La mujer que no debía intrigarme

1513 Words
El ascensor se detuvo con un leve suspiro metálico. El reflejo en la pared de cristal me devolvió una imagen impecable: cabello n***o liso, recogido en una coleta baja, ojos grises fríos como acero bruñido. Nada fuera de lugar. Nada que no pudiera controlar. El reloj marcaba las once en punto. Dante Volkov siempre llegaba a tiempo, o eso decían los informes que revisé. Los rusos entendían de precisión… y de amenaza. Mis tacones resonaron sobre el mármol al entrar en la sala principal de juntas. Amplia, sobria, dominada por el logotipo DRAVELL CORPORATION grabado en acero sobre la pared. Me senté en la cabecera, lugar que aún pertenecía a mi padre, pero que todos sabían que pronto sería mío. —La puntualidad es un arma —murmuré para mí misma, mientras Samuel acomodaba los documentos sobre la mesa. —Y tú tienes un arsenal completo, cariño —respondió, sonriendo con ese tono que solo él podía usar sin que lo despedazara con la mirada. No tuve tiempo de replicar. Las puertas se abrieron. El aire cambió. No por el movimiento, sino por la presencia. Dante Volkov cruzó el umbral con paso firme, flanqueado por su asistente, un hombre alto de rostro inexpresivo. El ruso vestía un traje n***o que hablaba de poder sin una palabra. Su mirada —oscura, profunda, insondable— se encontró con la mía, y por un instante sentí el choque. Electricidad pura. No pestañeé. No lo haría. —Señorita Dravell. —Su voz era un filo bajo, cargado de un acento que raspaba el aire. —Señor Volkov. —Respondí con calma glacial, levantándome solo un segundo para estrechar su mano. Su piel estaba fría, su agarre firme. No era un saludo, era un pulso. Durante unos segundos, ninguno cedió. Y ambos lo sabíamos. —Su empresa es impresionante —dijo, echando un vistazo a la sala, aunque su mirada volvía siempre a mí. —Lo sé. —Respondí sin pestañear—. Por eso está aquí. Samuel carraspeó, rompiendo la tensión. —¿Desean café? —n***o —respondió Dante. —Como su reputación —añadí, con una leve sonrisa. Él sostuvo mi mirada, y por primera vez vi algo en sus ojos: interés. No profesional, no estratégico. Curiosidad peligrosa. El sonido del reloj de pared fue el único testigo del silencio que siguió. Frente a mí, Dante Volkov se acomodó en su asiento con una calma ensayada. No dijo nada. Solo me observaba, como si cada detalle de mi respiración le revelara un secreto que quería descifrar. Yo no ofrecí explicaciones. Los Dravell no explican. Imponen. —Empecemos —dije, cruzando una pierna sobre la otra—. Esta es la proyección de las próximas fusiones en Europa del Este. Las condiciones ya están definidas. Ustedes obtendrán el treinta por ciento de participación. —Treinta —repitió él, con voz baja, casi un desafío—. Modesto, considerando que nuestra red cubre más de la mitad del suministro. Sonreí con lentitud. —Modesto no. Justo. —Giré el monitor hacia él—. Porque sin la estructura Dravell, su red se derrumbaría en seis meses. Samuel contuvo la respiración. Marco, su asistente, apretó la mandíbula. Dante, en cambio, sonrió. No de burla. De reconocimiento. —Tiene agallas, señorita Dravell. —Tengo cerebro. Las agallas son de los hombres que creen que pueden ganar gritando. El silencio que siguió fue denso, elegante. Podía sentir cómo trataba de leerme, pero lo único que permití que viera fue control. El poder no se grita. Se respira. Él asintió despacio. —Supongo que ahora entiendo por qué su padre confía en usted. —Mi padre no confía. Observa. —Apoyé las manos sobre la mesa—. Como usted. Por un instante, algo cambió en su mirada. Una sombra de admiración, mezclada con una amenaza silenciosa. Se levantó, caminó alrededor de la mesa y se detuvo detrás de mi silla. No lo miré, aunque sentí su presencia a centímetros. —No suelo asociarme con personas que podrían destruirme —murmuró. —Entonces ha venido al lugar correcto —respondí sin perder el tono—. Porque yo no destruyo. Redefino. Volvió a su asiento con una sonrisa imperceptible. —Bien —dijo finalmente—. Haremos negocios, señorita Dravell. Pero quiero hacerlo a mi manera. —¿Y cuál es su manera, señor Volkov? —Cara a cara. Sin intermediarios. Mañana, aqui en su empresa. Quiero ver cómo