Lo miraba de frente y, aunque mantenía el gesto neutral, por dentro ardía. La palabra todavía me zumbaba en los oídos, como si la hubiera grabado a fuego: “la niñera gorda”. Él no sabía que yo lo había escuchado. Claro que no. En su mundo, insultar era tan natural como respirar, y seguramente creía que nada de lo que decía quedaba resonando en los demás. Pero quedaba. Vaya si quedaba. Y aún así, cuando choqué contra su cuerpo en aquel pasillo y terminé sobre él, lo único que pude pensar fue en el calor de sus manos sujetándome. Lo odié por eso también: por tener la capacidad de provocar algo en mí que no quería sentir. Me incorporé rápido, aunque todavía podía percibir el olor caro de su colonia y la rigidez de sus músculos. No quería que notara nada, así que usé la ironía como escudo.

