Temporada 2 C1
Los golpes en la puerta me hicieron saltar de la cama, despertándome de aquel sueño profundo en el que me encontraba. Volteé a ver a Cailan y se encontraba vistiéndose sin observarme. Eso no es una buena señal... Imité su acción con rapidez y se dirigió a abrir la puerta. Mitch apareció detrás de ella y sus ojos impacientes se clavaron sobre los míos. Se adentró a paso apresurado y me atrajo a su cuerpo. —Mierda, Val —musitó —. Me alegra tanto verte bien. Agradécele a Cailan. Él es el culpable de que me veas tan bien... Cogimos la ropa sucia del tocador, procurando no dejar ningún rastro de nuestra estadía allí, y nos salimos de la habitación. Apenas estaba amaneciendo y el sol amenazaba con darse a ver en el horizonte. Me monté en el coche que Mitch me indicó y Cailan a otro que estaba delante del nuestro. Todo se sentía tan extraño. Recordaba sus manos sobre mí, su m*****o embistiéndome de una forma descomunal y sus labios en mi piel. Aquella se me erizó al revivir lo de anoche y un golpe mental me hizo salir de aquel hipnótico momento. "No debes tener sexo sin protección por dos semanas" las palabras de la médica, Florence, la madre de Cailan, llegaron a mí como una bofetada a mano dura. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Lo único que me faltaba para complicarme la vida era quedar embarazada de alguien como él. Sin duda alguna, tendría que conseguir la píldora del día después de alguna forma. —Todo se salió de control, de repente —Mitch me devolvió al mundo real y volteé a verlo con sus manos en el volante. Cubrí mi cuello con el buzo por si tenía alguna marca visible. De ser así, era probable que ya la hubiera visto pero, al menos, evitaba que alguien más las viera. —Un tipo quería llevarse a Naya, Gus debió de intervenir, los perdimos de vista a ti y a Cailan y tu micrófono dejó de funcionar por unos minutos. —Tragué grueso mientras él me informaba sobre lo sucedido anoche —. No sé cómo descubrieron que tú no eras realmente Eleanor, pero me alegra que Cailan te haya encontrado y ambos hayan salido con vida. —Podía percibir el alivio en su voz —. Al menos, el que los hayan descubierto impidió que la fiesta continuara y que Irene encontrara aliados. —¿Han logrado descubrir algo? —me atreví a preguntar. Asintió. Apretó el volante con fuerza y cargó sus pulmones de aire. Algo malo se avecinaba... —Para los miembros de KEK, nosotros te hemos capturado y estamos torturándote —comenzó a decir. No me importaba lo que se dijera de mí, me importaba cómo habrían de haberse tomado esa noticia mis amigos. Un nudo se me formó en el pecho de tan sólo pensarlo y tragué grueso. —Tus identificaciones han sido muy útiles —comentó —. Sé que no ha sido fácil para ti tener que volver a verlos, pero ha sido de gran ayuda. —¿Sabes si me han descubierto? —bajé mi mirada. Oír la respuesta me acojonaba, pero debía saberlo. No era lo mismo estar viva con Irene sabiendo que le había dado la espalda o que aún no supiera nada. —Creemos que no ha identificado a ninguno, pero sí sabe que pertenecían a JBG —explicó —. Somos los únicos que se atreverían a tanto. El coche estacionó frente a la central, la cual sólo había visto en fotografías, y me bajé de él. Seguí el paso de Mitch hasta adentrarnos, ya que sólo conocía los lugares primordiales del lugar. —Ve a descansar —me sugirió —. Ya te avisaré si descubrimos algo importante. —Asentí. Su idea de descansar era mi plan de descifrar cómo mierda podía conseguir la maldita píldora sin levantar sospechas. Me adentré en mi habitación y cogí asiento en mi cama. Divisé los accesorios que me habían sido removidos -el collar de mis padres y la pulsera de Anya- para convertirme en Julieta sobre mi mesa de noche. Florence era amable, pero ir a pedirle una píldora del día después sabiendo que había pasado la noche con su hijo, no era la mejor