Capítulo 5. Un misterio llamado Ivy

1698 Words
POV Alaric La puerta del pasillo se cerró con un eco suave detrás de Leo. Había huido hacia sus habitaciones, sin molestarse en disimular su disgusto. Se le notaba en cada paso que daba, en ese portazo disimulado que creía elegante, pero que me hablaba más que cualquier frase altisonante que pudiera escupir. Ella seguía allí, con esa expresión que oscilaba entre el desconcierto y algo que no supe identificar del todo. Sus mejillas aún conservaban el rubor, quizá por el tropiezo de antes, quizá por la incomodidad de la presentación improvisada. O tal vez por la forma en que había quedado atrapada entre mis brazos y sobre mí por unos segundos que, para mi desgracia, recordaba con demasiada nitidez. Finalmente nos pusimos de pie y aunque intenté ayudarla, rechazó mi mano. Así que me aclaré la garganta y di un paso hacia ella. —Leo… es un buen niño. —Lo dije con ese tono medido que uso cuando necesito que alguien me crea, incluso si yo mismo no estoy seguro—. Quizá solo necesita… algo más de disciplina. Ella ladeó la cabeza, sin apartar la vista de mí. Esos ojos, profundos y astutos, parecían diseccionarme, buscando la grieta bajo el barniz de seguridad que me esfuerzo por mostrar regularmente. —¿Disciplina? —repitió, como probando la palabra. —Sí. —Cruzando las manos a la espalda, intenté mantener la conversación en un terreno seguro—. No estoy tanto encima de él como quisiera, lo admito. Pero ya sabes… Leo va a Eton, su agenda está llena. Y es un adolescente. La rebeldía viene con el paquete. Era una excusa elegante, pero incluso mientras la pronunciaba me sonó hueca. Aun así, mantuve la mirada firme, esperando que aceptara mi explicación. Pero Ivy no parecía dispuesta a darme ese regalo. —Eso no lo convierte en alguien que no necesite cariño —dijo, suave pero firme—. No deja de ser tu hermano. Y los niños, además de disciplina, necesitan amor. Sentí un cosquilleo incómodo en la nuca. No estaba acostumbrado a que alguien me dijera las cosas de frente, menos aún alguien que apenas me conocía. Di un paso más cerca. Ella no retrocedió, aunque sus manos se entrelazaron frente a su cintura. —¿Y sugieres que le falta amor? —pregunté, despacio, casi como un desafío. —Sugiero que a veces… se nota cuando uno tiene todo menos eso —replicó. Me detuve a un palmo de distancia. Lo suficiente para que su perfume, limpio y sutil, llegara hasta mí. No era dulce, no era seductor, pero tenía algo que me resultaba inquietantemente familiar. —Habla como si lo conociera de toda la vida —comenté. Ella sonrió, pero no fue una sonrisa abierta. Era algo más contenido, con una chispa de ironía. —Tal vez entiendo más de lo que cree, señor Everlaigh. Ese señor Everlaigh sonó como un recordatorio de la distancia que quería poner entre nosotros. Y, sin embargo, había algo en su voz… una cadencia, una forma de morder las palabras, que me empujaba a acercarme más, cuando lo sensato sería lo contrario. —Siéntase libre de aplicar su teoría —dije finalmente, con un gesto hacia el pasillo—. Siempre y cuando Leo no acabe subiéndose a un jet ski sin permiso como lo hizo la última vez. Ella arqueó una ceja. Pero no me preguntó sobre eso. —Ya veremos. El silencio se instaló un instante, pero no era un silencio cómodo. Sentía el calor de su cuerpo a pesar de que no nos tocábamos, y por un momento la imagen de su caída de hace unos minutos volvió, junto con la sensación de su peso contra mi pecho. Un recuerdo que, para mi sorpresa, no me provocaba incomodidad, sino una punzada distinta… peligrosa. Sorprendente dado mis gustos…refinados. —Debería terminar el recorrido y mostrarle la biblioteca —dije, solo para romper el hilo de mis propios pensamientos. —¿Para que vea cuántos libros tiene acumulando polvo? —replicó con sorna. Me vi sonriendo, contra todo pronóstico. —Tal vez para demostrarle que no todos están acumulando polvo. Comenzamos a caminar lado a lado. A cada paso, me encontraba prestando atención al sonido de su falda, al brillo de su cabello cuando la luz de los ventanales lo alcanzaba. No era mi tipo, me lo repetía mentalmente como un mantra. No lo era. Y, sin embargo, me descubrí evaluando cada movimiento suyo, cada inflexión de su voz cuando hacía una observación mordaz sobre algún retrato ancestral. Cuando llegamos a la biblioteca, me apoyé contra el marco de la puerta mientras ella recorría la sala con la mirada. —Supongo que Leo no pasa mucho tiempo aquí —dijo, más como una afirmación que como una pregunta. —Prefiere los videojuegos —respondí, encogiéndome de hombros—. Otra batalla que no pienso ganar. Ella se giró para mirarme, y por un instante, la luz que entraba por la ventana iluminó sus facciones de una forma que me obligó a apartar