Capítulo 4. Seleccionada

2042 Words
POV Ivy Me despedí con una sonrisa controlada mientras sentía que, a pesar de la fachada, este encuentro había sido mucho más que una simple entrevista. Al salir, respiré hondo. Aún tenía que proteger mi verdad. Pero al menos, el primer paso estaba dado. Cerré la puerta tras de mí y apoyé la espalda contra ella, dejando que el peso de todo el día me cayera encima de golpe. Mi corazón aún latía con fuerza, no por los nervios —eso lo había dejado atrás hace tiempo—, sino por la mezcla de emociones que me recorrían la piel. Alaric Everlaigh. El marqués, el hombre que nos había destrozado la vida, estaba justo ahí, a menos de un metro, sin saber quién era yo realmente. Y yo, interpretando ese papel con precisión, escondiendo la verdad tras un nombre falso y un currículum pulcro, plagado de mentiras flagrantes. Sentí una mezcla de rabia y tristeza, un nudo apretado en la garganta que no podía tragar. ¿Qué pensaba él realmente de mí? ¿Cuántas veces me habría juzgado ya sin conocerme? Pero más que eso, sentí miedo. Miedo de que en cualquier momento todo esto se viniera abajo, que alguien descubriera la mentira y me echara como a las otras. Pero no podía permitirme fallar. No esta vez. Respiré hondo, dejando que el aire llenara mis pulmones, intentando calmar la tormenta que se desataba adentro mío. Me recordé a mí misma que esto era solo el comienzo. Que cada mentira, cada secreto, era un paso más cerca de recuperar a Leo. De protegerlo. De darle la vida que merecía. En el fondo, sabía que no podía confiar en nadie. Ni siquiera en aquellos a los que les pedí que dieran falsas referencias en honor a nuestra amistad. Mi única amiga, la única en la que realmente confiaba era Juls, y en nadie más. Así que tenía que ser fuerte, impenetrable. Y estaba lista para todo. Porque no iba a dejar que mi hermano creciera en esa jaula de oro que Alaric llamaba falsamente familia. Ni aunque eso me costara todo lo que soy. Saqué el teléfono con manos que no dejaban de temblar, aunque ya no sabía si era por tensión, por rabia o por un cansancio que me estaba ganando. Marqué el número de Juls sin pensar demasiado. Sabía que era la única que podía escuchar sin juzgar, la única que entendería sin preguntar. —¿Juls? —dije apenas se escuchó su voz al otro lado—. Acabo de salir de la entrevista para ser niñera de Leo. —¿En serio? —respondió, emocionada—. ¿Y cómo te fue? Me apoyé contra la pared, cerré los ojos un segundo. —Él me miró como si yo fuera un bicho raro. Y no sabe nada de quién soy. Usé otro nombre, otros datos... No podía arriesgarme a que me reconociera. —¿Y eso cómo te hace sentir? —preguntó con delicadeza. —Como si estuviera jugando a vivir una mentira gigante —confesé—. Pero también como si tuviera una oportunidad. Él no sabe que soy su hermana. No puede quitarme a Leo si no sabe que existo. Al menos no de nuevo —dije con sarcasmo. —Eres fuerte, Ivy. Más de lo que piensas —me dijo, con esa voz que siempre me daba fuerzas—. Y Leo necesita a alguien como tú. Estás haciendo lo correcto. Sentí un nudo en la garganta, pero me negué a quebrarme. —Voy a hacer todo lo que esté en mi poder para que este verano sea distinto. Para que él no solo tenga niñera, sino alguien que realmente se preocupe por él. Que no lo trate como un objeto de lujo. Que sienta el verdadero amor. —Te ayudaré en todo lo que pueda, lo sabes —dijo Juls—. No estarás sola. Sonreí, agradecida. —Gracias, Juls. Más que nada, necesito creer que esto puede funcionar. Que no todo está perdido. —Y va a funcionar —me aseguró—. Ahora ve, descansa un poco. Mañana será otro día para seguir peleando por lo que te corresponde. —Sí —susurré—. Otro día. Colgué y me quedé mirando la pantalla apagada, sabiendo