idea. Me importaba una mierda delatarlo a Cailan; de seguro a él le valía tres mierdas y, de seguro, su madre estaba al tanto de sus recurrentes folles. El problema es que no quería que me tomara como la irresponsable que había sido que no había aguantado ni una semana sin sexo. Lo hubiese logrado de no ser por sus continuas provocaciones. Golpearon la puerta y caminé deprisa hacia ella, esperando que fuera un milagro que me otorgaba lo que necesitaba. Thea apareció tras abrir la puerta y me dio una mirada de alivio. Le permití adentrarse y cerré la puerta. —He oído que te has arrojado por un acantilado —tomó lugar en mi cama e imité su gesto. Eso no había sido lo más alucinante de la noche... —Ha sido una locura... —necesitaba de su ayuda por más que eso me delatara. Sabía que no me juzgaría, más la noticia le tomaría por sorpresa. —Naya ha llegado anoche y se encuentra bien —comenzó a decir —. Ambas estábamos preocupadas por... —Necesito pedirte un favor —emití. Thea se acomodó en su lugar, me dio una dulce sonrisa -que desaparecería en cuanto uniera cabos- y asintió. —Necesito que me consigas... —vamos, Val —la píldora del día después. —Sus ojos se abrieron un poco al recibir mi pedido. Llevó su mirada hacia el suelo para luego regresar a mí, como si estuviera digiriendo todo. —¿Con... Cail...? —No le permití que dijera su nombre, sólo asentí. > me recriminó mi conciencia. El error había sido no usar protección, no follar con él. Thea aclaró su garganta y estaba conteniendo la risa. Ni siquiera sabía por qué, pero mejor eso a que me trataran de zorra. Me gustaría también estar riendo por lo idiota que había sido, pero ahora debía preocuparme de que uno de sus espermatozoides no llegará a mi óvulo. —El encanto Vaughan —emitió entre risas —. Sigo invicta —se puso de pie y suspiró. Al parecer, ella había sido la única aquí que lo había rechazado. ¿Acaso se habría follado a Gwendolyn también? Mierda, no era bueno que me hiciera ese tipo de preguntas, ya que tampoco quería saber la respuesta. —Iré a pedírtela ahora mismo —me informó. Si es que Thea era mi ángel caído del cielo. Se volteó hacia mí antes de abrir la puerta y arqueó su ceja. —¿Cómo estuvo? —Escondí mis mejillas rojas detrás de mi cojín. No había palabras para describirlo; algunas sensaciones en la vida no podían describirse. Tocar el cielo con las manos y regresar ni siquiera se le asemejaba y no sabía si mi lado egoísta quería que se pareciera a algo. Haber follado con él había sido tan celestial como Thea había dicho y, aunque toda la central pudiese confirmarlo también, aún había millones de mujeres que no podían hacerlo. —Tal y como te lo contaron. —Una sonrisa de sorpresa se apareció en su rostro y se marchó de mi habitación. Aún llevaba la ropa de la noche anterior, haciéndome sentir algo sucia; no por lo sucedido, sino porque no sabía a quién le había pertenecido esto. Me di una rápida ducha, reviviendo sus besos en mi cuello y cómo se había apoderado de mí. Me había hecho sentir merecedora de dicho placer como si fuera única y el calor volvía a subirse hacia mi entrepierna. Su forma de tocarme allí abajo y cómo había sido capaz de llevarme a lugares inhóspitos en cuestión de segundos. Sus manos eran un viaje de ida del que no podría regresar con facilidad. Su miembro... esa era otra historia. Cubrí mi desnudo cuerpo con la toalla y me observé frente al espejo. No me veía tan mal como lo había imaginado. Las bolsas debajo de mis ojos apenas comenzaban a notarse por la falta de sueño y las marcas en mi cuello eran apenas visibles. Inspeccioné el resto de mi cuerpo como si sus manos hubiesen sido tentáculos y pudiesen haber dejado su rastro. Con lo intenso que había sido todo, creí que acabaría con magulladuras en todos lados. Apagué la luz del tocador y, tan pronto me salí, me encontré con su cuerpo frente a