La mañana amaneció envuelta en una luz lechosa que apenas entraba por los ventanales del castillo. Desperté antes que Alaric, con la mente girando en círculos. La ecografía de ayer seguía vibrando en mi pecho como un secreto que ya no era solo mío. Cuando Alaric se movió, su respiración se acompasó con la mía. Abrió los ojos y, sin palabras, supe que pensaba en lo mismo. —Hoy tenemos que hablar con Leo —dije en voz baja. —Sí —respondió, frotándose el rostro—. Y tenemos que hacerlo bien. No quiero que se sienta… desplazado. Me incorporé contra la almohada. —Él es tu hermano, pero también… casi tu hijo. Y yo he sido su niñera este último tiempo, aunque parezcan siglos. Este bebé no puede hacer que piense que ya no es nuestra prioridad. Alaric tomó mi mano. —Podríamos preparar algo esp

