Capítulo 1: El pilar maldito.
Viví una vida completamente normal, y allí estaba, a punto de morir, pero sabiendo que había hecho todo lo posible por estar con ella, y simplemente las cosas no se habían dado, porque el castigo de Dios por mis pecados fue separarme de ella para siempre, y pese a haber luchado toda mi vida por ella, no lo logré, tristemente nunca pude, la maldición era tan fuerte, que ni con la magia más poderosa del mundo en mis manos, logré romper el hechizo que nunca nos dejó juntar nuestras vidas.
Crecí en un hogar humilde, lejos de todos los lujos que uno se pudiera imaginar, es la vida a la que estamos condenados todos los que nacemos en mi nación, una en la cual desde el momento en que aparecemos en el vientre de nuestras madres, estamos condenados a trabajar desde que contamos con la fuerza suficiente para hacerlo, hasta el momento en que envejecemos y perdemos esa vitalidad que nos permite ser útiles para nuestros amos. Mi r**a tiene la particularidad de contar con una fuerza física inaudita, y particularmente en mi familia, nuestra dinastía se había caracterizado por dar a los mejores esclavos que eran popularmente conocidos entre los amos, por siempre ser un linaje de calidad, que daba esclavos incluso más fuertes que el resto.
El abuelo de mi madre era recordado como el pináculo de nuestra r**a, pues había hecho un pacto que le permitía acceder a un nivel de fuerza incomparable, su pacto se llamaba hiel de oso, y le permitía modificar la composición molecular de las cosas, para hacerlas más livianas, y poder cargar tanto peso como deseara.
Todos los Corleos éramos famosos por pactar hechizos de alteración del espacio, y la magia, al igual que funcionaba para todos los demás, nos conducía a que cada nueva generación de nosotros, pudiera pactar hechizos cada vez más fuertes que nuestros antepasados. Se decía de mí y de mi hermano gemelo, que pocos meses después de nacer, cuando ya habíamos empezado nuestra etapa de pre madurez, ya contábamos con tanta fuerza como la de mi bisabuelo, y por eso éramos apetecidos por los amos más poderosos de la región, porque sabían que cualquiera de los dos se podía convertir en un guardaespaldas de confianza, que los hiciera prácticamente intocables.
Solamente se nos permitía comer dos veces al día, pero los amos que nos pretendían comprar, enviaban mucho alimento a mi casa, de manera que nos hiciéramos cada vez más fuertes y saludables, para cuando tuviéramos la oportunidad de escoger a nuestros amos, nos decantáramos por alguno de los postores que nos enviaban alimentos. Yo no acostumbraba tener muchos amigos, porque por mi fuerza, si tocaba a alguien más, incluso de mi propia r**a, era capaz de matarlo si no relajaba lo suficiente los músculos, que solamente era capaz de ablandar cuando abrazaba a mi madre.
El panorama de nuestra sociedad era desolador, postapocalíptico para ser exacto, y la manera en la que nuestra sociedad estaba dividida desde sus mismos pilares era casi asquerosa. Éramos los descendientes de la r**a humana, de quienes conocíamos toda su historia, porque se encargaron de dejarla inmortalizada a través de la tecnología, justo en el último momento antes de morir, el último ser humano le dejó a su descendiente directo un dispositivo que en nuestra sociedad es sagrado, porque allí se encuentran todos los secretos del mundo que nos precedió.
Cuando todo acabó, la sociedad se empezó a reorganizar con el paso de miles de años, hasta que todo quedó tal y como está ahora. Nuestro mundo se divide en cuatro descendencias: la primera es la de los seres Ionizantes, quienes provienen de seres humanos con los que hace milenios empezaron a experimentar exponiéndolos a radiación, hasta que lograron crear personas con capacidades extraordinarias para los seres humanos, y dichas capacidades siguieron evolucionando hasta nuestros días.
La segunda descendencia es la de los biomodificados, seres modificados por la medicina humana, que fueron alterados para alcanzar niveles de longevidad inimaginables para la humanidad, y adquiriendo factores curativos, de modificación ósea, muscular, y otra infinidad de avances que se siguen estudiando en nuestros tiempos.
El tercer origen es el de los ciborgs, quienes se aprovechan de los avances tecnológicos para lograr adquirir modificaciones en sus cuerpos, mezclándolos con tecnología para adquirir fuerza, velocidad, inmunidad a las enfermedades, y muchas otras ventajas. Generalmente están fusionados con la tecnología a nivel celular, o algunos emplean prótesis u otros elementos que les permitan romper las barreras de los seres netamente biológicos.
