El salón brillaba con un resplandor casi deslumbrante. Candelabros de cristal colgaban sobre nuestras cabezas, lanzando destellos que parecían multiplicar la grandeza del lugar. Todo estaba perfectamente orquestado: el murmullo constante de conversaciones refinadas, el tintinear de las copas de cristal, la música de cuerdas flotando con discreción de fondo. Y allí estaba yo, caminando junto a Alaric, que avanzaba con la misma naturalidad con la que alguien cruza el umbral de su propia casa. Lo observaba de reojo: impecable en su traje, seguro, dueño de cada espacio. Me tenía tomada de la mano con firmeza, y aunque ese contacto debía darme seguridad, a ratos lo sentía como una cuerda que me ataba a un escenario para el que no sabía si estaba lista. —Permítanme presentarles a Ivy —decía Al