que, a pesar de todo, estaba dando el primer paso para recuperar lo que me habían arrebatado. Y esta vez, nadie me iba a detener. La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano de la ciudad que nunca se detenía. Me senté en el borde de mi cama, mirando la pequeña maleta que había abierto sobre las sábanas. Tenía pocas cosas, pero cada una llevaba consigo una historia, un recuerdo, una esperanza. Saqué un vestido sencillo, pero limpio y bien planchado. No era de diseñador ni mucho menos, pero sabía que debía dar una buena impresión. Después, metí unas camisetas básicas, pantalones cómodos, un par de zapatos que podían servir tanto para correr junto a Leo, como para caminar largas horas por el castillo. Mis dedos se detuvieron sobre un pequeño colgante que llevaba siempre: un corazón relicario de plata que mamá me había dado cuando cumplí quince años. Dentro había una foto de ella y otra mía. Lo miré, pensando en ella, en todo lo que había perdido, en todo lo que me había obligado a aprender demasiado rápido. —Vamos, Ivy —me susurré—. Esto es por Leo. Por mamá. Por ti. Abrí la mochila donde guardaba unos libros para niños, juegos, y algunas recetas fáciles que había practicado para sorprender a Leo con algo más que pizza, hamburguesas y comida congelada. Miré el reflejo en el espejo: no era la mujer perfecta que imaginaba Alaric, ni la heroína de una historia de cuento de hadas. Era una mujer cansada, con cicatrices, con miedo, pero decidida a pelear. A darle a mi hermano la infancia que merecía, aunque tuviera que atravesar todas las murallas de la familia Everleigh. Apagué la luz, me acosté y dejé que la oscuridad me envolviera. Mañana sería un día nuevo. Un día para demostrar que no todo está perdido. Que incluso en las sombras, se puede brillar. La mañana estaba fresca cuando el coche n***o se detuvo frente a la imponente entrada de Blackstone. Observé la enorme puerta de hierro y las altas murallas cubiertas de hiedra, sintiendo una mezcla extraña de admiración y miedo. Era un mundo completamente distinto al mío, pero allí estaba, a punto de cruzar esa frontera invisible que separaba dos vidas. El chofer abrió la puerta del vehículo y tomé mi maleta con las manos firmes, aunque el corazón latía como un tambor en el pecho. Respiré hondo y avancé hacia la entrada principal. El sonido de mis pasos sobre el empedrado resonaba en el silencio de la enorme propiedad, casi como un eco de lo que estaba dejando atrás. Desde lejos, vi a Leo. Estaba en el jardín, con audífonos puestos y mirada de que odiaba el mundo. Me detuve un momento para observarlo, guardando esa imagen con cuidado, como si fuera un tesoro. Una mujer mayor salió a recibirme. Su expresión era amable, aunque había un dejo de curiosidad en sus ojos. Se presentó con formalidad y me guió por los pasillos amplios y fríos del castillo. Cada cuadro, cada mueble, cada lámpara parecía contar una historia, pero no tuve tiempo para detenerme en ellas. Me llevaron a la habitación que sería mi refugio por el verano. Abrí la ventana y el viento fresco trajo consigo el olor del bosque cercano. Me acerqué al espejo y por un instante me quedé mirando a esa mujer que me devolvía la mirada: Ivy Brown, niñera, desconocida, aliada. Sabía que el camino no sería fácil. Que tendría que ganarme la confianza de ese niño y de aquel marqués distante. Pero estaba lista. No solo por el verano. Por Leo. Por la promesa que me hice a mí misma. No llevaba más de un par de horas instalada en el castillo y ya sentía que podía perderme para siempre entre sus pasillos. Las paredes, con retratos de antepasados que parecían mirarte desde siglos de distancia, imponían respeto. Todo olía a madera encerada y a un leve perfume masculino que