El más antiguo de todos los orígenes éramos nosotros, los transmutadores, seres que eran capaces de emplear la magia para firmar pactos de sangre a cambio de adquirir poderes que llevaban nuestras capacidades a otro nivel. Siempre crecí creyendo que de todos los cuatro pilares de la sociedad, nosotros éramos el más genial de todos, e incluso el más fuerte, pero mi madre me explicó que a pesar de ser los más poderosos de todos, nos encontrábamos en lo más bajo de la pirámide social, porque los otros tres reinos se habían asociado para someternos a una vida de servidumbre que obedeciera a sus intereses, de manera que si alguno de nosotros se revelaba, podía acabar desencadenando una guerra de los tres pilares principales contra nosotros, y en esa guerra evidentemente seríamos exterminados por ser minoría.
Nada ni nadie podía cambiar nuestro destino, y siempre vivíamos a la espera de que apareciera entre nuestra especie alguien con una voluntad tan fuerte, como para lograr unificar a todos los integrantes de nuestro pilar, y lograr que fuésemos tratados en igualdad de condiciones con las demás razas. Durante cientos de años, mi madre dijo que esperó conocer a ese salvador, pero que nunca aparecía, pese a que los videntes de nuestra especie sugerían que pronto vendría, pero nunca llegaba. Lo más divertido que podíamos hacer, era jugar con mi hermano en el patio de nuestra casa, en donde practicaba combate para mi futura vida de guardaespaldas, con la única persona que era capaz de equiparar mi fuerza.
Mientras crecía, tenía el tiempo suficiente como para cuestionarme el funcionamiento de nuestra sociedad, porque era lo único en lo que podía pensar mientras veía a los de mi r**a morir por falta de alimentos, y en medio de mis pensamientos de alguien que llevaba poco tiempo viviendo, resultaba lógico que nosotros, siendo la r**a más poderosa de todas, nos encontráramos en la cima de la pirámide social, pero la cosa no era tan sencilla. Quizá subestimaba a las demás razas, porque en realidad si escuchaba rumores que entre ellos existían personas realmente poderosas, capaces de equiparar nuestra fuerza a través de sus avances científicos. Sin embargo, la magia que poseíamos era algo que trascendía todo uso de la razón, nuestros amos llevaban milenios estudiándonos, y no eran capaces de explicar de manera lógica la forma en la cual éramos capaces de emanar esa energía, desconocida y temida por ellos, pero a su vez sometida al servicio de los más ricos de su especie.
Algo dentro de mí siempre me condujo a sentirme superior a las demás razas, pero no era capaz de levantar mi voz, porque temía por la vida de mi familia, sabía que hacerlo iba a poner en riesgo la vida de mi madre, y la de mi hermano y mía. No necesité vivir mucho tiempo para darme cuenta que algo debía cambiar, pero no era capaz de entender que no necesariamente ese cambio debía ser yo, no sé si por ego, o quizá por la profunda necesidad de justicia social que deseaba ver nacer en éste mundo, sentía que era mi responsabilidad ser quien cambiara el mundo que nos tocó vivir a mi hermano y a mí.
Cuando adquirimos la madurez suficiente, nuestra madre nos llevó a donde el sacerdote del área donde vivíamos, y éste nos indujo al ritual del descubrimiento de la naturaleza de nuestra fuerza. Solamente existían dos opciones, o eras un transmutador de espacio, o uno de tiempo; pues lo que éramos capaces de alterar con la magia, eran los dos elementos primigenios que constituían la realidad. Nuestra sangre fue derramada por el sacerdote con la daga reveladora, que, según los ancianos de nuestra r**a, contenía trozos del monte de Enoc, en donde se rumoraba nuestros poderes habían nacido.
Poco se sabía realmente del origen de nuestra particularidad, pero se rumoraba que algún ser humano un día subió al monte Enoc, hace miles de años, y logró tocar la mano de Dios, adquiriendo de éste un poder inimaginable, y después de haber recibido el tacto de Dios, de su dedo empezó a gotear sangre, debido a que su carne no fue capaz de soportar el poder que le acababa de ser otorgado. Cuando bajó del monte a buscar ayuda médica, llegó a una cabaña en donde había otros hombres, a quienes les pidió que bebieran se la sangre de su mano, para que pudieran adquirir parte del poder que albergaba en su interior, de lo contrario sería tarde y acabaría muriendo por ser incapaz de guardar algo de semejante magnitud en su interior.
