Valeria y Elías caminaban de regreso a casa bajo el sol que comenzaba a esconderse detrás de los cerros. El pueblo parecía calmo, con ese silencio que solo se rompe por el canto lejano de algún gallo o el motor viejo de una motocicleta. Venían hablando de cosas sin importancia, riéndose por cualquier tontería, sin imaginar lo que les esperaba del otro lado de la puerta.
Al entrar, notaron enseguida algo raro. Sus padres estaban sentados en la mesa del comedor, uno frente al otro, con los rostros tensos, las manos cruzadas y los ojos clavados en un punto indefinido. La televisión estaba apagada, lo cual ya era inusual a esa hora.
—¿Pasa algo? —preguntó Elías, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada.
—Siéntense, por favor —ordenó el padre con voz grave.
Valeria y Elías se miraron, confundidos, pero obedecieron. Se sentaron frente a sus padres, esperando.
La madre fue la primera en intentar sonreír, pero no le salió.
—Tenemos algo importante que decirles —empezó el padre, directo, sin rodeos—. Ya lo hemos decidido. Nos vamos.
—¿Cómo que nos vamos? —Valeria frunció el ceño—. ¿A dónde?
—Vamos a cruzar la frontera —dijo el padre, dejando caer las palabras como piedras—. Vamos a Estados Unidos.
El silencio que siguió fue denso, cortante.
—No —soltó Valeria, casi sin pensarlo—. No, no, no. Yo no me voy. ¡No quiero irme!
—Valeria... —intentó su madre.
—¡Toda mi vida está aquí! —interrumpió ella, poniéndose de pie—. Mi escuela, mis amigas, todo. ¿Y quieren que lo deje todo así, de un día para otro? ¡Cruzar la frontera es peligroso!
—Val, siéntate —le pidió Elías con suavidad, tomándola de la mano para calmarla, pero sus propios ojos ya mostraban tensión—. Papá, esto no tiene sentido. ¡A mí me acaban de dar una beca! ¡Acabo de empezar la universidad hace unos meses! ¿Cómo voy a irme ahora?
—Eso no es problema —respondió el padre sin vacilar—. La vida allá es otra. Tu tío cruzó hace años. Ahora tiene su propio taller, casa, coche. Él va a ayudarnos. Ya hablamos con él. Nos va a poner en contacto con un coyote de confianza, alguien que ha pasado familias enteras. Es seguro.
—¿Seguro? —Valeria soltó una risa amarga—. No hay nada seguro en eso. ¿Y si no llegamos? ¿Y si algo sale mal?
—No podemos seguir aquí, hija —intervino la madre con voz rota—. Apenas tenemos para comer. Ya no podemos más. Nos duele mucho pedirles esto, pero tienen que entender. Es esto... o nada.
Elías apretó los puños sobre la mesa, mirando a su padre.
—Yo no me quiero ir —dijo con firmeza, aunque se notaba la duda en sus ojos—. Aquí tengo un futuro. Me costó tanto llegar hasta aquí...
—Y allá tendrás uno mejor insistió el padre—. No lo ves ahora, pero es por su bien. Es por ustedes.
Valeria sentía que algo dentro de ella se rompía. Miró a su hermano, buscó en su mirada alguna certeza, alguna esperanza. Pero lo único que encontró fue miedo. Y en su propio pecho, una angustia que no podía explicar con palabras.
No podía irse. Su vida, su historia, sus raíces... estaban ahí.
Y aunque no lo dijera, su corazón también.
Valeria estaba hecha un ovillo sobre su cama, con la cara hundida en la almohada y los ojos hinchados por el llanto. Apenas podía respirar del nudo que tenía en el pecho. Sentía que el mundo se le desmoronaba, que algo precioso se le escapaba de las manos sin poder hacer nada para evitarlo.
La puerta del cuarto se abrió con suavidad. Sus padres entraron sin decir nada al principio. Su madre se sentó al borde de la cama, acariciándole la espalda con ternura.
Su padre permaneció de pie, con los brazos cruzados, firme.
—Valeria... —susurró la madre—. Hija, por favor.
—No quiero irme —dijo Valeria con voz quebrada—. ¡No quiero! Toda mi vida está aquí... ustedes no lo entienden.
—Lo entendemos más de lo que crees —respondió su padre—. Pero tú no entiendes lo que es luchar cada día para que tus hijos coman, para que no los arrastre la calle. Allá tendrás una nueva vida, llena de oportunidades. Algún día nos lo vas a agradecer. Aunque ahora no lo veas.