mí. —¡Mierda! —chillé. Casi me mataba del susto... Su mirada me estaba reparando de pies a cabeza y no pude evitar sentirme instantáneamente diminuta. La toalla con suerte cubría mi trasero y la tenía cogida con fuerza entre mis manos. Mi ropa ya había pasado a segundo plano bajo su codiciosa mirada y no quería que volviera a suceder con mi toalla. "Estoy esperando encontrarte algún día recién salida de la ducha con la toalla cubriendo tu cuerpo" recordé sus palabras de hace unos días. Se le había concedido el deseo. —¿Qué haces aquí? —pregunté. Al posar su mirada sobre mí noté que sus ojos estaban algo rojos. Aún vestía la ropa con la que habíamos regresado aquí y se lo veía algo distraído. Por supuesto, la seriedad en su rostro era un rasgo suyo que con mucha suerte desaparecía. —Ten —alargó su mano hacia mí y me entregó una pastilla —. Es la píldora del día después —su voz se oía algo apagada y me encontré sorprendida. Pensé que luego de lo de ayer todo continuaría con normalidad, pero parecía que no sería así. Su comportamiento extraño me estaba diciendo que nada volvería a ser igual. —Ya debes de estar acostumbrado —mencioné y aclaró su garganta. Lucía como un pobre niño... ¿Qué estaba sucediendo? Algo me hacía creer que su conducta no estaba conectada con nuestro evento, aunque esta mañana ni siquiera me hubiese dirigido la palabra u observado. —Es la primera vez —reveló como si todo le valiera una mierda. Podría jurar que algo en él se había destruido. Me dirigí hacia la botella de agua que tenía sobre la mesa de noche y bebí la píldora. Me volteé y ahora su vista volvía a estar puesta en mí, recorriendo cada parte de mi desnuda piel que era visible. Su mirada tenía una mezcla entre apetito s****l y pesadumbre. No te dejes provocar... —Gracias —de alguna forma, mi voz salió segura cuando en realidad me encontraba temblando por dentro. No recibí ni siquiera un leve movimiento de su cabeza que dijera 'ya, no fue nada'. Esto comenzaba a preocuparme y su paso se iba acercando a mí —. ¿Te encuentras bi...? Sus labios chocaron contra los míos y, de inmediato, nos hundimos en un beso desesperado. Seguía aferrándome a mi toalla como si fuera una maleta con diez millones de dólares dentro que no quería que me fuera quitada y su paso sobre mí comenzó a hacerme retroceder hasta golpear con mi cama. Cailan absorbía mi boca mientras yo me deleitaba con el sabor de sus labios. Su mano se dirigió hacia mi agarre y apartó su rostro del mío al ver que no cedía, que no quería soltar aquel único pedazo de tela que me cubría el cuerpo antes de que todo se descontrolara. —Thea está en camino —mi falta de aire se hizo notar y asintió. —Entonces, que sea rápido —me arrojó sobre la cama y clavé mi vista sobre él. —Dijiste que no te gustaba que te encontraran follando y no me harás guardar silencio. —Me dio una extraña sonrisa de lado. Se montó sobre mí y regresó su rostro al mío, haciéndome rogar para que sus labios volvieran a secuestrar los míos. Tragué grueso y ¿cómo podía negarme ante su cercanía? Mis sentidos enloquecían y no me encontraba en mi sano juicio. —¿Traes condón? —le pregunté. No cometeríamos el mismo error otra vez. Tampoco sabía si podíamos hacerlo luego de haber tomado la píldora o qué consecuencias podría traer. Su mano acariciaba mi desnuda pierna y subía hacia mi toalla, alzándola hasta mi cintura. Mi entrepierna volvía a aclamar por él y a prenderse fuego. Abrió mis piernas con sus manos y mi boca se hizo agua, como cuando estabas a punto de probar tu plato favorito. —No te follaré —habló sobre mis labios y dos dedos comenzaban a adentrarse en mí. Su pulgar empezó a acariciar mi clítoris con movimientos circulares y no pude evitar apretar mis labios ante el profundo goce que provocaba en mí. ¿Acaso esta era su forma de torturarme? Me daba igual, pero esperaba que no me dejara con algún tipo