La jornada había sido agotadora. Entre risas, juegos, y los inevitables celos de Leo, terminé el día sintiendo que no me quedaban fuerzas. Sin embargo, en cuanto nos quedamos a solas en la habitación, el cansancio se fue desvaneciendo poco a poco, como si hubiera estado esperando ese momento en el que no quedara nadie más entre nosotros. La luz tenue de la lámpara bañaba la habitación con un resplandor dorado, cálido, y el silencio era interrumpido solo por nuestra respiración. Estábamos recostados uno al lado del otro, compartiendo confidencias pequeñas, esas charlas que parecen insignificantes pero que terminan construyendo un puente íntimo entre dos personas. —Hoy Leo estuvo… intenso —dije, con una sonrisa cansada. Alaric rodó los ojos y rió suavemente. —Intenso es una palabra amable

