Me aferré a Leo, y él se quedó quieto, sorprendido por mi llanto, pero sin soltarme. Sus brazos eran pequeños y delgados, pero el gesto era genuino. —O sea… eso no está bien —dijo finalmente, con esa mezcla de seriedad y torpeza que solo los niños pueden tener—. ¡Él no puede hacerte esto! Asentí, intentando calmarme, pero las lágrimas seguían cayendo. —Pero… ¿y si es verdad? —susurré—. ¿Y si realmente… me estaba engañando? Leo frunció el ceño, todo concentrado en su indignación: —¡Pues entonces es un idiota gigante! —exclamó, apretando los puños con dramatismo—. ¡Y no puede ser tu novio si hace eso! No pude evitar soltar una risa entre llanto, por lo ridículo y dulce de su reacción. —Gracias, Leo… de verdad —dije, apoyando la cabeza en su hombro—. Gracias por estar aquí. Él se ende

