Capítulo 2.-Ruido Entre Pasillos.

2006 Words
El timbre del colegio sonó con su eco oxidado mientras Alejandra y Valeria cruzaban corriendo el portón trasero, aún jadeando, con las risas escapándoles por los labios como si la vida fuera una escena de película. Se despidieron con un choque de manos, de esos que se hacían desde niñas, antes de separarse hacia sus salones. —Nos vemos en el recreo —le dijo Alejandra, ajustando sus libros contra el pecho. —Sí, sí… y prepárate para huir otra vez, nunca se sabe —respondió Valeria, con una sonrisa ladeada y el labio aún un poco hinchado por el golpe de la mañana. Alejandra se fue por el pasillo de Ciencias, mientras Valeria tomó el corredor largo que llevaba a los salones de tercero. Antes de entrar, la esperaban sus “amigas”, las del grupo de siempre: chicas con uñas largas, labios pintados desde las siete de la mañana y mochilas minúsculas con más maquillaje que cuadernos. —¡Güerita! —le gritó Fabiola, una morena delgada con una coleta alta y ojos de víbora—. ¡Por fin apareces! ¿Qué te pasó? ¿Vienes corriendo de tu luna de miel con la nerd? Valeria frunció el ceño, pero no dijo nada. Se dejó rodear por el grupo mientras caminaban al salón como si fueran en pasarela. —Te estábamos buscando para contar algo fuerte —dijo otra del grupo, Daniela, bajando la voz para darle dramatismo—. Marco… ese idiota con el que salías… está diciendo por todo el barrio que tú lo dejaste porque eres… —hizo una pausa y arrugó la nariz— lesbiana. Valeria alzó las cejas, sorprendida, pero no por el rumor, sino por el tono asqueado con que lo dijo. —¿Y? —¡¿Cómo que “y”?! —exclamó Fabiola—. ¡Lo dice en todos lados! En el campo, en la tienda, ¡hasta en el grupo de w******p del equipo de fútbol! Que tú lo dejaste porque preferías… ya sabes… a las de tu mismo equipo. Valeria soltó una risa seca, sin humor. —Marco es un idiota —dijo con voz firme—. Y eso es lo que suelen inventar los hombres cuando una mujer los deja. Les duele más el ego que los golpes. —Pues igual y es verdad —intervino Daniela, cruzando los brazos con una sonrisita—. Porque tú… últimamente andas demasiado pegada a Alejandra. Valeria se detuvo. Justo en ese momento, vio a Alejandra pasar frente al grupo, por el otro pasillo. Llevaba sus libros contra el pecho, caminaba con prisa y los lentes resbalándole por la nariz. Cuando la vio, sonrió. Una sonrisa discreta, tímida, pero llena de ternura. Valeria no pudo evitar responderle con otra sonrisa, una que solo le salía cuando miraba a Alejandra. Y eso no pasó desapercibido. —Mírenla, la nerd —murmuró Fabiola con desdén—. Esa sí que tiene cara de que le gustan las mujeres. Siempre tan calladita, tan perfecta… tan rara. Valeria giró el rostro lentamente hacia ella. —¿Qué dijiste? —Nada, solo digo que esas cosas pasan cuando una se la pasa con gente como Alejandra. Que luego se te pega lo raro… Valeria se detuvo. Dio un paso hacia Fabiola y la miró con los ojos verdes fijos, peligrosos. —Escúchame bien, cabrona —le dijo en voz baja, con una calma que dolía más que cualquier grito—. Si vuelves a decir una sola palabra mala de Alejandra… te voy a partir tu madre aquí mismo, y que me expulsen si quieren. ¿Estamos? Fabiola se encogió de hombros, fingiendo que no le importaba, pero no dijo más. Valeria respiró hondo, aún con el corazón agitado. Se giró y se alejó del grupo sin decir una palabra más, con las manos metidas en los bolsillos de su falda escolar. No sabía si lo que sentía era rabia, vergüenza o miedo… pero sabía que lo que sentía por Alejandra no se parecía a nada que le hubieran contado. Y no pensaba permitir que nadie