Me coloqué aquella falda que no llegaba ni siquiera a media pierna, me sentí muy extraña, como si una simple brisa fuera a soplar y se me terminaría viendo lo poco que traía debajo. Es una sensación de desnudes completa, pero al menos la falda es pegada al cuerpo y eso me transmite más seguridad.
Para arriba me dieron un sujetador que realza mis pechos, una blusa escotada que no deja demasiado a la imaginación y corta. Cuando salí del vestidor me topé con el hombre, que me hizo un escaneo visual, se quedó bastante pasmado, como si no se esperara verme de ese modo.
—Espléndida, no puedo creer que escondieras todos esos atributos —se carcajea y luego vuelve a la seriedad de su rostro— Eres sin duda una chica muy atractiva, pero estuviste toda tu vida involucrada con la religión y, para esta tarea necesitas saber seducir a un hombre ¿Cómo vas a solucionarlo Luciana?
No me lo había planteado, en mi vida es verdad que me había relacionado con otros hombres, más jamás me había metido con un mujeriego, sino que los hombres que me rodeaban eran respetuosos, hombres de dios.
—Puedo hacerlo —digo con firmeza tratando de convencerlo.
—Bueno, en ese caso tengo una gran idea, delante de mi hijo tú serás mi futura esposa —dice logrando que ponga mi atención completa sobre él.
—¿Me dice que quiere que sea su falsa esposa? —pregunto con el ceño fruncido.
—Mi hijo es un hombre mujeriego, pero no se va a sobrepasar contigo si cree que vamos a casarnos, también resultarás una verdadera tentación para él y podrás tenerlo cerca sin correr riesgos de que vaya a faltarte el respeto, no hará nada que tú no quieras —me explica.
Debo admitir que me deja mucho más tranquila su propuesta, pero no sé como se tomará ese muchacho mi llegada a la casa. A final de cuentas, no debería de importarme, ni lo que piense de mí, ni el cómo se tome mi llegada, aunque tengo un objetivo el cual cumplir, pero el mayor de mis intereses es saber que ese hombre va a encontrar a mi hermana.
—Me parece bien, siempre y cuando usted cumpla con mi única petición, encuentre a mi hermana Julia —pido cruzada de brazos.
—Lo haré, pero que quede claro que no voy a darte la información hasta que logres el objetivo —me dice mirándome fijamente— Ahora, si estás de acuerdo con eso vamos a llenar un armario y a partir de hoy vivirás bajo mi techo, en la ciudad de Sao Paulo.
—Estoy de acuerdo —me limito a responder.
—Manuela, por favor, ayuda a Luciana con su nuevo guardarropa, zapatos, blusas, todo lo que ella quiera va incluido, pero encárgate de que sea ropa provocativa —le pide con un gesto de súplica.
Algo me dice que no voy a vestir en mucho tiempo ropa que vaya acorde con mis gustos, sino que a partir de ahora sería una mujer normal y eso al final no sé si termina por gustarme.
Salí de aquella tienda cargada de bolsas, repleta de ropa costosa y que según la vendedora me aseguró de que cada prenda se vería estupenda en mí. Incluso me eligió unos bañadores y me hizo desfilarlos como si fuera una modelo de pasarela, me hizo sentir incomoda a otro nivel.
Subí al automóvil luego de que metimos todo a la cajuela, me llevó por la iglesia, quise ir a buscar un álbum que tiene un valor sentimental importante para mí. En ese álbum están todas las fotos que tengo con mis padres y también con Julia, no podría irme a ningún lugar sin él.
Cuando iba de salida me topé con Gabriel, apoyado en una pared leyendo la biblia, levantó la mirada y se topó con la mía. Mi corazón se oprimió, presioné mis labios, no me sentía tan triste en mucho tiempo, siento que estoy abandonando una parte de mí muy importante.
—¿Entonces te vas? —pregunta cerrando la biblia.
—Así es —suelto en un tono cortante.
—¿Vas a abandonar los votos? —pregunta como si la simple idea le pareciera imperdonable.
—No, no voy a romper las reglas —respondo rápidamente y veo que una sonrisa aparece sobre sus labios.
—Siempre has sido una niña inocente Luciana, irás a meterte en la boca del lobo, una ciudad llena de gente que pierde el control, que están desbordadas de pecado —me dice en un tono de voz cebero— Vas a caer en el pecado, es por eso que vives en la casa de dios, para no caer en los pecados de los mundanos, eres pura ahora, pero cuando pases esa puerta, sabes lo que vas a hacer.
—Gabriel, sé bien los peligros que estoy corriendo, pero debo hacerlo por Julia, porque quiero tenerla conmigo de nuevo —se me quiebra la voz y mis ojos se llenan de lágrimas— Por favor entiéndeme.
