El hospital seguía con su ritmo agitado de siempre, pero para Valeria, el tiempo transcurría con más suavidad. Cada día se sentía un poco mejor. Caminaba distancias cortas, recuperaba fuerzas, y sonreía con más frecuencia. Y cada vez que podía, Alejandra estaba ahí. En sus ratos libres durante las guardias, compraba un café, algunas galletas del dispensador automático y se colaba en la habitación de Valeria como si fuese parte de su rutina. Ponían alguna serie en la pequeña televisión del cuarto, hablaban de sus días, de lo que ocurría en el hospital, o simplemente se quedaban en silencio, compartiendo una calma que ambas agradecían. Callie, en ocasiones, pasaba cerca de la habitación por razones médicas o administrativas. Y sin querer, se detenía frente a la puerta cerrada al escuchar

