Gerardo aún me tenía envuelta en su abrazo cuando escuché la voz seria de Leonardo detrás de mí. —Suelta a mi esposa. Gerardo no se inmutó. Se apartó apenas un poco y se giró hacia él con una expresión neutral. —Solo estoy apoyándola en una situación difícil —respondió con calma. —Te agradezco que hayas venido, Gerardo —dije antes de que la tensión aumentara—. Mi padre fue operado y, por ahora, estamos esperando su recuperación. —Eso me alegra mucho —respondió él con una sonrisa sincera. —Entonces ya puedes marcharte —intervino Leonardo con frialdad. Gerardo soltó una risa irónica y cruzó los brazos. —No tienes derecho a decidir por los demás, Leonardo. Sabes bien que nunca has amado a Leila. Solo te casaste con ella bajo un trato. Leonardo sonrió, pero su mirada se volvió aún más