la vista. No quería que notara cuánto me estaba observando a mí mismo mirándola. —Tal vez todo no se trata de ganar, marqués —murmuró. Otra frase con filo. Otro golpe suave pero preciso en algún lugar que prefería mantener blindado. La observé avanzar por la sala, pasar la yema de los dedos por el lomo de un libro, y me encontré pensando en algo absurdo: cómo sería tener esas manos tocando algo que no fuera un tomo encuadernado, sino otra cosa igual de firme y dura, pero con un contorno claramente. Me reprendí mentalmente de inmediato. Cuando volvió hacia mí, había una media sonrisa en su rostro. —Voy a intentar que Leo lea al menos un libro este verano —dijo. —Si lo logras, te levantaré una estatua en el jardín —repliqué y no pude evitar pensar en un rollizo Botero muy a mi pesar, y tuve que contener soltar una sonrisa más amplia. —Veremos —dijo ella y caminó hacia la puerta, pasando lo bastante cerca como para que el borde de su brazo rozara el mío. Un toque fugaz, involuntario quizá, pero que dejó tras de sí un calor inesperado que me sorprendió un poco pero que desestimé de inmediato. La seguí, en silencio, pensando que esa mujer talla extra, podría convertirse en un problema. Por la noche, la mesa del comedor estaba puesta con la pulcritud que exigía la tradición en Blackstone Hall: mantel blanco impecable, cubertería de plata bruñida, copas alineadas con precisión militar. Las velas altas proyectaban sombras largas sobre la madera oscura, y el murmullo distante del personal se apagó en cuanto nos sentamos. Ivy tomó su lugar a la derecha de Leo, frente a mí. Se había recogido el cabello, dejando su cuello al descubierto. Un detalle simple, pero por alguna razón mi mirada se detuvo allí más de lo prudente antes de que ella notara que la observaba. Y por alguna razón, esto empezaba a molestarme. Leo estaba más callado de lo habitual, aunque tampoco es que en la mesa fuese un torrente de conversación. Esa noche, sin embargo, su silencio tenía filo. —¿Cómo te va en clases, Leo? —preguntó Ivy con una sonrisa que parecía sinceramente interesada. —Bien —contestó él, sin levantar la vista del plato. Ella mantuvo el tono amable. —¿Y en qué estás trabajando ahora? ¿Algún proyecto interesante? —No. El sonido de la plata contra la porcelana se volvió lo único que llenaba el aire por unos segundos. Me incliné hacia atrás, observando la escena sin intervenir. Sabía que Leo podía ser cortante, y parte de mí esperaba que Ivy se desanimara pronto y aceptara que así era él. Pero ella insistió. —¿Lees algo últimamente? —No. —Podríamos buscar un libro juntos —sugirió. Leo hizo un gesto ambiguo, algo entre un encogimiento de hombros y un suspiro. No la miró. Me llevé la copa de vino a los labios, observando cómo la incomodidad crecía. Había un punto de curiosidad malsana en ver hasta dónde llegaría ella antes de rendirse. —He oído que en Eton hay un club de debate bastante activo —continuó Ivy, ignorando la barrera evidente—. Apostaría a que serías bueno en eso. —No. Esta vez fue más seco. La cuchara chocó contra el plato con un golpecito corto. —Leo —intervine por fin—, podrías intentar ser un poco más civilizado. Él me lanzó una mirada fugaz, mezcla de fastidio y resignación. —Estoy comiendo. Ivy se volvió hacia mí con una media sonrisa diplomática, como si quisiera restarle importancia al desplante. —Está bien. Supongo que lleva tiempo. Le sostuve la mirada. No estaba seguro de si admirar su paciencia o irritarme por ella. Pocas personas se mantenían en pie después de un primer encontronazo con Leo; ella, en cambio, parecía decidida a no ceder. El resto de la cena avanzó a un ritmo incómodo. Ivy preguntaba cosas, todas sencillas, casi inofensivas. Leo respondía con una o dos palabras, o con un gesto mínimo. Yo observaba, midiendo a ambos. En un momento, ella intentó otra aproximación. —¿Te gusta montar a caballo, Leo? —preguntó con voz más ligera. —Supongo. Un avance, mínimo, pero ahí estaba. Ivy sonrió, como si ese “supongo” fuera un triunfo. —Podríamos salir a cabalgar un día de estos. Si tu hermano no me despide antes —añadió, lanzándome una mirada fugaz cargada de algo que no supe si era humor o desafío. —Eso dependerá de tu desempeño —respondí, dejando que mis palabras se quedaran flotando entre ambos. Sus labios se curvaron apenas, pero no dijo nada más. La cena terminó en ese tono: una tregua silenciosa, con Leo sumido en su propio mundo y Ivy intentando, a su manera, abrir una grieta en esa muralla adolescente. Yo me levanté primero, y ambos me siguieron. Mientras nos dirigíamos al salón, no pude evitar pensar que había algo en esa mujer que no cuadraba… y que, por alguna razón, quería descubrir qué era
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD