Salí de la oficina de Leonardo con el corazón latiéndome con fuerza. No podía creer que estuviera a punto de casarme con él, ni que hubiéramos llegado a un acuerdo donde la mentira sería nuestro pilar principal. Pero así debía ser. Presioné el botón del ascensor y esperé en silencio. Cuando las puertas se cerraron y sentí la ligera vibración del ascensor en movimiento, mi mente me traicionó, llevándome de vuelta al pasado. Volví a verme a mí misma, vestida de blanco, con el velo cayendo delicadamente sobre mis hombros, mis manos temblorosas sosteniendo un ramo de rosas. Volví a escuchar los murmullos, las miradas de compasión de los invitados en la iglesia. “No ha llegado.” “Tal vez se retrasó.” “Algo debe haber pasado.” Minuto tras minuto, la certeza de que él no aparecería se hizo

