El reloj en la sala de espera parecía haberse detenido. Alejandra estaba sentada fuera del quirófano, con la espalda encorvada, las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo. Su bata seguía manchada de sangre, su rostro desencajado, los ojos rojos de tanto llorar. Emma estaba a su lado, acariciándole la espalda con ternura, intentando consolarla sin palabras. —Respira, Ale. Respira, por favor —le susurraba—. Ya casi salen. Pero Alejandra apenas la oía. La escena del atropello seguía repitiéndose en su mente una y otra vez, como una pesadilla sin fin. De pronto, las puertas del ascensor se abrieron de golpe, y James apareció, pálido, con el rostro desencajado por el pánico. Al verla, corrió hasta ella, tomándola por los hombros con fuerza. —¡¿Qué pasó?! —preguntó, con la voz rota—

