El castillo seguía en un silencio de domingo cuando llegué a la galería donde Leo solía dibujar. Lo encontré encorvado sobre un cuaderno, los auriculares colgando del cuello, la mirada clavada en la hoja. El grafito corría rápido, pero no había música encendida. —¿Puedo pasar? —pregunté, quedándome junto al arco de piedra. Leo no levantó la vista. —Ya pasaste —murmuró, moviendo el lápiz con brusquedad. Me acerqué despacio, tomando una silla frente a él. Sobre el papel, un bosque se deshacía en trazos furiosos: ramas negras, cielo encapotado, un sendero solitario. —Te quedó increíble —dije con suavidad. —Es solo un dibujo —respondió, apretando la mandíbula. Guardé silencio un momento, escuchando el roce del grafito. El aire olía a café recién hecho; en la cocina, alguien del servicio