Valeria se giró lentamente, con los ojos llenos de lágrimas, suplicando.
—Papá… mamá… no pueden hacerme esto. Por favor. No esta noche. Necesito tiempo. Necesito despedirme… de mis amigas…
—No —interrumpió el padre con seriedad—. No habrá despedidas. Nos vamos esta noche.
Valeria se sentó de golpe, su cuerpo temblando.
—¿Esta noche? —repitió, con la voz cargada de terror—. ¡No! ¡No pueden! ¡Están destruyendo mi vida!
—Al contrario —dijo el padre, con voz firme—. La estamos salvando. Allá tendrás un futuro, un techo, estudios. Aquí ya no tenemos nada. Ni siquiera esperanza.
—¡Tengo que despedirme de Alejandra! ¡De todos! —gritó Valeria, desesperada—. ¡No me pueden sacar así, sin decir nada!
El padre dio un paso hacia ella, su rostro endurecido.
—Ya te dije que no. No puedes despedirte de nadie. No podemos correr riesgos. Nadie puede saber que nos vamos. Nadie. ¿Entendiste?
—¡No es justo! ¡Ustedes no tienen derecho!
—¡Soy tu padre! —espetó él—. Y mientras vivas bajo este techo, harás lo que yo diga. No habrá discusión.
Se dirigió a la puerta, la abrió de par en par y luego miró a su hija con frialdad.
—Te vas a quedar aquí. No vas a salir.
Cerró la puerta con fuerza y, antes de que Valeria pudiera moverse, giró la llave desde afuera.
El sonido del seguro resonó como un disparo en el pecho de Valeria.
—¡Noooo! ¡Papá, por favor! —golpeó la puerta con ambos puños, pataleó, gritó—. ¡Mamá! ¡No hagan esto!
Pero nadie respondió.
Del otro lado, su padre ya comenzaba a hacer las maletas.
Y Valeria… Valeria lloró hasta quedarse sin voz, con el alma hecha trizas, sabiendo que, al salir de esa casa esa noche, su mundo cambiaría para siempre.
—¡No voy a irme! ¡No me voy a ir! ¡No tienen derecho! —seguía gritando Valeria desde su cuarto, golpeando la puerta con furia mientras las lágrimas le empapaban el rostro—. ¡No pueden obligarme!
Del otro lado de la puerta, sus padres escuchaban en silencio. La madre, con los ojos vidriosos, se tapó la boca con una mano para no romper en llanto. El padre respiró hondo, pasándose una mano por el rostro con frustración.
—No va a parar —dijo con la voz baja, grave—. Se nos va a echar todo a perder si empieza a gritar cuando salgamos. Los vecinos van a oírla. Alguien va a sospechar.
—Es solo una niña —susurró la madre, mirando al suelo—. Está asustada. Y... tiene el corazón roto. Lo sé.
—Lo sé, Maria —respondió él con un suspiro—. Pero tenemos que hacer algo. No podemos dejar que alerte a nadie. Esta noche tenemos que salir en silencio, sin que nos vean. Y con ella así... nos lo va a hacer muy difícil.
La madre guardó silencio unos segundos. Luego se dirigió a la cocina, con los pasos lentos, arrastrando los pies. Abrió un pequeño frasco del botiquín. Al regresar, traía una pastilla blanca en la palma de la mano. La miró como si sostuviera una traición.
—Esto la dormirá por algunas horas —dijo con la voz temblorosa—. Lo suficiente para poder sacarla sin que se dé cuenta… Cuando despierte, ya estaremos lejos.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Dios mío... —susurró, cubriéndose la cara—. ¿Qué le estamos haciendo a nuestra hija?
Su esposo la rodeó con los brazos, apretándola fuerte contra su pecho.
—Shhh… —le dijo con suavidad, mientras ella sollozaba—. Es por su bien. Lo sé que ahora duele, pero allá tendremos una vida digna. No más hambre, no más miedo. No más miseria. Algún día, Valeria nos entenderá. Algún día lo agradecerá.
Maria asintió apenas, temblorosa, mientras se secaba las lágrimas. Caminó hacia la habitación con pasos lentos, cargando en su mano el vaso de agua con la pastilla.
Del otro lado, Valeria seguía gritando con la voz quebrada, sin imaginar que esa noche, sin un adiós… le arrebatarían todo lo que más amaba.