Apenas pasadas las diez de la mañana, ya había perdido la cuenta de cuántas mujeres habían desfilado por mi oficina como si esto fuera un casting para un reality show y no una entrevista laboral. Algunas niñeras parecían haber salido directo de una pasarela de Victoria’s Secret: jóvenes, maquilladas hasta el alma, con sonrisas tan amplias como falsas. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no sabían ni cambiar un pañal, pero sí estaban más que dispuestas a intentar meterse en mi cama. O en mi cuenta bancaria.
Otras, por el contrario, eran rígidas como militares. Una de ellas me corrigió por usar el término "chico" en lugar de "niño". Me agradeció, con tono seco, por la entrevista y me dijo que no toleraría “falta de estructura” ni de parte del niño ni de mí. Le abrí la puerta sin contestar.
También tuve el placer de recibir a una señora que superaba los setenta. Era dulce, sí, pero dudaba que pudiera lidiar con Leo si él decidía tener una de sus rabietas apocalípticas. Le agradecí con respeto. Me sonrió con ternura, y por un momento me pregunté si la estaba juzgando demasiado... hasta que me preguntó si Leo era perro o gato.
Suspiré cuando me avisaron que la última candidata había llegado. “Una más y a otra cosa”, murmuré para mí mismo mientras acomodaba el reloj en mi muñeca. La puerta se abrió y entró ella.
No era lo que esperaba. No era lo que había visto en toda la mañana. Su ropa era sencilla pero impecable, y aunque sus carnes sobresalían mucho más de lo que podría considerar atractivo, no había ni un solo hilo fuera de lugar. Llevaba el cabello oscuro recogido, limpio, brillante. Caminaba erguida. Tenía manos firmes. Su mirada se clavó en la mía con una seguridad que me desconcertó.
No me sonrió de inmediato, y tampoco cruzó las piernas como si esto fuera una cita. Extendió su currículum con una educación que no resultaba ni sumisa ni altanera. Lo tomé, y me acomodé en el sillón.
Mientras leía, ella se limitó a observar. Su currículum era... impecable. Estudios formales en desarrollo infantil, certificaciones en primeros auxilios, experiencia en hogares con niños neurodivergentes, cartas de recomendación de familias importantes. Me tomé un momento para observarla por encima del papel. Sus ojos azules... eran astutos. Como si ya supiera qué iba a preguntarle de antemano. Me recordó a alguien, pero no supe decir a quién. La sensación me puso momentáneamente incómodo.
—¿Sabe en qué consiste el trabajo señorita mmm…Ivy Brown? —le pregunté, releyendo sus datos.
—Sí, señor. Leo necesita una rutina estructurada, pero flexible. También necesita sentirse seguro, comprendido, pero no condescendido. Supongo que por eso despidió a las dos últimas niñeras —dijo sin titubear.
La miré. No había ironía en su voz. Solo datos. Deducciones. Lógica.
—Veo que investigó —comenté.
—Habría sido irresponsable presentarme sin hacerlo.
Miré nuevamente el impresionante currículum y luego a ella.
—He estado viendo sus referencias. Excelentes, debo admitir. Y sus certificaciones también son impresionantes.
—Gracias —respondió ella, manteniendo el tono firme y seguro—. Estoy acostumbrada a trabajar con niños que requieren mucha atención y paciencia, como se imaginará.
—Me interesa saber cómo manejaría las rabietas de Leo. Es un chico complicado. No tolero que me lo reporten descontrolado.
Ella se mordió el labio un segundo, y mis ojos inevitablemente fueron hacia sus labios, pero luego de un par de segundos contestó sin dudar:
—Creo que la clave está en la constancia y la comunicación clara. Los niños como Leo necesitan sentir que entienden el mundo que los rodea y que hay límites que no se cruzan. Pero también necesitan saber que se les respeta y escucha.
La observé con atención por un instante, evaluandola. Era demasiado buena para ser verdad.
—¿Está dispuesta a adaptarse a un estilo de vida que no es precisamente sencillo? La casa es grande, pero también hay muchas reglas y expectativas.
—Entiendo perfectamente, señor. Mi prioridad será siempre el bienestar de Leo, y eso implica adaptarme a lo que sea necesario.
La conversación avanzó con preguntas técnicas, algunas más personales, pero siempre manteniendo la distancia profesional.
—¿Tiene alguna pregunta para mí? —le dije de repente y ella pareció brevemente sorprendida.
—En realidad sí. ¿Qué tan presente estará en las vacaciones de su hermano?
Tragué saliva.
—¿Cómo dice?
—Muchos padres o tutores delegan. Así que quería saber si estará en el castillo también.
Me rasqué la sien.
—Soy consciente de eso. Trabajo mucho, pero...
—No le pregunté cuánto trabaja. Le pregunté si estará presente.
La miré por varios segundos. Qué jodidamente incómoda podría ser la honestidad.
—Si claro, viajaré algunas veces por trabajo desde ya, pero estaré allí también —respondí, finalmente.
Ella asintió con tranquilidad. Aunque por un breve instante me pareció ver en su rostro un destello de decepción, pero fue solo un instante así que me auto convencí de que solo era una idea mía.
Cuando terminó la entrevista, se levantó. Yo también lo hice. Le tendí la mano.
—Le avisaré —dije.
Ella sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amplia, pero fue genuina. Limpia. Me estrechó la mano.
Y entonces lo sentí.
Un escalofrío me recorrió el brazo.
—¿Nos conocemos de antes? —pregunté, frunciendo el ceño.
Ella negó con la cabeza, sin perder la sonrisa.
—No, señor.
Solté su mano. Me incomodó haberla retenido tanto tiempo. Ella no pareció afectada. Dio un paso atrás, agradeció la entrevista y se marchó.
Me quedé unos segundos mirando la puerta cerrarse tras ella. Luego tomé el teléfono y marqué.
—¿Alaric? —La voz de Emanuel sonó con eco. Siempre parecía estar en una cueva.
—Sí. Ya terminé con las entrevistas.
—¿Y? ¿Alguna decente o seguimos con la ruleta rusa de niñeras?
Miré el currículum en mi escritorio.
—Sí. La última. Creo que es la indicada.
—¿Sí? ¿Qué tiene?
—Todo lo que las otras no. Inteligencia. Firmeza. Claridad. No está aquí para seducirme ni para aprovecharse. No necesita que le diga qué hacer. Y... no la tocaría ni con un puntero láser.
— Jajaja ¿tanto así?
—Sí, es redonda como un barril de cerveza irlandesa.
Emanuel resopló con diversión.
—¿Pero es atractiva?
—Tal vez si adelgazara, pero aún así no sería mi tipo. Ni de cerca.
—Eso puede ser bueno —se burló—. ¿Cómo se llama?
Miré el nombre en el currículum. Mi ceño se frunció sin razón.
—Ivy, Brown.
—¿Quieres que me mande alguien a averiguar sobre ella?
—No. No esta vez, no creo que sea necesario. Sólo haré un par de llamadas para corroborar sus recomendaciones y luego directamente veré cómo se desenvuelve cuando esté trabajando.
Emanuel guardó silencio un momento, y luego dijo:
—Entonces... buena suerte, hermano.
Colgué. Miré la mano que aún me hormigueaba por el fuerte apretón.
Suspiré con cansancio.
Ahora solo restaba decirle a mi hermano que no habría vacaciones en Saint-Tropez y que la chica gorda sería su niñera todo este verano.