la ensuciara con palabras. El recreo llegaba con su habitual caos: gritos, carreras, risas, discusiones por el balón, parejas escondidas detrás del laboratorio de física, y la fila del kiosko que parecía nunca avanzar. Pero en medio de todo ese ruido, Alejandra esperaba tranquila en la esquina del patio, sentada en el mismo banco donde siempre se reunían. Tenía los libros sobre las piernas, el cabello recogido en una coleta suelta, y una expresión paciente mientras hojeaba su cuaderno de biología. Valeria apareció entre la multitud con su andar despreocupado, los tirantes del uniforme medio sueltos y una sonrisa en los labios que se le borró en cuanto vio a Alejandra. —¡Mi científica favorita! —saludó, dejándose caer a su lado como si el banco le perteneciera desde siempre. Alejandra la miró por encima de los lentes y sonrió. —Hola, problemática favorita. ¿Sobreviviste al salón de las barbies venenosas? Valeria rodó los ojos. —Me estaban afilando las uñas en forma de cuchillo. —Ten cuidado. Algún día una de esas uñas te va a sacar un ojo. —Y tú me vas a tener que operar, ¿no? Ambas rieron suavemente. Era un momento solo suyo, lejos de las miradas, de los rumores, del mundo que no entendía lo que ellas compartían. —Oye —dijo Alejandra después de un rato—, la siguiente clase la tenemos juntas. Es biología. —¿Sí? ¡Qué bien! Así no me aburro. —Y… ya hice el trabajo que teníamos que entregar hoy —agregó Alejandra, con un tono ligeramente travieso. Valeria la miró en blanco. —¿Qué trabajo? Alejandra soltó una risita suave, sacudiendo la cabeza. —Nada, da igual. Ya lo presentaré por las dos. Valeria abrió los ojos, sorprendida, y luego se inclinó hacia ella para abrazarla de golpe, fuerte, como si le saliera del alma. —¡Eres la mejor amiga del mundo! ¡De todo el maldito universo! Te juro que si un día soy rica te compro una clínica solo para ti. Alejandra se ruborizó, pero disimuló bajando la mirada. —Tienes que empezar a tomarte más en serio los estudios, Vale. Es lo único que nos puede sacar de aquí. Tu familia no va a hacerlo por ti, y el barrio… bueno, el barrio solo jala para abajo. Valeria se echó hacia atrás con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando el cielo nublado. —¿Y para qué? Si tú vas a ser doctora y me vas a mantener —dijo en tono burlón. Alejandra le lanzó una mirada incrédula, pero divertida. —¿Ah, sí? —Claro. —Valeria giró el rostro para mirarla de frente—. Y si quieres, nos casamos. Así es más legal todo. ¿No crees? El corazón de Alejandra dio un brinco. La risa se le quedó atrapada en la garganta y el rubor le subió de inmediato por el cuello hasta las mejillas. —Tonta… —murmuró, sin saber si reír o cambiar de tema. Valeria no insistió, pero la observó con curiosidad, como si quisiera decir algo más y se lo guardara. Entonces sonó el timbre, ese chirrido estridente que devolvía a todos a la realidad. Valeria se puso de pie de un salto, estiró la mano hacia Alejandra y la miró con una sonrisa radiante. —Vamos, futura esposa. Digo, futura doctora. Alejandra le tomó la mano sin pensarlo. La calidez del contacto le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica, y no dijo nada. Caminó con ella, con los dedos entrelazados un instante más de lo necesario. Y en medio del ruido de los alumnos regresando a clase, Alejandra supo que había una parte de ella que no quería soltar nunca esa mano. La clase de biología olía a marcador viejo y humedad. Las ventanas mal cerradas dejaban entrar una brisa tibia que apenas servía para mitigar el sopor del mediodía. En las paredes, los carteles de anatomía humana se habían descolorido