Callie recogía sus cosas con rapidez de la oficina. El reloj marcaba las cinco y media de la tarde, pero su entusiasmo era el de una niña escapándose del colegio. Se colgó el bolso al hombro, apagó su ordenador y salió a paso ligero por el pasillo del hospital. Encontró a Alejandra frente a uno de los monitores del área de emergencias, revisando resultados en pantalla. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y le besó la mejilla con suavidad. —Me voy a casa a alistarme —susurró en su oído—. Mis amigas alquilaron un yate y vamos a hacer la despedida en el mar. Alejandra se giró con una sonrisa y la abrazó con fuerza. —Cuídate mucho… y trata de no acostarte con alguna —le dijo en tono de broma, pero con una chispa de celos traviesos en los ojos. Callie se echó a reír, divertida.

