El hospital estaba lleno de movimiento, como siempre. Pacientes que iban y venían, médicos que caminaban con prisa, enfermeras que cruzaban pasillos con bandejas y papeles. En medio de ese caos organizado, Valeria caminaba con paso tranquilo por el pasillo principal, esperando a que James terminara de hablar con su padre en la oficina administrativa del ala privada. Pero entonces la vio. Alejandra. Cruzando por el pasillo opuesto, con la mirada baja, los ojos enrojecidos, las mejillas húmedas. Valeria se detuvo en seco. —¡Alejandra! —llamó con rapidez, dando unos pasos hacia ella y tomándola suavemente del brazo—. ¿Estás llorando? Alejandra la miró sorprendida, atrapada con las emociones a flor de piel. —¿Qué haces aquí? —preguntó, esquivando su mirada mientras se limpiaba las lágrim

