El taxista se rió en un tono bajo. —Eso dices ahora. Pero la gente cambia de opinión cuando está libre. —No voy a denunciarte —mentí. —Eso lo veremos. De repente, mi celular vibró en sus manos. El taxista bajó la mirada y sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. —Hablando del diablo… Mi corazón dio un vuelco cuando vi el nombre en la pantalla. Era Leonardo. No podía creerlo. —Mira quién decidió llamar —se burló el taxista, mostrándome el teléfono antes de deslizar el dedo por la pantalla y contestar en altavoz. —¿Dónde demonios estás? —la voz de Leonardo sonó enojada, molesta, completamente ajena a la situación en la que me encontraba—. No fuiste al hospital. ¿O es que te fuiste con tu amante? Sentí una punzada en el pecho. ¿Eso era lo primero que pensaba? No que podía esta

