El sol del mediodía se colaba por los ventanales del restaurante, bañando nuestra mesa de roble oscuro con una luz cálida y elegante. El murmullo de conversaciones discretas, el tintinear de los cubiertos y el aroma del cordero asado llenaban el ambiente de esa atmósfera típicamente británica que a veces me resultaba reconfortante, y otras veces insoportable. Removí el hielo en mi vaso de whisky sin llegar a probarlo, observando distraídamente por el cristal, como si las calles de Londres pudieran ofrecerme alguna respuesta.
—¿Pasa algo o es el cordero lo que te tiene tan taciturno? —me preguntó Emanuel, arqueando una ceja mientras se servía vino.
Suspiré, sin dejar de mirar hacia afuera.
—Estaba pensando en pasar el verano en Blackstone.
Lo dije con ese tono neutro y medido que suelo usar cuando no quiero que algo suene más importante de lo que es. Pero claro que lo era. Hacía años que no me quedaba una temporada completa allí. Pensé que podía aprovechar para hacer algunas reformas, devolverle algo de vida a esa piedra vieja que aún llamo hogar.
Emanuel parpadeó, claramente sorprendido.
—¿Blackstone Hall? ¿El castillo? ¿Ese lugar en medio de la nada con más espectros que cobertura móvil?
Sonreí apenas, de lado.
—Tiene su encanto. Además, desde Berkshire puedo ir y venir a Londres sin demasiada dificultad. No está lejos. Y creo que a Leo le haría bien el aire de campo. Últimamente ha estado... demasiado inquieto.
—¿Inquieto o insoportable? —bromeó, cortando un trozo de carne con precisión—. Porque si piensas decirle que este verano no vamos a la Riviera Francesa como el año pasado, vas a tener que ponerte un chaleco antibalas. Ya sabes cómo reacciona cuando no consigue lo que quiere.
—Ya lo sé —dije, apoyando mi tenedor con cuidado sobre el plato—. Pero parte de ser su tutor es enseñarle que no siempre puede tener lo que desea. Blackstone será bueno para él. Espacio, tranquilidad, cero distracciones tecnológicas. Que corra por el bosque, que se ensucie un poco. Que sea un niño en vez de un pequeño adulto.
Emanuel bufó con una sonrisa irónica.
—¿Y quién lo va a cuidar mientras restauras el castillo y vienes a la ciudad? No te olvides que es Leo. Ese niño tiene más energía que sentido común. La última vez casi te da un infarto cuando se escapó con el jet ski sin permiso.
—Lo sé, lo sé —admití con un suspiro—. Estaba pensando en contratar una niñera.
Emanuel se atragantó ligeramente con el vino.
—¿Otra? ¿Después de las tres que huyeron despavoridas el último año?
—No huyeron. Renunciaron con buenos modales —lo corregí, aunque una sonrisa me traicionó—. Aunque una dejó una nota que decía, literalmente: “Lo siento pero Leo es el demonio disfrazado de niño.”
Emanuel se echó a reír sin pudor.
—Y otra dejó la maleta en la puerta a las doce de la noche. Sin cobrar. ¡Sin cobrar! Vas a tener que encontrar a la versión moderna de Mary Poppins con nervios de acero y corazón de oro.
—Estoy dispuesto a encontrar la excepción a la regla —dije, y lo creí de verdad—. Alguien que no lo trate como un caso perdido. Leo necesita estructura, paciencia… alguien que no le tenga miedo.
—¿Y tú crees que existe alguien así en Inglaterra? —me preguntó más serio ahora—. Mira que yo adoro a Leo, pero ni tú puedes manejarlo a veces. Es un chico brillante, pero difícil. Muy difícil.
—Lo sé —asentí sin suavizar la realidad—. Pero también es mi hermano pequeño. Y Blackstone tiene el espacio, el silencio, la historia... es nuestro hogar. Quizá conecte con eso. Yo lo hice, de niño. Y si consigo a la persona adecuada para acompañarlo, tal vez logre ver otra cara del mundo. Algo más allá de los lujos, los viajes, los hoteles cinco estrellas.
Emanuel me miró un segundo, luego dejó el tenedor.
—¿Y tú qué buscas con todo esto?
No respondí de inmediato. Bajé la vista hacia la copa de whisky que seguía intacta. Luego hablé, con voz más baja:
—Paz. Un poco de calma, aunque sea momentánea. Me di cuenta de que llevo demasiado tiempo corriendo entre compromisos, reuniones, eventos. No he tenido un verano real con Leo desde que murió mamá. Y él lo siente, aunque no lo diga. Quizá especialmente por eso.
Emanuel asintió, bajando la vista también.
—Blackstone siempre fue tu refugio —dijo después—. Incluso cuando éramos adolescentes. ¿Te acuerdas cómo desaparecías allí por días?
—Porque ahí podía respirar —respondí, con algo de nostalgia—. Entre las piedras frías, el bosque denso, los pasillos enormes… nunca me sentí más libre.
—Entonces quizá sea hora de que Leo lo conozca de verdad —concedió, más suave ahora—. Pero te aviso que cuando le digas que no hay pileta infinita ni camareros con postres exóticos, va a intentar escaparse a Saint-Tropez por su cuenta.
Sonreí.
—Y por eso necesito a alguien firme. Que pueda seguirle el ritmo y mantenerlo en tierra.
—Buena suerte con eso. Vas a tener que hacer un casting internacional —dijo y se rió—. Aunque... pensándolo bien, Blackstone también necesita un poco de risa. No todo puede ser piedra y silencio.
—Tal vez —dije, con media sonrisa—. Esperemos que Leo reaccione bien. Si logro que no haga un escándalo, será un milagro.
—O un excelente argumento para una película —rió—. El marqués que quiso unas vacaciones tranquilas y terminó asesinado por su hermanito.
Reí por primera vez desde que nos sentamos. Fue breve, pero real. Alcé mi vaso en dirección a Emanuel.
—Por el verano más caótico de nuestras vidas.
—Por encontrar a la niñera que sobreviva al huracán Leo —brindó él, tocando su copa con la mía—. Y por ti, Alaric. Porque lo estás intentando. Aunque nadie te lo diga, eso también cuenta.
Bajé la mirada un instante. Asentí despacio.
Sí. Estaba intentando.
Y esta vez, no pensaba fallar. No a mi hermano.