariencia física, sí que soy insegura cuando de vestir se trata. Me gusta ser una chica simple y, como lo habrás notado, vivir bajo perfil, pero me parece que este color de camisa hace notar mucho mi enorme busto y no logro sentirme conforme con eso...
Pero es que si me coloco otro color de camiseta, tendría que deshacerme también del chándal. ¡Agh, que dilema!
Alguien toca a mi puerta, mi tía atraviesa el umbral cuando le indico que puede pasar.
—¿Ya estás lista? —me mira de arriba a abajo, con los brazos en jarra.
—No me has dicho a dónde vamos exactamente —rasco mi cabeza, tal vez si me dejo el cabello suelto y lo coloco sobre mis hombros no se note tanto...
—A loquear pues, la noche es jóven, y nosotras también —contesta con simpleza, encendiendo un cigarrillo con apariencia extraña...
—¿Eso es marihuana? —abro mis ojos al límite —¡Apaga eso, estúpida!
Mi tía rueda los ojos mientras guarda el encendedor en su cartera.
Franchesca Dubois, treinta años, la adulta más liberal y despreocupada que conozco. Mi padre suele opinar que es mala influencia, importándole un carajo que sea su hermana, pero a mí no me importa lo loca que pueda llegar a ser mi tía; más bien, yo soy la más seria de las dos.
Ruedo los ojos, peinando mis cejas con el cepillo del rímel. A veces, es bueno tener a una tía alcahueta, aunque no seas rebelde.
—Entonces... —dejo la frase en el aire.
—¿Entonces...? —me imita, tosiendo por el humo de su propio porro.
—Lo que te pregunté recién, boba, ¿dónde vamos? —repito la pregunta, abanicando mi espacio personal con la mano para que su nubarrón ilícito no llegue a mis fosas nasales.
—A meternos sustancias que marean —mueve las cejas de arriba a abajo como una expresión maliciosa.
—Ay no, por favor —exhalo con fastidio—. ¿No te cansas de emborracharte?
—Nop.
—¿Sí sabes que existe una gran posibilidad de que os mueras de cáncer pulmonar o cirrosis epática antes de llegar a los cuarenta si sigues así?
Ella suelta una risa.
—Hablame en español, Malik, sabes que soy ignorante ante tu léxico anticuado —resoplo al escucharla—. Igual, de algo nos vamos a morir, ¿qué importa si adelanto el destino? Podré presumir a los demonios que anduve de fiesta durante toda mi vida.
—Al menos piensa que al fumar, le causas más daño a vuestro entorno que a ti misma —arqueo una ceja en su dirección.
—¿Bromeas? La gente se desvive por relaciones tóxicas y tú aquí hablando de que puedo matarlas con humo. Si a las personas no las mata su pareja Chernobyl, son inmunes a mi humo, créeme.
—¡Franchesca! —exclamo como una niña pequeña y aburrida cuando me toma por la muñeca y me arrastra consigo fuera de la habitación.
***
—¿Qué opinas de este? —mi tía me pasa una plantilla mientras se empina una botella de vodka.
Hemos venido a una tienda de tatuajes, parece que le harán un descuento a Franchesca por darse una sesión de besos con la dueña del local.
—Está bonito, Fran —le digo, sin tomarme la molestia de detallar el diseño.
—¿Y este? —me ofrece otra plantilla, coloco mis ojos en blanco.
—Decídete ya, quiero irme a la casa —suspiro.
—Ay, quería que fueras a ver mi show de esta noche en la discoteca —me hace un ridículo puchero.
—De eso nada —niego—. No pienso retrasar mis adoradas horas de sueño por ir a presenciar cómo te follas una barra de metal frente a una orda de morbosos.
—¡Malik, anda...!
—Sigo sin cambiar de opinión —aseguro, tajante.
—¡Anda! Porfa, porfa, porfa...
—Fran —le doy una mirada severa—. La última vez que fui a verte bailar, un tipo derramó cerveza sobre mi escote para tener una excusa de echarle una buena vista a mis tetas —pongo una mueca de desagrado—. Paso.
Ella continúa renfunfuñando mientras la ignoro. Cuando por fin escoge un diseño para plasmarlo sobre su piel, se queda callada en lo que se quita la camisa para recostarse sobre la camilla.
