POV Alaric
La puerta se cerró tras ella con un suave clic que resonó más fuerte de lo que debería en mi mente. Allí estaba Celine, erguida, con los hombros ligeramente tensos y esa mirada desafiante que parecía retarme antes de que yo siquiera pronunciara palabra. Cada centímetro de su postura decía “sé quién soy”, y aun así, algo en su respiración delataba el efecto que mi presencia tenía sobre ella.
—Pensé que no vendrías —dije, acercándome un paso, dejando que mi sombra se mezclara con la suya en la pared—. Creí que no me perdonarías.
Ella ladeó la cabeza, los labios curvados en esa media sonrisa que me volvía loco y que siempre parecía burlarse de mi propio autocontrol.
—No sé si te perdonaré —susurró, su voz baja, con ese tono que desafiaba y seducía al mismo tiempo—. Pero admito que eres… muy difícil de resistir.
Mi pecho se tensó y, sin pensar, di un paso más cerca. Sentí cómo sus pupilas se dilataban un instante, cómo un ligero temblor recorrió su brazo. El juego había comenzado y, a decir verdad, llevaba semanas esperando este momento.
Me incliné, apenas rozando su hombro con mi mano, midiendo su reacción. Ella no retrocedió. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y curiosidad; era como si midiera mis límites mientras yo medía los suyos.
—Eso espero —murmuré, dejando que mi voz fuera más grave de lo que pretendía.
Sin darle tiempo a responder, rodeé su cintura y la levanté con un movimiento firme, sintiendo su cuerpo presionar contra el mío. No había fuerza, no había resistencia real, solo ese estremecimiento que se me antojaba provocador. La deposité sobre la cama, y el contacto de su espalda contra las sábanas fue como encender un fuego que llevaba semanas contenido.
Se recostó contra la almohada, mirándome con un brillo en los ojos que era peligroso y estimulante a la vez. Me acerqué a su rostro y apenas rocé sus labios con los míos. Su respiración cambió de inmediato, un jadeo contenido que me hizo sonreír con la seguridad de quien sabe que está ganando el juego.
—Eres imposible —susurró, pero la palabra estaba cargada de algo más que reproche; había una chispa de desafío que no podía ignorar.
—Y tú… eres intrigante —contesté, bajando la cabeza para trazar un camino de besos desde su mandíbula hasta su cuello, sintiendo cómo se arqueaba levemente bajo mi tacto.
Sus manos buscaron mis brazos, desafiando y a la vez invitando, y yo me incliné más, mis labios rozando su piel, mi respiración rozando la de ella. Cada roce era un aviso, cada suspiro un desafío.
—Celine… —mi voz se quebró un poco ante el efecto que tenía sobre mí—. No tienes idea del efecto tienes sobre mí.
Ella sonrió, ladeando la cabeza y dejando que mi boca siguiera su camino por su cuello. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y por un instante, fue como si el mundo desapareciera, dejando solo esa tensión casi eléctrica entre nosotros.
La acerqué más hacia mí, inclinándome para rozar sus labios otra vez, y sus manos me empujaron ligeramente, jugando a la resistencia. Ese pequeño gesto fue suficiente para que mi control aumentara: no había fuerza física en su rechazo, pero había una provocación que encendía cada fibra de mi cuerpo.
—Espero que no te arrepientas —dije, con un tono grave y seguro, mientras sentía cómo su cuerpo reaccionaba a cada roce, a cada caricia que no cruzaba la línea pero la rozaba peligrosamente.
—No creo que eso sea posible —respondió con sorna, su respiración un poco más rápida—. Aunque puedo intentarlo.
Una sonrisa se dibujó en mis labios. Cada palabra suya, cada desafío, cada provocación, era combustible. Me incliné nuevamente, y esta vez mis labios buscaron los suyos con más insistencia, un beso cargado de hambre contenida y juego de poder. Ella respondió con un suspiro suave, pero mantenía esa distancia controlada, ese desafío que me hacía querer más.
Mis manos exploraron su cintura y sus brazos, rozando suavemente, sin prisa, jugando con la tensión que nos envolvía. Cada gesto suyo, cada movimiento, era una invitación silenciosa a continuar, a romper los límites sin cruzarlos completamente.
—No sé si sabes lo que haces conmigo realmente —murmuré contra sus labios, apenas rozando su boca con la mía.
—Oh, sí sé —contestó, con un destello travieso en los ojos—. Y disfruto viéndote perder el control.
Era un juego, un tira y afloja donde ninguno de los dos cedía del todo. Mi cuerpo se inclinaba hacia ella, pero la suya se mantenía firme, y la mezcla de desafío y deseo creaba una electricidad insoportable en la habitación. Sentí que podía pasar horas así, atrapado en esa danza de proximidad, sin romper la barrera completamente, y aun así sentir todo el peso de lo que estaba ocurriendo entre nosotros.
Finalmente, me detuve un instante, apenas apoyando mi frente contra la suya, respirando juntos. La tensión seguía allí, vibrante, y era casi dolorosa. Podía sentir su calor, su respiración acelerada, el leve temblor de su cuerpo bajo el mío.
—Eres… muy hermosa —susurré, dejando que mis labios rozaran su cuello, siguiendo el contorno de su mandíbula hasta sus labios otra vez.
Ella respondió con un leve arqueo de cejas, la sonrisa burlona de siempre, y un suspiro apenas contenido. Sentí que podía perderme en esos ojos astutos, en esa provocación que me hacía querer más, mucho más.
Mis manos bajaron lentamente, acariciando suavemente sus costados, explorando la suavidad de su piel bajo mi toque, sin prisa, disfrutando de cada reacción que provocaba. Su cuerpo tembló levemente al sentir mi cercanía, pero no retrocedió. No podía. Su deseo y su resistencia estaban entrelazados en un juego que me volvía loco.
—No puedo creer que me estés tentando así —susurró ella, apenas separando sus labios de los míos—. Esto… es injusto.
—¿Injusto para quién? —contesté, dejando que mis labios recorrieran su cuello, su hombro, rozando sus clavículas con la punta de mi lengua, mientras mi mano acariciaba suavemente su cintura y sus caderas.
Ella dejó escapar un gemido contenido, y mi corazón dio un vuelco. No era un gemido de sumisión, sino de desafío mezclado con deseo. Cada pequeño sonido suyo era gasolina en el fuego de mi propio deseo.
Me incliné más cerca, apoyando mi pecho contra el suyo, sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío, cómo sus manos se entrelazaban con las mías, buscando contacto, buscando control, buscando liberación. Cada movimiento suyo era un juego, y yo lo jugaba con toda la concentración que podía reunir.
—Celine… —mi voz era baja, grave, apenas un susurro—. Si sigues moviéndote así perderé la cabeza antes de tiempo.
Ella sonrió, ladeando la cabeza y rozando sus labios contra los míos sin separarse, jugando con cada roce, con cada presión, con cada suspiro. La tensión era insoportable, deliciosa, y sabía que ninguno de los dos cedería, que cada gesto era parte de un juego que ambos queríamos mantener.
Sin avisar, tomé su mano y la coloqué sobre mi v***a, dejándola sentirlo que producía en mí. Sus dedos se cerraron sobre mi m*****o con firmeza, casi como un desafío silencioso: “puedes sentirlo, pero no me tienes completamente”.
—Tienes demasiada… fuerza para alguien tan pequeña —murmuré, dejando que mi aliento rozara su oído—. Y me vuelves loco.
Ella soltó un suspiro, su mano apretando mi v***a y comenzando a moverla, y su sonrisa se volvió traviesa, provocadora. Me miró a los ojos, y en esa mirada había una mezcla de reto, diversión y deseo que me hizo perder un poco más de control.
Me incliné hacia adelante, capturando las crestas de sus senos para mordisquear sus pezones, mientras mi lengua también jugaba con su carne trémula. Sentí su mano deslizarse por el tronco de mi v***a subiendo y bajando. La presión era intensa, pero deliciosa; un juego de poder en el que ninguno de los dos cedía por completo.
—Tú también eres imposible —susurré, dejando que mi frente descansara contra la suya—. Y lo sabes.
—Sí —contestó, con un leve gemido contenido—. Y disfruto cada segundo.
Tomé con firmeza sus caderas, y puse mi mano sobre la suya acelerando el ritmo de la masturbación mientras no podía evitar soltar un gemido de sumo placer.
Hice que apartara su mano, y guié mi v***a entre sus pliegues suaves, su carne me apretó de una forma deliciosa y comencé las emnestidas primero con suavidad, luego alcé sus piernas por sobre mis hombros y le di más fuerte, tanto que el sonido de mis huevos golpeando en su entrepierna hacían un sonido que rebotaba como un eco en la habitación.
—Te voy a llenar de mi leche…Ivy —le dije sin darme cuenta pero ella pareció no darse cuenta tampoco.
—Sí, damela toda, quiero tu leche —me respondió entre gemidos y con un estertor me derramé dentro de ella, el clímax fue demoledor, tanto que los espasmos me despertaron de ese delicioso sueño erótico.
Punto a favor, tuve un magnífico orgasmo.
Punto en contra, me había venido como un adolescente y estaba todo empapado.
Así que me levanté y fui al baño de mi suite privada para higienizarme
Cuando regresé a la cama, me di cuenta de que estaba sediento y ya no había agua en la jarra así que bajé.
Lo último que esperé fue encontrarla a ella.
Cuando me escuchó, casi suelta la botella de leche. De hecho fue un milagro que no lo hiciera porque la sobresalté.
—Por Dios casi me da un infarto.