Doce hombres bebieron de su sangre, y ellos fueron quienes se convirtieron junto al primer hombre, en los miembros fundadores de nuestra especie, empezando a manipular la magia celestial, pero jurando nunca usarla para asesinar a los de nuestra propia especie. Eso era lo único que sabíamos de nuestro origen, nada más nos contaban los sacerdotes en sus enseñanzas, y siempre que preguntábamos más, éramos reprendidos por supuestamente tener avaricia de conocimiento.
Al dar inicio al ritual, nuestras muñecas fueron cortadas por el sacerdote con la daga, empezando por mí, que resulté ser un transmutador temporal, mientras que mi hermano acabó siendo uno del espacio. El sacerdote cerró sus ojos y empezó a susurrarnos a cada uno el fundamento de nuestros poderes. En mi caso, mi poder consistía en adelantar y atrasar el tiempo, pero solamente un minuto.
Por otro lado, mi hermano despertó el poder de alterar la materia de la misma manera que nuestro ancestro, a su antojo y conveniencia absolutos. Me alegré sobremanera por él, pero también me quedé pensando acerca de lo injusto que era el haber recibido un poder tan limitado, sin embargo, el sacerdote trató de consolarme advirtiendo que con el paso del tiempo mi capacidad de saltar en el tiempo podía ir aumentando de forma lenta, pero me dijo que no descartara la posibilidad de algún día alcanzar un control absoluto sobre mi habilidad en caso de seguirla puliendo a lo largo de mi vida.
- Sé que parecerá cualquier cosa el poder que te acaba de otorgar la daga, pero no lo subestimes, he visto gente con habilidades menos poderosas que la tuya, alcanzando niveles sorprendentes de poder incluso para nuestra r**a, así que no desesperes. Si me permites dar mi consejo, lo mejor es que lleves tu habilidad al límite de la técnica y la astucia, para hacerte un hueso duro de roer, tal y como el ancestro de tu madre. Deja de lamentarte por lo que te tocó, y demuestra que eres capaz de superar a tu propio hermano, con la desventaja de haber recibido una bendición menor.
Las palabras de ese viejo me parecieron estúpidas, porque en el fondo sentía total justificación de mis quejas, pues esperaba una habilidad realmente fuera de serie, al menos una como la que tenía mi madre, que era capaz de cambiar el estado de la materia a su voluntad. Maldije mi suerte, pero me propuse seguir avanzando sin quejarme tanto, sabiendo que lo que se vendría de ahora en adelante era un esfuerzo sin precedentes.
Me asignaron un maestro diferente al de mi hermano para aprender a utilizar mi habilidad, lo cual era humillante para mí, porque sabía que a él le estaban asignando uno de los mejores maestros disponibles, mientras el mío era uno de nivel intermedio, y me sentía aún más humillado al saber que me lo habían dado solamente por las hazañas de mis antepasados, de lo contrario me tendría que haber conformado con un maestro mucho más débil.
Mi maestro se llamaba Héctor, un hombre medianamente fuerte, que era capaz de manipular el tiempo al igual que yo, con su habilidad que le permitía cerrar los ojos para ver en el pasado, muchos años en el pasado. Él tenía la difícil tarea de formar a un mediocre como yo, alguien que se había relajado toda la vida creyendo que le iba a corresponder una habilidad sorprendente que hiciera el trabajo por sí sola, como la de mi hermano, pero ahora era momento de entrenar seriamente, y no estaba preparado para ello.
- Si quieres recorrer el mismo camino de los más grandes de nuestra r**a, entonces trabaja duro por ello, no hay otra opción más que empezar con lo que el ritual te dio, y con la fuerza bruta que te regalaron de nacimiento, que de por sí es más que suficiente para que seas vendido a un precio exorbitante, así que a trabajar. – me decía mi maestro mientras me observaba tratando de ejecutar mi magia.
Intenté hacer todo lo que él me dijo, cerrar los ojos pacientemente, y encontrar la brecha correcta que me permitiera avanzar o retroceder tantos segundos como quisiera, siempre y cuando no rebasaran los 60. Lo logré en cuestión de pocos días, pues lo que sí había heredado era la capacidad de aprender aceleradamente, pero eso también me causó una nueva laguna mental, pues pese a ya tener mi habilidad familiarizada con mi cuerpo, seguía sin sentirme realmente una amenaza a comparación de mi hermano, quien a diferencia mía aprendía muy despacio a controlar su habilidad, pues tenía un nivel de complejidad incalculable, pero todos temían que cuando aprendiera a controlarla, se terminara convirtiendo en uno de los tipos más temidos del planeta.
