Me senté en el borde de la cama, de espaldas a la puerta de mi dormitorio, mirando fijamente el ventanal que daba al parque del castillo. Las ramas de los árboles se movían con el viento suave de la tarde, y yo trataba de concentrarme en ese vaivén para no pensar en lo que me dolía: la forma en que Alaric le había dicho eso a Leo. Aunque después me lo dejara a mí, aunque supiera que me tocaba amortiguar las palabras y recoger las piezas. Había hablado con él, lo había calmado, lo había abrazado hasta que dejó de fruncir el ceño. Pero a mí me quedaba la herida de verlos enfrentados. Y sobre todo, a Leo sufriendo por esos abrazos que no tuvo…por culpa de quién ahora era mi amor y padre de mi hijo. Unos golpes suaves en la puerta me hicieron tensar los hombros. No respondí. Alaric no necesi