Me distraigo viendo los graffitis de las paredes y los posters de bandas mientras Franchesca se acaba la botella y arruga el rostro consecutivamente por el impacto de la aguja contra su piel.
—Oye, Malik —me llama.
—¿Mhmm? —emito sin apartar la vista de las paredes.
—¿Cuándo nos haremos un tatuaje juntas?
—El día de la per... —me quedo callada un momento al recordar que el día de la pera sí existe, y que es el cuatro de diciembre—. Jamás.
—¡¿Pero por qué?! —exclama con un ápice de indignación —¡Si yo me tatué tu nombre apenas naciste!
Es cierto, tiene tatuado mi nombre junto a mi año de nacimiento dentro de un lazo rojo, justo en el área de la muñeca derecha.
—Tú nada más querías una excusa para tatuarte —le recrimino.
—¡Pero me lo debes! —insiste con un tono infantil.
—Fran... —arrastro su nombre, perdida entre los posters—. Puedes demostrar cariño a una persona, pero eso no la obliga a corresponderte sólo por quedar bien al actuar con reciprocidad. Si haces algo, que sea porque quieres, no para que te regresen el gesto.
Miro de reojo hacia su dirección, ella bufa y el tatuador asiente con la cabeza, mostrando estar de acuerdo con mis palabras.
—No es justo, Malika. Yo nunca te digo que no a nada.
—Nunca te pido nada —le recuerdo—. Además, estás contradiciendo la opinión que acabo de darte.
—Pero sabes que si me pides algo, no me negaré —la veo abrir los ojos—. Así tu petición implique cometer algún delito.
—Cometer delitos es tu pasión —ella me sonríe y yo niego con la cabeza como si no tuviera remedio.
—Hay que corromperte un poco, tía. Agarra malicia, que pereza tener una sobrina santurrona.
—No es mi culpa estar enamorada de la serenidad y que tú sientas una ineludible pasión por el caos —me alzo de hombros.
—Pero si en algún momento de tu vida quisieras asesinar a alguien, yo podría ayudarte a esconder el cadáver, tengo mis influencias.
—¿Qué...? —exhalo profundamente —A veces pienso que sóis una prostituta satánica salida de la Deep Web.
Ante su silencio, vuelvo a concentrarme en los diseños coloridos de las paredes. Pero por supuesto que Fran no dura más de dos minutos con la boca cerrada.
—Alguien debe caerte mal.
Coloco un dedo sobre mi mentón de forma pensativa.
—Muchas personas me desagradan, pero no lo suficiente como para sentir el deseo de desterrarlos.
—¿Alguna actitud en particular que detestas de alguien?
—La hipocresía —contesto, sin lugar a dudas.
—¿Algún hipócrita al que quieras abofetear al menos? O hacer una broma pesada... ¿Sabéis? Muchas veces tengo docenas de huevos en casa y no salgo a arrojarlas a autos porque ya me aburre fastidiar a la misma gente.
La imágen del profesor Antxon se cruza por mi cabeza de repente, la respuesta que me dio hoy fue muy desagradable. Incluso... Incluso pude percibir su falsedad con tan solo oírlo decir "buenos días", si continúa aparentando ser amigable cuando en realidad se nota que es un tipo frustrado, tendré que considerar el ofrecimiento de mi tía.
¿Pero qué estoy pensando? ¡Podrían expulsarme si llego a hacer algo así! Agh. Bueno, es broma, obviamente no sería capaz de algo así... Aunque si sigue cayéndome mal con su arrogancia, podría olvidar que es una broma.
—¿Qué te tatuaste? —inquiero a mi tía cuando vislumbro al tatuador colocarle un trozo de emboplax en el antebrazo
.
—Una araña —me contesta con una sonrisa satisfactoria, enseñándome en el proceso el piercing que cuelga de su frenillo labial superior.
—¿Una araña? ¿Por qué?
Ella mira su tatuaje al colocarse de pié y luego me ve con indiferencia
.
—No sé, porque el diseño se veía bien nice.
Niego consecutivamente mientras agarro la cartera y nos disponemos a salir de la tienda. Definitivamente a mi tía no le falta un tornillo, sino la ferretería entera.