El reloj marcaba las diez y cuarenta y cinco cuando Artemisa ajustó el puño de su chaqueta blanca frente al ventanal principal del piso mas alto de Dravell corporation Desde allí, la ciudad parecía un tablero de luces en movimiento. Nueva York nunca se detenía, y ella tampoco.
—Ya están preparando la sala de juntas —anunció Samuel, sin levantar demasiado la voz—. Café, agua, los contratos revisados tres veces. Como pediste.
—Perfecto. —Artemisa se giró lentamente. Su tono era tranquilo, pero su mente estaba calculando cada segundo. Dante Volkov no llegaba tarde; llegaba con intención.
El reflejo del vidrio le devolvía una imagen impecable, la de una mujer que no temía al poder, que lo usaba como segunda piel. Sin embargo, el leve temblor de su respiración la traicionaba. No era miedo, era otra cosa: expectativa controlada.
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave timbre.
—Hermana… —La voz melodiosa la sacó del pensamiento.
Artemisa giró apenas el rostro.
Selene Dravell cruzó la recepción con su energía luminosa habitual, el contraste perfecto entre ambas. Vestía un conjunto beige de lana fina, el cabello suelto cayendo sobre los hombros. Su sonrisa era esa clase de luz que los Dravell rara vez mostraban en público.
—Selene —dijo Artemisa, esbozando una media sonrisa—. Creí que estabas en París.
—Regresé anoche. No podía perderme el gran día de mi hermana mayor firmando con los Volkov. —Se acercó a besarle la mejilla—. Papá debe estar orgulloso… aunque no lo diga.
Artemisa soltó una risa breve, elegante.
—Papá no se siente orgulloso. Se siente en control.
—Entonces hoy lo perderá un poco —replicó Selene con picardía—. Porque ese ruso te mira como si ya supiera que va a ganar.
—Nadie gana en mi terreno, Selene. —El tono fue seco, aunque en el fondo le divertía la observación.
Samuel se acercó con un gesto prudente.
—Acaban de llegar. Dante Volkov, su asistente Marco, y… un tercero.
—¿Quién?
—Mikhail Volkov. —Samuel bajó un poco la voz—. Primo del señor Volkov. Economista, según los informes. Frío como el acero.
Artemisa enderezó los hombros.
—Entonces que suban los tres. Quiero ver hasta qué punto los Volkov saben trabajar en familia.
Selene la miró con curiosidad.
—¿Seguro que no quieres que me quede?
—Sí. —Le tomó la mano por un momento, firme—. Pero esta vez, observa. No hables.
Selene arqueó una ceja.
—Como si pudiera resistirme.
El ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron.
El aire volvió a cambiar.
Dante Volkov cruzó el umbral con el mismo paso firme y medido que la primera vez, aunque esta vez había algo distinto: una decisión en la mirada. Tras él venía Marco, su asistente, con una carpeta bajo el brazo; y un poco detrás, Mikhail Volkov, de semblante serio, ojos azules helados y porte militar.
Artemisa no se movió.
—Señor Volkov —saludó con esa calma que helaba el ambiente—. Bienvenido nuevamente a Dravell Corporation.
Dante la observó unos segundos, antes de responder.
—Un imperio digno de su nombre. —Su voz volvió a rozar el aire como acero contra terciopelo—. Y veo que hoy tenemos compañía.
Selene dio un paso adelante, con la elegancia heredada y la frescura que Artemisa ya había aprendido a usar como ventaja.
—Selene Dravell. Hermana menor de Artemisa. —Extendió la mano.
Dante la estrechó brevemente.
—Un placer.
Mikhail, detrás, inclinó apenas la cabeza.
—Mikhail Volkov.
—Ya lo sé —dijo Artemisa, sin apartar la mirada de Dante—. Revisé su expediente esta mañana.
Dante sonrió apenas.
—Entonces estamos todos bien informados.
La tensión era sutil, pero palpable.
Los Volkov contra los Dravell.
El hielo contra la llama.
Artemisa dio un paso hacia la mesa de juntas.
—Pasemos a lo importante. El contrato está listo. Pero antes de firmar, quiero que vea cómo se mueve el corazón de Dravell. —Sus ojos se fijaron en Dante—. Lo que vino a conocer cara a cara.
Él sostuvo la mirada, sin una palabra.
Solo asintió.
La guerra de poder, oficialmente, volvió a empezar.
