Capítulo 3 "Pequeña entrometida"

1553 Words
Una chica con unas curvas increíbles está junto a mi padre, lleva una mirada tímida, desborda inocencia y eso cautiva mi atención en un primer instante, claro que luego vuelvo a centrarme en mi padre. Estoy furioso, mi padre es un hombre que cree que puede controlar mi vida, tengo que escuchar todos los jodidos días como me repite, que quiere que cambie, que quiere que sea un hombre más centrado, que me enfoque en una sola mujer que sea mi compañera de vida. ¿Cómo le explico que yo no creo en eso que él llama amor? No pienso atarme a una mujer que al igual que todas con las que paso una noche quieren mi dinero, prefiero darles algunos regalos caros, tenerlas contentas y luego regresar a mi tranquilidad de siempre. Mi padre se fue a su pueblo, me dijo que quiere confesarse, que quiere purificar su alma y vuelve con esta chica guapísima, no me interesa saber qué tipo de purificación pudo haber llegado a tener con una chica como ella. —¿Por qué bloqueaste mis tarjetas? —espeto entre gruñidos avanzando unos pasos hacia él— No puedo hacer nada sin dinero, no puedo salir, no puedo comer, maldita sea, lo sabes bien padre. Mi molestia solamente crece cuando una sonrisa se asoma sobre sus labios, me mira como de costumbre lo hace como si tuviera las respuestas a todo en mis narices y yo fuera el único que no lo ve venir. —Allan, ¿Quieres recuperar el acceso a tus tarjetas de crédito? —pregunta mi padre conservando las mismas facciones. —Padre, no puedes tratarme como si fuera un adolescente, yo trabajo en esa empresa, yo soy el CEO de la empresa —gruño perdiendo la poca paciencia que me queda. Lo observo que le murmura algo al oído a la chica, que ella hace una mueca, que luego se queda unos momentos paralizada como si estuviera pensándolo y al final luego de varios minutos en los que me ignoran como si no estuviera allí parece que al fin llegan a un acuerdo en algo que ni siquiera me entero. —Soy el dueño de la empresa Allan, soy un hombre recto que siempre trabajó por sacar adelante el negocio familiar, tienes dos opciones —sentencia serio de brazos cruzados— Lo primero es que renuncies a tu puesto de CEO y busques un nuevo empleo, en cualquier otra empresa o lugar, ese no es mi problema, esto hasta que me muera, hasta que puedas tener acceso al resto de herencia, me quedan muchos años de vida. —¿La otra opción? —pregunto molesto por su actitud. —La otra opción es que aceptes a Luciana —la señala con su mano— Como tu prometida, pero será mediante un contrato, esta vez Allan, no vas a timarme ni mucho menos verme la cara de tonto. —Estás jodidamente loco, no me voy a casar con esa mujer, ni con ninguna otra, tendrás que apuntarme con un arma —digo en un tono de burla cruzándome de brazos. —Entonces Allan, puedes sentarte a esperar que me muera, pero no vas a tener más que un techo donde dormir y comida, porque ni siquiera te daré el permiso de utilizar los automóviles, no habrá nada que me dé más placer que verte trabajar para alguien más, donde debas seguir reglas y donde comprendas que no puede ser todo a tu antojo hijo —dice entre carcajadas— Anda Luciana, entremos, voy a mostrarte donde será tu habitación. —No vas a chantajearme, no me vas a obligar a seguir tus reglas ¿Me estás escuchando? —grito tratando de llamar su atención mientras los veo en pleno silencio avanzar dentro de la casa. Le doy un golpe al aire con mi pie, la rabia recorre cada poro de mi piel, estoy cansado de que mi padre me intente manipular, ¿de dónde diablos sacó a esa chica? No lo entiendo. Seguramente que es el tiempo de mujer con la cual ni siquiera se puede hablar, que son tímidas, aburridas, puritanas, que sueñan con el príncipe azul y que esperan que yo sea encantador con ellas. Otra oportunista más para añadir a la lista de mujeres que no me interesan para nada, después de ver que es capaz de seguirle el juego a un típico viejo senil que me quiere atar a una esposa, solamente puedo verla dentro de esta casa como un obstáculo, pero me voy a encargar de que sufra cada uno de sus días hasta que se largue por la misma puerta que entró. Entro