La puerta del apartamento se cerró tras ellas con un clic suave. Alejandra se dejó caer sobre la alfombra del salón, aún jadeando levemente, con las mejillas enrojecidas por la carrera matutina. Callie, en cambio, caminó directo a la cocina, tan fresca como si no hubiesen corrido cinco kilómetros por el parque. —¿Qué quieres de desayuno? —preguntó Callie mientras se ataba el cabello en una coleta alta. —Sorpréndeme. Algo saludable, pero rico —respondió Alejandra desde el suelo, estirando las piernas. Callie sonrió de lado, abriendo la nevera. Unos minutos después, en la cocina ya se escuchaba el silbido de la leche vegetal calentándose y el sonido de la batidora espumando el matcha. —Tea matcha con leche de avena para la señorita exigente —dijo Callie con tono teatral, colocando la taz