Ese contraste me llevó a una fuerte depresión que me dejó en cama durante semanas, hasta que finalmente me decidí a salir a comer con mi hermano, quien me comentó que nos habían invitado a una reunión de amos en la cual iban a estar algunos de los más adinerados del mundo, quienes deseaban vernos a nosotros y a otros buenos ejemplares, para corroborar que si tuviéramos la calidad que prometíamos poseer.
En la reunión nos ubicaron en un cuadrilátero a todos, y mientras nos mirábamos esperando el sentido de aquel escenario, nos soltaron unas máquinas que actuaban como animales, pero que tenían incorporadas tecnologías hechas para asesinar. Ese tipo de cortesías eran obra de un pilar de nuestra sociedad que ni hace falta mencionar cual es para saberlo. Yo rápidamente empecé a viajar un minuto hacia el futuro y rápidamente regresar al presente, para predecir el siguiente movimiento de las bestias, mientras mi hermano alteraba su composición para simplemente convertirlas en trozos de metal livianos, que perdían toda su funcionalidad al tacto de sus manos.
Mi hermano rápidamente impresionó a todos los espectadores, recordando a nuestro ancestro gracias a su gran poder, mientras yo tenía que hacer cientos de viajes para poder derrotar a uno solo de esos bichos. Recuerdo que mientras peleábamos, nos miraba desde el palco uno de los hombres más poderosos de nuestra sociedad, Richard Dorme, un tipo que era el líder de una de las mafias más grandes del segundo pilar, quien se había hecho un nombre gracias a ganar la guerra contra muchos otros mafiosos reconocidos de ese pilar.
Él observaba, y al lado suyo, una mujer preciosa y joven nos veía allí tratando de luchar por nuestras vidas, se trataba de su hija, de quien nadie sabía nada porque aquel tipo solamente le permitía dejarse ver públicamente en compañía suya, de manera que nadie pudiese acercarse a hablarle. Yo la veía detenidamente durante los pocos segundos que era capaz de voltear a buscar su mirada en lo alto del palco, y ella sonreía como burlándose de lo difícil que estaba siendo para mí superar la prueba a comparación de los demás.
El reto impuesto por los futuros amos acabó, y ese sujeto nos manifestó a mi hermano y a mí el deseo de adquirirnos para hacernos sus nuevos guardaespaldas, pero me sentía insatisfecho, porque era completamente consciente que a mi hermano se lo estaba ofreciendo por la fama de nuestra familia, pero también por su talento, mientras que a mí solamente por la fama.
Impotente ante mi realidad, acudí al sitio en donde habíamos realizado el ritual con el sacerdote, con intenciones de encararlo, para exigirle que volviera a practicarme el ritual de iniciación, para confirmar que mi habilidad realmente era así de simple.
- No tiene sentido volver a realizar la prueba, ya arrojó el resultado una vez, y volver a hacerla no cambiará nada, sin embargo, si eso permite que goces de mayor tranquilidad, entonces volvámosla a hacer. – me decía mientras desenvainaba la daga.
Esa daga solamente podía ser manipulada y protegida por ellos, quienes supuestamente eran los únicos con la bendición de Dios para tocar la tierra del monte Enoc. Cuando el anciano me hizo la prueba, la daga rápidamente arrojó el mismo resultado de la primera ocasión, a lo cual furioso, le pedí el favor que me permitiera sostenerla, para realizar la incisión yo mismo, a ver si tal vez eso alteraba el resultado y me daba una mejor habilidad. De inmediato él se enfureció conmigo, haciéndome saber que el mango de la daga era sagrado, y que, si lo tocaba, podía morir al perderme en la incomprensión de su poder.
Yo, que me encontraba absolutamente enojado y desconsolado por mi resultado, grité al cielo, y le arrebaté al anciano la daga, tomándola por el mando, para después romperla en dos con mi rodilla. Al quebrarla, levanté la mirada, pero el sacerdote ya no se encontraba, solamente me encontraba yo, en medio de la absoluta nada, viendo un color blanco absoluto a mi alrededor, lo cual me hizo pensar por un segundo que el poder de la daga era tal, que había destruido mi realidad, y me había dejado en medio de la nada infinitita, pero mi hipótesis fue prontamente descartada por una voz que desde lo alto empezó a llamarme, y que de sólo escuchar me hizo temblar las piernas, por primera vez en mi corta vida.