El grupo avanzó por el pasillo principal, un corredor de vidrio y acero donde cada reflejo devolvía la perfección del poder.
El sonido de los tacones de Artemisa marcaba el ritmo, seguido por el eco firme de los pasos masculinos detrás.
Nada en Dravell Corporation era casual. Ni la temperatura exacta del aire, ni la música instrumental que apenas se oía en el fondo. Todo estaba diseñado para imponer respeto.
—Dravell Corporation cuenta con seis divisiones principales —dijo Artemisa, con voz segura, sin mirar atrás—. Tecnología, energía, inversiones, biotecnología, transporte y defensa. Cada una genera su propio flujo, pero todas responden a una sola cabeza.
—La suya —intervino Dante, con tono neutro.
Ella giró apenas el rostro, mostrando una media sonrisa.
—Exactamente.
Selene los observaba desde un paso atrás, fascinada por el pulso invisible que se formaba entre ambos. Samuel mantenía el ritmo, tomando notas mentales, mientras Mikhail se movía con mirada analítica, absorbiendo cada detalle.
Marco, como sombra fiel, no hablaba. Solo observaba.
Artemisa los condujo hasta una sala panorámica con cristales que dejaban ver la planta de producción digital.
—Aquí desarrollamos los algoritmos que controlan parte de los sistemas de seguridad gubernamentales —explicó, girándose hacia Dante—. Muchos creen que los imperios se sostienen con dinero. Están equivocados. Se sostienen con información.
—Y con quién la controla —replicó Mikhail, cruzando los brazos.
Artemisa lo miró directamente.
—Exacto. Y por eso la información Dravell no se comparte, se vende. A quien puede pagarla.
Dante observó la manera en que ella hablaba: sin vacilar, sin buscar aprobación.
Era una ejecutiva, sí, pero también una estratega que entendía la guerra silenciosa detrás de los negocios.
Y eso lo intrigaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Siguieron avanzando.
En el siguiente nivel, pasaron junto a oficinas llenas de empleados concentrados. Cada uno levantaba la vista al verla pasar, como si su sola presencia impusiera una ley no escrita.
Dante lo notó.
—Tienen miedo de usted.
—Tienen respeto —corrigió Artemisa—. El miedo paraliza, el respeto los hace eficientes.
Selene sonrió por lo bajo.
—Traducción: mi hermana no necesita gritar para que la obedezcan.
Artemisa le lanzó una mirada que bastó para hacerla callar.
Dante, sin embargo, sonrió.
—Un liderazgo… particular.
—Funciona —contestó ella.
—No lo dudo. —Sus ojos se clavaron en los de ella—. Pero el poder absoluto suele dejar grietas.
Artemisa sostuvo su mirada, sin pestañear.
—Solo si el que lo sostiene tiembla. Y yo no tiemblo, señor Volkov.
El silencio entre ambos duró segundos, aunque se sintió eterno.
Mikhail desvió la vista, fingiendo revisar un panel interactivo; Selene apretó los labios, conteniendo una sonrisa nerviosa.
El aire se había vuelto más denso.
Finalmente, Samuel rompió el clima.
—La última parada es el centro de control financiero. —Abrió la puerta lateral—. Desde aquí se supervisan todas las cuentas internacionales.
Dentro, un equipo reducido de analistas operaba frente a múltiples pantallas.
Dante avanzó un poco, observando las cifras en tiempo real.
—Eficiencia rusa —comentó con un dejo de ironía—. Tal vez tenemos más en común de lo que pensaba.
Artemisa se acercó hasta quedar a menos de un metro de él.
—O tal vez ambos solo entendemos el lenguaje del control.
La distancia entre ellos era mínima.
La electricidad, la misma del primer encuentro, volvió a vibrar en el aire.
Ni Selene ni Samuel se atrevieron a interrumpir.
Mikhail, con una mirada casi imperceptible, observó a su primo. Sabía reconocer peligro cuando lo veía… y aquello ya no era solo negocio.
Artemisa se apartó con elegancia.
—Creo que ya vio lo suficiente, señor Volkov. ¿Listo para firmar?
Dante asintió, despacio.
—Listo. Aunque empiezo a sospechar que el contrato no será lo más difícil que firme hoy.
Artemisa sonrió con frialdad.
—Entonces espero que esté preparado para lo que viene.
Salieron de la sala, dejando atrás el murmullo de las máquinas.
El recorrido había terminado, pero la partida apenas comenzaba.