La mañana amaneció distinta. No por el sol, ni por el cielo. Sino por la gente. Alejandra lo notó apenas abrió la ventana. Había un murmullo extraño en el aire, como si algo importante hubiera pasado. Como si el silencio del pueblo pesara más de lo normal. Salió de la cama con rapidez, aún con la esperanza de ver a Valeria cruzar la calle, tal como lo hacía algunas mañanas, con su cabello recogido a la carrera y esa sonrisa que le desordenaba el mundo. Pero no apareció. Cuando bajó a la cocina, su abuela Rosa la miró con preocupación. —¿Te enteraste? —le preguntó de pronto. —¿De qué? —respondió Alejandra, confundida, mientras se servía un poco de café. La abuela se acercó, bajando la voz como si temiera que alguien más escuchara. —Los Ortega. Se fueron. —¿Qué? —frunció el ceño—. ¿Có

