La oficina de Callie estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz grisácea que se colaba entre las persianas medio cerradas. Afuera, el hospital seguía su ritmo frenético, pero ahí dentro, el tiempo parecía suspendido. Alejandra empujó la puerta sin pensar, con el corazón golpeándole el pecho. La escena que encontró la detuvo por un instante. Callie estaba sentada en su silla, con el rostro entre las manos, los codos apoyados en el escritorio. Parecía diminuta, agotada, quebrada por dentro. El mismo fuego que la hacía fuerte, la estaba consumiendo. Al sentir que alguien entraba, Callie alzó la mirada, los ojos aún húmedos, vulnerables. Pero no hubo palabras. Alejandra cruzó la habitación en dos pasos, se inclinó sobre ella y la besó con desesperación. El beso fue intenso, urgente,

