El sol se filtraba tímidamente por las cortinas de la habitación privada. La máquina de monitoreo emitía pitidos rítmicos, constantes. Alejandra estaba sentada en una silla junto a la cama, con la cabeza apoyada en el colchón y la mano de Valeria entre las suyas. Había pasado la noche ahí, sin moverse, sin querer irse. Un leve movimiento en los dedos la despertó. Parpadeó, alzó la mirada y se encontró con unos ojos verdes entreabiertos, pesados, pero conscientes. Valeria estaba despierta. —Ale… —susurró con dificultad, la voz apenas un hilo—. El único rostro… que quería ver si abría los ojos… era el tuyo. Alejandra se quedó congelada por un instante. Luego sonrió, con lágrimas formándose de inmediato en sus ojos. Se inclinó con ternura y le dio un beso en la frente, dejando que una lág