con los años, y el esqueleto de plástico en la esquina tenía una calcomanía de Pikachu en la frente que nadie se había molestado en quitar. Valeria se sentó junto a Alejandra en la tercera fila, justo frente al escritorio del profesor Ramírez, un hombre cincuentón, flaco y con voz nasal que siempre parecía tener alergia a algo. —Hoy vamos a exponer los trabajos del sistema digestivo —anunció el profesor, ajustando sus lentes con los dedos manchados de tiza—. En parejas. A ver… Alejandra y Valeria, ustedes primero. Ilústrennos. Valeria se congeló por un segundo. —¿Nosotras qué? —susurró, volviendo lentamente la mirada hacia Alejandra. —Tranquila. —Alejandra le pasó dos hojas escritas con letra impecable y un par de láminas que había dibujado a mano con órganos coloreados—. Solo léelo. Yo empiezo y tú sigues cuando te haga la seña. Valeria la miró con los ojos verdes bien abiertos, mezcla de terror y gratitud. —Eres una bruja… buena. Una bruja académica. —Cállate y levántate —dijo Alejandra, ya de pie, con una sonrisa en los labios. Frente al aula, Alejandra comenzó la exposición con la seguridad de quien había leído no una, sino tres veces el tema. Su voz era clara, tranquila, con ese tono que hacía que incluso el más distraído levantara la cabeza para escuchar. Valeria, a su lado, la miraba con asombro genuino, como si estuviera viendo una versión mágica de su amiga, una que brillaba sin darse cuenta. Cuando Alejandra le pasó la palabra, Valeria respiró hondo y comenzó a leer. Tropezó un par de veces con las palabras largas —duodeno, enzimas pancreáticas, peristalsis— pero lo hizo con tal desparpajo y carisma que hasta el profesor sonrió. —Y por eso —concluyó al final, agitando la lámina como si fuera una bandera—, aunque comamos como bestias, nuestro cuerpo hace milagros para procesarlo. Fin. Hubo unas risas entre los compañeros. Un par de aplausos incluso. Alejandra la miró con esa mezcla de “no puedo creer que dijiste eso” y “igual lo hiciste bien”. —Gracias, chicas. Buen trabajo —asintió el profesor—. Siguiente pareja: Mauricio y Paola. De regreso a sus asientos, Valeria no paraba de sonreír. —¿Viste eso? ¡No tartamudeé tanto! ¿Y esos aplausos? Me sentí famosa por un segundo. —No te emociones tanto —le dijo Alejandra, aún conteniendo la risa—. Dijiste “como bestias” frente a todo el grupo. —¿Y acaso no comemos así? Tú viste cómo me tragué la torta en el recreo. Eso es ciencia pura. Alejandra negó con la cabeza, divertida. —A veces no sé si ayudarte o darte un zape. —Haz las dos cosas. Así me mantienes en equilibrio. Pasaron el resto de la clase intercambiando notas, comentarios en voz baja, y miradas cómplices que nadie parecía notar, o tal vez simplemente nadie se atrevía a comentar. Al final del bloque, cuando el timbre volvió a sonar, Alejandra comenzó a guardar sus cosas mientras Valeria la observaba en silencio por un instante. —¿Sabes algo? —dijo de pronto—. Cuando hablas en público… brillas. No sé cómo haces para no temblar ni tartamudear. Yo estaría vomitando del pánico si no fuera por ti. Alejandra levantó la mirada, sorprendida. —No es tan difícil cuando sabes lo que quieres decir. Y además… —hizo una pausa—, cuando estás cerca de alguien que te da valor, es más fácil. Valeria sonrió. No respondió, pero en su interior, algo se movió. Algo profundo, antiguo y peligroso. Algo que llevaba tiempo queriendo salir, pero que aún no sabía cómo nombrar. Y en el fondo, ambas sabían que eso —lo que sea que estaban construyendo— estaba empezando a ser demasiado fuerte para seguir escondiéndolo.
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