no podía identificar, pero que parecía impregnar cada rincón. Me había acomodado ya en la habitación asignada y, como todavía no tenía tareas asignadas, decidí explorar. Caminaba despacio, dejándome llevar por la curiosidad, cuando el eco de una voz grave me llegó desde el pasillo contiguo. Me detuve. Reconocí el timbre: Alaric. Estaba hablando en manos libres con alguien más. —Sí, Emanuel, lo está. Está furioso —decía con un tono cansado pero firme—. Y no me extraña. Pero voy a tener que dejarte porque la niñera gorda está por llegar… Me quedé inmóvil. Sentí un calor repentino en el rostro, como si me hubieran abofeteado. —No le digas más así —lo reprendió la voz de su amigo al otro lado de la línea—. Suena mal y es políticamente incorrecto. Alaric soltó una breve risa, seca. —Ya sabes que me vale madres y que me paso lo ‘políticamente correcto’ por donde no me da el sol. Tragué saliva. El insulto había sido tan casual, tan… natural, que dolía más. No esperaba que me viera como una belleza de portada, pero escucharlo así, sin filtros, fue otra cosa. —En fin, tengo que dejarte —añadió Alaric, justo antes de cortar. Retrocedí un paso, pero el suelo crujió bajo mi pie. Un instante después, él apareció en el pasillo. Me encontró allí, medio encogida, con el rostro probablemente delatando el rubor que me subía por el cuello. —Ah… —hizo una pausa, como si evaluara la situación—. Justo iba a buscarla. No parecía tener intención de disculparse por lo que había dicho. Se limitó a adoptar esa expresión serena, imperturbable, que parecía su sello personal. —¿Le gustaría que le hiciera una visita guiada por la casa? —preguntó con una cortesía impecable que, sin embargo, me sonó a distracción calculada. —Claro —respondí, esforzándome por sonar indiferente. Cómo si no me hubiera insultado un instante atrás y yo, obviamente, no lo hubiera escuchado. Comenzamos a caminar por los pasillos alfombrados. Me señalaba habitaciones con nombres que parecían sacados de otra época: la Sala Verde, la Biblioteca Norte, el Salón de Invierno. Sus pasos eran largos y seguros; los míos, un poco más cortos y torpes, porque no podía evitar fijarme en él. En su porte erguido, en la manera en que su voz grave resonaba suavemente en esos espacios enormes. En una curva cerrada del pasillo, mi zapato se enganchó con el borde de una alfombra. Todo sucedió rápido: un tropiezo, un intento inútil de recuperar el equilibrio y, de pronto, mi cuerpo chocando contra el suyo. Cuando impactamos contra el suelo hizo un ruido seco, sin embargo me sostuvo con fuerza por los brazos, y quedé despatarrada sobre él. El calor atravesó la tela de mi blusa como una descarga eléctrica. —¿Está bien? —su voz fue baja, cerca de mi oído. Me incorporé apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos. —Sí…Espero no haberlo aplastado, señor —dije con un tono cargado de ironía. Sus cejas se arquearon apenas, como si entendiera la alusión y decidiera no comentarla. Pero sus manos tardaron un segundo de más en soltarme, y lo sentí. Ese segundo extra, ese pulso contenido, me dejó sin aliento. La tensión se cortó en seco con una voz aguda y juvenil: —¿Qué están haciendo? Giré la cabeza y vi a Leo, de pie en la entrada del pasillo. Tenía la misma mirada penetrante que Alaric, pero en versión más joven y, a juzgar por su expresión, infinitamente más insolente. —Leo —dijo Alaric carraspeando mientras yo intentaba incorporarme sin mucho éxito—, te presento a tu nueva niñera, Ivy Brown. Me volví hacia el niño y forcé mi mejor sonrisa. Mientras trataba de saludarlo con una sola mano. —Hola, Leo. Él rodó los ojos con un gesto de exasperación digno de un actor entrenado. —No puedo creerlo.
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