—Nunca he dicho que no te entienda querida —me rodea en sus brazos— Sé que la razón por la que quieres ir es nada más por recuperar a tu hermana, te he visto sufrir todos estos años, pero entiende que aunque no seas una niña pequeña yo sigo queriendo cuidarte.
—Has sido como mi padre todos estos años, te agradezco por siempre haberme cuidado con tanto amor —no aguanto el nudo en la garganta y las lágrimas brotan sin permiso— Te prometo que voy a encontrar a Julia y volveremos juntas a casa, contigo para que puedas volver a verla.
—Estoy seguro de que eres una joven que puedes superarlo todo, pero Luciana, si en algún momento sientes que la situación sobrepasa los límites regresa, aquí siempre tendrás un hogar lleno de personas que te aman —me asegura y me da un beso en la frente— Sobre todo tienes a dios contigo, siempre lo vas a tener.
—Quizá mi misión ahora mismo está en otro lugar, aprendí de ti qué dios nos manda con una misión, con una razón de ser y que todo sucede por algo —digo limpiando mis lágrimas— Creeré en los planes de dios, me dejaré guiar.
—Luciana —escucho la voz detrás de mí.
Me doy la vuelta para ver al hombre, un poco impaciente, por supuesto, mirándome fijamente como si esperara a que me moviera de una vez por todas. Rodeo en mis brazos una vez más a Gabriel, siento que no volveré a verlo en un largo tiempo y aunque siempre me muestre cortante hacia él, en el fondo siento un aprecio profundo por este hombre, que tuvo la amabilidad de acogerme y hacerme parte de su familia.
—Nos volveremos a ver —le aseguro con una sonrisa amarga.
—Lo sé —me acaricia la mejilla— Ve con dios hija.
—Así será, su bendición, padre.
Luego de recibir su bendición salgo de allí junto al hombre, nos volvemos a subir en el automóvil y mientras empieza a conducir no dejo de ver a Gabriel parado en las grandes puertas agitando su mano a manera de despedida.
—Mi nombre es Cassiano, creo que al menos deberías de saber el nombre del hombre que se supone que será tu esposo —aclara la voz mirándome de reojo— Tengo 60 años bien conservados, me dedico al manejo de empresas, soy un hombre de negocios, mis empresas son textiles.
—Bueno, trataré de recordarlo —digo un poco dudosa.
—¿Sabes de música moderna? —pregunta a lo que suelta una carcajada por la mueca que hago— Por supuesto que no.
—En la iglesia no se permite esa música mundana, solamente escuchamos alabanzas hacia dios —me limito a decir.
—Entonces es hora de que escuches un poco de lo mundano, para que puedas acoplarte un poco a lo que escucha la juventud y tengas algo que hablar con Allan —me explica y veo que con su celular empieza a teclear.
No me apetece para nada, aunque claro está que no pienso oponerme ni quejarme al respecto, tenía en claro que estas cosas sucederían cuando saliera de allí y esto no creo que sea lo peor que va a suceder.
El viaje fue una verdadera tortura, pasar horas escuchando canciones horribles, al final hicimos varias paradas para comer, para ir al baño y realmente no entiendo por qué ese hombre estaba en ese pueblo tan lejano si podía confesarse en la ciudad.
—¿Qué hacía en un pueblo tan lejano? —pregunto de la nada llamando su atención mientras bebe de una botella de agua.
—En ese pueblo crecí y me apetecía comerme un viaje gordo en automóvil para ir a visitar mis orígenes, recordar la carretera —se carcajea— Cosas de un viejo a punto de morir.
—¿Piensa dejarle a su hijo la herencia de todos modos si no consigue arreglar su comportamiento? —pregunto con curiosidad.
—La esperanza es lo último que se pierde muchacha, pero si llegado el momento no consigo que sea un hombre recto, le dejaré la herencia de todos modos, con el cargo de consciencia de que esto sucedió por no ser un buen padre y al final le tocará aprender a las malas —suelta un suspiro.
No me quise entrometer más de lo que ya me estaba entrometiendo, simplemente me dediqué a mirar por la ventanilla contemplando el paisaje. No recuerdo en que momento me quedé dormida, solamente sé que me despertó Cassiano, ya es de noche o tal vez incluso de madrugada.
Frente a mis ojos hay una mansión preciosa, gigante y que sinceramente me intimida. Sostiene la puerta esperando a que me baje mientras sostiene aquella sonrisa burlona, me bajo un poco atontada, me froto los ojos y bostezo apreciando los alrededores.
—Padre —escucho decir y volteo medio rostro,
Un chico que por su apariencia parece tener mi edad se aproxima, lleva una sonrisa moderada y veo que su mirada cae sobre mí.