La sala de juntas brillaba bajo la luz del atardecer que entraba a través de los ventanales. Artemisa revisaba documentos junto a Dante, mientras el resto del equipo aguardaba con discreción. Selene, inquieta, se había apartado un poco del grupo, curioseando los cuadros digitales de la pared que mostraban estadísticas y planos holográficos.
Mikhail permanecía de pie, serio, las manos en los bolsillos del pantalón oscuro, con esa elegancia fría que intimidaba sin necesidad de hablar. Su mirada se posó en Selene por unos segundos. Después, su voz grave rompió el silencio.
—¿Trabajas aquí? —preguntó sin rodeos, sin cambiar el tono ni la expresión.
Selene giró hacia él, con una sonrisa divertida.
—¿Yo? Ni loca. Este ambiente no es para mí.
—¿Y para quién es, entonces? —replicó, inclinando apenas la cabeza, curioso pero sin perder esa distancia que imponía.
—Para quienes disfrutan las reuniones y los trajes ajustados —respondió ella, cruzándose de brazos con picardía—. Yo tengo otras aspiraciones.
—¿Como cuáles? —preguntó Mikhail, esta vez con un leve brillo en los ojos, apenas perceptible.
—La moda —contestó Selene con orgullo—. A mis veinte años tengo mi propia empresa de diseño. Y, si te soy sincera, me apasiona la tecnología. En eso soy la mejor.
Mikhail la observó en silencio por un momento. No sonrió, pero en su mirada se percibió una chispa distinta, una mezcla de interés y evaluación.
—Ambiciosa —dijo finalmente—. Eso no se ve mucho a tu edad.
—Depende dónde mires —replicó Selene con una media sonrisa.
Él sostuvo su mirada unos segundos más antes de volver la vista hacia la mesa, donde Dante y Artemisa continuaban firmando documentos. Su gesto permaneció impasible, pero algo en su mirada dejó claro que aquella joven le había despertado una incómoda curiosidad.
El reloj marcó las seis en punto cuando las puertas de la sala de juntas se abrieron.
El ambiente se volvió solemne al instante.
Gregory Dravell, presidente de Dravell Corporation, entró con paso seguro. Traje oscuro, mirada firme, presencia que dominaba la sala.
Artemisa se levantó.
—Padre —lo saludó con tono profesional, aunque en su voz se notaba una leve nota de respeto genuino.
—Artemisa —respondió él, asintiendo antes de girar hacia Dante—. Señor Volkov, un placer verlo nuevamente.
Dante se puso de pie y estrechó su mano.
—El gusto es mío, Gregory. Es un honor concretar nuestra alianza.
Selene, que había permanecido en silencio hasta entonces, se levantó y se acercó a su padre con una sonrisa cálida.
—Papi —dijo suavemente, dándole un beso rápido en la mejilla antes de volver a sentarse.
Gregory le devolvió la sonrisa con un gesto paternal y se acomodó en la cabecera de la mesa.
El ambiente volvió a tensarse, pero con un aire de respeto mutuo.
—Pasemos al contrato —indicó, abriendo la carpeta de documentos.
Las plumas comenzaron a deslizarse sobre el papel.
Primero Gregory firmó con la seguridad de un hombre que domina su terreno.
Dante lo siguió, con un trazo firme y preciso.
Por último, Artemisa, que tomó la pluma con elegancia, sin vacilar un solo segundo.
Cuando el último trazo quedó sellado, Gregory levantó la vista.
—La alianza Dravell–Volkov queda oficialmente establecida.
Dante asintió levemente, su sonrisa contenida.
—Entonces celebremos este momento.
Gregory hizo una señal, y enseguida ingresó el personal con una bandeja de copas de cristal y una botella de champaña francesa.
El sonido del corcho al destaparse rompió el silencio con un toque festivo.
Las burbujas doradas llenaron las copas con elegancia.
—Por la unión Dravell–Volkov —declaró Gregory, alzando su copa—. Que el poder de ambas casas crezca y perdure.
Las copas chocaron suavemente.
Dante sostuvo la mirada de Artemisa al beber, y ella no la apartó.
Había un pulso invisible entre ambos: orgullo, desafío y una atracción contenida.
Selene observaba la escena con una sonrisa leve, sin captar del todo la tensión subterránea, mientras Mikhail, siempre frío y observador, estudiaba cada gesto en silencio, con una mirada que parecía calcular más de lo que mostraba.
El salón de juntas comenzaba a vaciarse. Las copas de champaña, aún con burbujas doradas, reflejaban las luces del techo como si el éxito tuviera brillo propio. Dante ya se había marchado junto a Mikhail y su asistente, dejando tras de sí una sensación extraña: poder, misterio… y algo más que Artemisa prefería no analizar.
Samuel se acercó a ella con su habitual porte elegante. El traje perfectamente entallado, el reloj brillante y ese aire de sé lo que valgo que lo acompañaba a todas partes.
—Cariño, este día merece más que un simple “hasta mañana”. —Sonrió, acomodándole un mechón rebelde detrás de la oreja—. Tenemos que celebrar, ¿no crees?
Artemisa lo miró con media sonrisa, mientras guardaba los documentos en su maletín.
—Sam, sabes que no soy fan de las celebraciones improvisadas.
Antes de que él respondiera, Selene irrumpió con la energía de siempre:
—¡Yo sí! Vamos, Artemisa. Una cena, un par de copas… nada que no puedas manejar.
Samuel asintió de inmediato, uniéndose a la causa.
—Escucha a tu hermana. El contrato más importante del año se firma una sola vez. No me harás celebrar solo con mi espejo, ¿verdad?
Artemisa soltó una risa suave.
—No lo sé, Samuel. Mañana tenemos una reunión temprano.
Selene cruzó los brazos, fingiendo estar indignada.
—¿Y desde cuándo la gran Artemisa Dravell le teme a una mañana de trabajo?
Samuel dio un paso al frente, con su mejor tono dramático.
—Por favor, mi jefa favorita. Unas horas fuera de la oficina no arruinarán tu imperio. Prometo que elegiré un lugar elegante… con buena música, y cero dramas.
Artemisa los miró a ambos, intentando mantenerse firme. Pero entre la sonrisa traviesa de Samuel y la mirada suplicante de Selene, sabía que había perdido.
—Está bien —dijo al fin, exhalando—. Solo por esta noche.
Selene dio un pequeño salto de alegría.
—¡Sabía que dirías que sí!
Samuel palmeó las manos, triunfante.
—Excelente. Yo me encargo de todo. Vestido impresionante, ambiente perfecto y un brindis a la altura de tu éxito.
Artemisa sonrió, resignada pero divertida.
—Espero que no te emociones demasiado.
—Por favor, yo nací emocionado —contestó Samuel con una risa ligera—.
Mientras caminaban hacia el ascensor, Selene la abrazó por el brazo.
—Prometo que será divertido, papá no tiene por qué enterarse.
La puerta se cerró frente a ellos y el reflejo de las luces sobre el acero pareció sellar algo más que una noche de celebración: el inicio de un cambio que ninguno de los tres imaginaba.