—Perdón, lo último que quisiera es que se muera cuando acabo de contratarla —dije con una mueca y agradecí haberme puesto el pantalón de pijama y la camiseta.
Ella por su parte, me miró de reojo con curiosidad mientras se servía leche fría en un vaso.
—¿No va a calentarla? —inquirí alzando una ceja con curiosidad.
—Prefiero la leche fría, igual gracias.
Recordé mi sueño, lo último, la leche dentro de Celine y mi confusión al decir el nombre de Ivy. La v***a se me puso dura como una roca y me acerqué al refrigerador para buscar una botella con agua, y así de paso tapar mis calores.
—¿Y siempre baja a servirse en medio de la noche y así vestida?
Ok, quizá era algo exagerado, solo tenía un pantalón deportivo un par de talles más que los que debería usar, y una camiseta blanca que marcaba sus grandes tetas con sus pezones parados, que no pude evitar mirar de reojo.
Ella se removió incómoda e incluso en la penumbra me di cuenta que estaba sonrojada.
—¿Es que debería vestirme de gala para bajar por un vaso de leche? Nunca me dijo que para bajar a la cocina en medio de la noche, habría reglas de etiqueta.
Me serví el vaso con agua y tragué todo de golpe mientras ella me miraba con desafío, esperando mi respuesta.
—Pues nunca me dijo que para dormir usaba camisetas que dejaban poco a la imaginación señorita Brown, no debo recordarle que hay un adolescente que vive en esta casa ¿no? Y a pesar de su…su…
—¿Mi qué?
—Digo que para un muchachito de esa edad, un par de senos es un par de senos, y no importa nada más.
Pude ver cómo sus dedos se tensaban alrededor del vaso de leche, blancos por la fuerza, y su mirada me fulminaba con cada palabra. Su respiración era rápida, y su postura era rígida, lista para defenderse. Por un instante, me gustó ver esa mezcla de indignación y desafío, aunque sabía que estaba cruzando una línea.
—Vamos, no se ponga así —dije, con un tono que intentaba sonar casual, pero cargado de provocación—. No es como si dijera algo que no sea evidente.
Ella puso los ojos en blanco y dio un paso atrás, separándose de la encimera, pero manteniendo la cabeza erguida.
—¿Evidente? —repitió, con sorna—. Tal parece que el marqués tiene menos tacto que su hermano adolescente.
Un escalofrío me recorrió, y por primera vez, sentí que quizá había ido demasiado lejos. No obstante, no podía dejar de mirarla, y cada vez que lo hacía, sentía que ella se mantenía firme, sin ceder.
—No debe confundir la franqueza con la mala educación —murmuré, acercándome un paso, sintiendo cómo el aire entre nosotros se cargaba de tensión—. Solo intento que entienda que… ciertas cosas no pasan desapercibidas, especialmente para un niño de su edad. Y ahora está compartiendo la casa con Leo.
Ella soltó un suspiro largo, y su sonrisa era apenas perceptible, llena de ironía y desafío.
—¿Compartir la casa con un niño de “su” edad? —repitió, dejando que cada palabra cayera con precisión—. ¿Y eso le da derecho a… esto? —dijo, señalándome con el vaso—. Me hace pensar que su título de Marqués no viene con mucha educación, quizá al final de cuentas sea quizá usted quien necesite un poco de disciplina y no Leo.
No pude evitar sonreír ante su descaro, aunque por dentro sentí un golpe de respeto y admiración. Tenía carácter, y eso, muy a mi pesar, me hacía sentir atraído.
—Está bien —dije, inclinando la cabeza con un gesto que intentaba ser conciliador—. Puede que haya sido brusco. Pero también espero que entiendas que no es personal… solo que… debes mantener el decoro.
Ella me miró, con los labios curvados en una media sonrisa de victoria, y dio un paso atrás, como si quisiera establecer distancia, pero manteniendo la mirada fija en mí.
—Bueno, Marqués —dijo finalmente, con voz firme—, si vamos a vivir bajo el mismo techo, al menos debería aprender que ciertos comentarios ofensivos no se toleran, y mucho menos en esta época. Así que… buenas noches.
Su tono era frío, pero en sus ojos había un brillo de desafío. Me quedé mirando mientras se giraba y subía las escaleras con su figura con excesivas curvas pero con paso seguro alejándose cada vez más de mí. Su dominio de la situación me dejó sin palabras; había ganado esa ronda sin siquiera intentar pelear. Incluso aunque por segunda vez en el día, la traté de gorda.
Suspiré, dejando caer el vaso de agua en la encimera, y por un instante, la sensación de frustración y excitación me golpeó a la vez. Sabía que este no sería el último choque entre nosotros, y algo en mi interior esperaba ansioso la próxima confrontación. Pero por ahora, debía aceptar la derrota… aunque fuera momentánea.
Fin del Pov