La tarde caía lenta, dorando los ventanales del comedor principal. La chimenea encendida llenaba la sala de un calor acogedor y del aroma a leña. Sobre la mesa, la cena esperaba: una sopa humeante, pan recién horneado y el asado que el chef había preparado con esmero. Leo se sentó primero, tamborileando los dedos sobre el mantel, ansioso por comenzar. Yo tomé asiento frente a él, acariciando la curva de mi vientre, apenas perceptible. Alaric entró por la puerta lateral con su elegancia natural, aunque traía una calma distinta, casi reflexiva. —Huele increíble —comentó Leo, inclinándose para mirar las bandejas. —Eso espero —respondió Alaric, sirviéndonos con una atención que me sorprendió. Luego, al tomar su lugar, dejó que el silencio se extendiera unos segundos. Parecía elegir cada pal