maneja un imperio. Sostuve su mirada. —Le advierto algo —dije con calma—. En Dravell, no todos los hombres salen ilesos. —Me gustan los riesgos —respondió él, levantándose. Nos dimos la mano una vez más. Esta vez, su toque fue distinto: más lento, más intencionado. Cuando se marchó, supe que había aceptado más que un trato. Había aceptado mi desafío. POV Dante Volkov Desde que la vi por primera vez, supe que Artemisa Dravell no era una mujer común. No se trataba solo de su belleza —aunque sería un idiota si dijera que no me impactó—, sino de la manera en que caminaba. Como si el suelo se adaptara a su paso, como si el mundo entero girara a su ritmo. La mayoría de las mujeres con las que he tratado se derriten ante mi presencia, buscan mi aprobación o temen mi poder. Artemisa no. Ella me observó con una calma calculada, como si estuviera evaluando si yo merecía estar frente a ella. Y eso, maldita sea, me fascinó. Durante la reunión en su empresa, fue evidente quién tenía el control. No permitió interrupciones, no dejó vacíos. Cada palabra que pronunciaba era precisa, medida, como si estuviera moviendo fichas en un tablero que solo ella conocía. Y yo… disfruté cada segundo de esa batalla silenciosa. Cuando aceptó el trato, lo hizo sin titubear. Ni un temblor en la voz, ni una mirada de duda. En sus ojos había algo que rara vez encuentro: poder genuino. No el que se compra con dinero o se impone con miedo, sino ese poder que nace de la convicción. Lo más peligroso es que no puedo leerla del todo. Hay algo detrás de su mirada fría, algo que no muestra y que me provoca querer descubrir. No sé si es curiosidad o una amenaza disfrazada de atracción, pero me cuesta apartarla de mi mente. Me incliné hacia atrás en el asiento del auto, con el cigarro encendido entre los dedos, observando cómo la ciudad se deslizaba por la ventana. Había conocido a políticos, magnates, criminales, mujeres hermosas… pero ninguna como ella. Artemisa no busca agradar, no busca permiso. Domina. Y eso la hace peligrosa. —La reina Dravell… —murmuré con una sonrisa casi imperceptible. Quizá debería mantener distancia, dejar que el acuerdo sea solo eso: un negocio. Pero hay algo en mí que no lo permitirá. Esa mujer me está desafiando sin decir una palabra, y si algo me define, es que nunca retrocedo ante un desafío. El motor rugió al avanzar por la avenida principal. Mientras el humo del cigarro se disipaba, una sola idea cruzó mi mente: No sé si Artemisa será mi aliada o mi perdición… pero ya es demasiado tarde para no querer descubrirlo. El reloj marcaba las once y media cuando entré al penthouse. Las luces automáticas iluminaron el espacio con un resplandor tenue, reflejándose en las paredes de cristal que dejaban ver toda la ciudad. Nueva York dormía… pero el poder nunca lo hace. Dejé el saco sobre el respaldo del sofá y me serví un trago de vodka. El hielo crujió al caer. Todo estaba en silencio, excepto por la voz en mi cabeza: “Y por los hombres que creen que pueden controlarlo”. Artemisa Dravell. Nombre y apellido que sabían a desafío. El teléfono vibró. Viktor Volkov. Mi padre. Respondí sin prisa, apoyándome contra el ventanal. —Hijo —su voz sonó profunda, cargada de autoridad—. ¿Cómo fue la reunión? —Productiva —contesté, tomando un sorbo de vodka—. El acuerdo con los Dravell está cerrado. —¿Con Gregory? —Con ambos. —Hice una pausa—. Pero fue ella quien firmó la jugada. Silencio al otro lado. Luego, una risa breve. —Entonces conociste a la hija. —Artemisa. —El nombre se me escapó más lento de lo que debía—. Tiene el control en las manos… y lo sabe. —Ten cuidado —advirtió Viktor, con ese tono que usaba cuando algo lo inquietaba—. Los Dravell no se mezclan sin veneno. —Ni los Volkov. —Sonreí con calma—. Por eso cerramos el trato. —No te distraigas, Dante. Vienes de una línea que no se deja seducir. —No me distraigo. —Mentí. Apagué el altavoz y quedé mirando la ciudad. El reflejo del vidrio me devolvió una sonrisa que no me gustó: la de un hombre que había encontrado algo que no sabía si quería poseer… o destruir. Artemisa Dravell. El trato estaba cerrado. Pero el verdadero negocio apenas comenzaba.
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