El tiempo pasaba más lento cada segundo y hacía que se sintiera como una eternidad. Mi cuerpo estaba adolorido, mi mente agotada y mi corazón destrozado. El taxista regresó a la habitación, con una sonrisa satisfecha, como si ya lo tuviera todo resuelto. —Hora de irnos, esposa sustituta. —Su tono burlón me hizo apretar los dientes. Me desamarró con brusquedad. Mis muñecas dolían por la presión de la cuerda, pero no me quejé. Sabía que no serviría de nada quejarme. Me obligó a levantarme y, sin soltar su arma, me llevó fuera de la casa abandonada. Subí al auto con el corazón latiéndome en los oídos, juro que lo escuchaba con más claridad que nunca. El taxista encendió el auto y con su arma en manos siempre condujo. Quince minutos después, el auto se detuvo. Miré a mi alrededor y s