dentro de la mansión y me voy directo a mi habitación, estoy a punto de entrar cuando la veo saliendo sola como si viviera aquí desde toda una vida, de la habitación de enfrente regalándome una sonrisa de labios cerrados, pero sin dirigirme la palabra. —Voy a dejarte algo en claro, pequeña entrometida, mi padre no me va a lograr convencer de casarme contigo mediante un contrato, no vas a quedarte con la gran herencia oportunista y quiero que sepas que ni siquiera eres mi tipo de mujer —digo entre dientes con la mandíbula tensa. —Hablas demasiado —suelta con una pequeña risa— No me interesas en mi más mínimo, eres un niño mimado que ni siquiera me conoce y ya me está juzgando, puedes quedarte tranquilo de que ni siquiera eres mi tipo. El tono de sus palabras, una chica que se nota que estudió, no es del tipo vulgar ¿Quién diablos es esta chica? No dejo de preguntarme de donde salió. —Voy a decirte una cosa —camina en mi dirección y se para a pocos centímetros sobre mí con su dedo apuntando mi pecho— No me interesa un solo centavo de tu herencia, solamente hay una razón por la que estoy aquí y no importa cuan difícil hagas esto, estoy dispuesta a hacer hasta lo imposible para lograr mi cometido, cuando lo haga saldré de tu vida. —Dime que es lo que quieres, voy a conseguir lo que necesites para que tomes tus cosas y te marches al hueco del cual saliste —le tomo la mano para retirarla de mi pecho. —Mira Allan, lo que necesito solamente tu padre me lo puede entregar, mi plan inicial era casarme con él, pero si me tengo que casar con un arrogante idiota como lo eres tú, entonces no dudaré en firmar esos papeles —fija su mirada en la mía y refleja frialdad— Nunca más vuelvas a hablarme en ese tono, porque todavía no tienes idea de quién soy. —No me amenaces en mi propia casa —sentencio analizando su cuerpo de pies a cabeza y una sonrisa sale de mis labios— No eres más que una cualquiera. Bastó con terminar de decir esas palabras cuando su mano se estampó contra mi rostro, sentí un fuerte ardor apoderarse de mí y veo las lágrimas al ras de sus ojos. Ni siquiera le dije algo tan grave, ninguna mujer a la que le haya dicho algo como eso en medio del enojo jamás me puso un dedo encima, mucho menos golpearme de ese modo. —¿Qué crees que haces? —pregunto frotando mi mejilla. —No vuelvas a dirigir tus palabras hacia mí, a partir de ahora tendrás que verme todos los días, pero tienes prohibido dirigirme la palabra, eres un ser despreciable que ni siquiera sabe como dirigirse hacía una mujer —una sonrisa amargada de lado sobresale de sus labios— No me extraña que no quieras casarte, ni siquiera tienes idea de como conquistar a una mujer, eres lo más similar a un animal que conocí. —¿Quién piensas que eres para llamarme de ese modo? Tú no sabes nada, siempre he tenido a la mujer que quiero, incluso si quisiera tenerte a ti te tendría comiendo de mi mano —suelto de repente con aires de superioridad. —Siéntate a esperar, nunca me interesaría un hombre ambicioso, irrespetuoso, grosero, que juzga a las personas sin conocerlas —se da la vuelta y se dispone a caminar en dirección a la habitación cuando la tomo del brazo. Se da la vuelta, una sonrisa traviesa se asoma de mis labios y la acorralo contra la pared, sus mejillas quedan amanzanadas. Tengo la sensación como si en medio del abrumador silencio pudiera escuchar el latido de su corazón, le aparto el cabello de la mejilla, estoy tan cerca de su rostro, de sus labios, siento el aroma peculiar a flores de su perfume y entonces cuando estoy a punto de besarla cierra los ojos con fuerza. Se nota que nunca ha estado con ningún hombre, es una chica de corazón puro, de esas que siempre mi padre se empeña en querer inculcarme. Suavemente, doy pasos hacia atrás, la veo con sus ojos presionados con fuerza, abro la puerta de mi habitación, entro con sigilo y la cierro. Basta con apoyar mi espalda contra la puerta para que una pequeña risa aborde mis labios, esto es lo más gracioso que pudo pasarme en la vida, me dice que no le hable, que no soy su tipo, pero esperaba a que la besara.
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