de estrés postraumático. Sus dos dedos se movían dentro de mí y salían a como le diera la gana. Volvía a adentrarlos en mi humedad y encontrar el punto perfecto para hacerme gemir del placer. No me cabía en la cabeza cómo su simple tacto provocaba tanto en mí, cómo su mirada no me había movido ni un pelo los primeros días pero ahora mis piernas flaqueaban con tan sólo tenerlo frente a mí. Volvió a introducir ambos dedos, ahora sabiendo a la perfección dónde debía tocarme con exactitud y su boca capturó la mía con ferocidad, impidiendo que gimiera. Su pulgar continuó con sus movimientos sobre mi clítoris y mi espalda se arqueaba cada que mis paredes sentían la presencia de sus dedos dentro de mí. Sentía mis pezones duros y excitados bajo la toalla que aún seguía cubriendo mi torso, aclamando algo más que lo tenía ahora dentro. La combinación de su masaje en mi clítoris y sus dedos me estaban llevando a mi punto máximo, y sus labios ahora bajaban hacia mi cuello. El muy jodido lo estaba haciendo a propósito; me hacía ver las estrellas tanto por lo provocado allí abajo como por el rastro húmedo que dejaba en mi sensible piel con sus besos. La excitación y el placer comenzaron a apoderarse de mi cuerpo entero. La sangre estaba retenida en mi coño y sentía que comenzaba a perder la consciencia. Mi mente estaba atrapada en lo que sus dedos provocaban en mí y mi vista comenzaba a volverse borrosa, enfrentando aquellos espasmos en mi cuerpo entero. Con la aceleración de los movimientos de su dedo en mi clítoris, me hizo explotar un millón de sensaciones, llevándome al clímax. Volvió a capturar mi boca, impidiendo que mi descargo de satisfacción se oyera en toda la central. Cailan se apartó de mí complacido y se puso de pie. Bajé mi toalla, como si aún me diera vergüenza que me viera desnuda y tragué grueso. Él sabía muy bien cuándo aprovecharse del momento; continuar callándome seguía como pauta para follar con él y yo no permitiría que me controlara. Por supuesto que, al borde del clímax, no podía enfadarme con él y evitar que me cubriera la boca. Yo estaba tan hundida en el momento que eso sería lo último que se me cruzaría por la cabeza hacer. —Vete ya —espeté, molesta. Mis padres me habían enseñado por años que las personas debían de respetarme. Sin embargo, nadie parecía estar haciéndolo y yo continuaba con el papel de controlada. Primero Irene, luego Jayce que me había dado la misma atención que a una petición de leer los 'términos y condiciones', y por último Cailan, quien no sólo había ignorado mi deseo de gritar el placer a los cuatro vientos, que se había adentrado a mi habitación sin mi permiso determinadas veces, sino que también actuaba como hijo de puta después de tenerme. Que viniera en busca de mí a por sexo o lo que fuera, no me molestaba. Yo siempre estaría dispuesta a eso ya que el disfrute sería mutuo, pero no toleraría que siguieran pasándome por encima. Él volteó a verme y me observó desconcertado. Me puse de pie y me acerqué a su rostro. —Gracias por tu acto de caridad —comencé a decirle —, pero no volverás a callarme ni con besos ni con nada a menos que sea mi decisión —me aparté de él, caminé a la puerta y la abrí. Entrecerró sus ojos y asintió, sin ánimos de discutir. No sabía si aquello le había sentado bien o no pero, así como a él le había valido mierda lo que yo le había pedido, a mí ahora me valía mierda si le había agradado o no. Se marchó y suspiré, cayendo pesadamente sobre mi cama. Odiaba que me excitara de tal forma que causaba estragos en mí. No me permitía pensar con propiedad, incluso sabiendo quién era yo misma y qué merecía. Bueno, que con Jayce no me había funcionado del todo bien, al parecer... La puerta volvió a abrirse y la pelirroja se apareció con una sonrisa en su rostro. —Es tu día de suerte —posó la píldora sobre mi mesa de noche. No, no lo era