Capítulo 1
La noche era muy fría y el viento anunciaba el otoño logrando desordenar algunos mechones de mi cabello.
- ¡Mierda! - Maldecí sintiendo el ácido estomacal subir por mi garganta.
Me encontraba a las afueras de un bar en Miami "The Space" ahogándome en el alcohol.
- Él estará furioso... - Murmuré recostándome contra la dura pared del callejón en el que me encontraba.
Mi padre definitivamente me matará cuando se entere de que me escapé con Alexa evadiendo a su maldita seguridad para venir a beber como unas pendejas inmaduras.
Durante mi vida había estado encerrada en la gran mansión de los Lavoissiér, estuve recibiendo clases particulares sin salir de casa y se me tenía estrictamente prohibido poner un pie fuera.
Mis únicos contactos en mi día a día eran mi padre, la servidumbre y mi prima Alexa.
¿Dónde diablos está Alexa?
- ¿Pero qué tenemos aquí? - Una voz varonil y de curioso asento me sacó de mis pensamientos.
Mi vista subió directamente hacia aquella sombría figura frente a mí y pude observarlo. Se trataba de un hombre alto que irradiaba el peligro.
Comencé a caminar en la dirección contraria a él ignorándolo por completo mientras me adentraba en aquel oscuro callejón.
- ¿Ibas hacia algún lado, preciosa? - Se anunció otro hombre que iba saliendo desde las sombras logrando atraparme entre sus brazos.
- ¡Suéltame! - grité.
- Cállate. - Murmuró en un tono amenazante.
Forcejeé un poco hasta que mi cuerpo se congeló totalmente al sentir una fina aguja atravesando la piel de mi cuello.
- Ustedes no saben con quién se están metiendo. - Fue mi última advertencia mientras me tambaleaba por mantener el equilibrio, era difícil sintiendo aquel líquido corriendo por mi torrente sanguíneo haciéndolo arder.
- Tú no sabes con quiénes te estás metiendo. - Se burló uno de ellos mientras que mi vista se hacía más nublosa.
(...)
Mi nombre es Danielle Lavoissiér, tengo 20 años y soy hija de uno de los mafiosos más peligrosos y temidos de todo Estados Unidos.
Me repetía en mi cabeza constantemente esa mantra mientras que lograba recobrar mi consciencia poco a poco.
Sí, el vendrá por mí y matará a cada uno de esos malditos que se atrevieron a ponerme una mano encima.
Ahora me encuentro con los ojos vendados y de manos atadas en una maldita camioneta con un olor horrible.
El auto se detuvo detuvo de manera repentina haciéndome golpear contra algo muy duro.
- ¡Bájenla ahora, el jefe está esperando! - Oí hablar al hombre que estaba a las afueras del bar.
¿El jefe? Pero de qué jodido jefe estará hablando...
- Él estará muy feliz de tenerte aquí, preciosa. - Habló otro asqueroso hombre que abrió la maleta de la camioneta.
- Malditos cerdos. - Hablé con voz temblorosa.
Lo único que obtuve de respuesta fue un duro golpe que me desorientó por un instante, hasta que un líquido tibio con sabor metálico resbaló por mis labios.
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Mi estómago dió un vuelco por un momento al imaginar todo lo que me podría ocurrir.
¿Sería esta una venganza contra mi padre?
Unas ásperas y fuertes manos me levantaron y me arrastraron por un largo pasillo mientras pataleaba y gritaba.
- ¿A dónde me llevan? - Pregunté sin obtener respuesta alguna.
El miedo se apoderaba de mí mente creando escenas realmente terroríficas.
Nos detuvimos y el crujido de una puerta puso todos mis sentidos en alerta.
- Señor, aquí está su pedido. - Dijo el hombre parado a mi izquierda.
- ¡¿Por qué mierda se tardaron tanto?! - Oí a un hombre gritar a la lejanía
La voz de aquel hombre tenía ese curioso acento mezclado con dureza y elegancia.
- Salió muy lista la niñita. - Dijo uno de los hombres entre risas.
- ¿A quién le llamas así, imbécil? - Escupí con amargura intentando liberarme.
- ¡Largo! - Gritó el extraño con ese tono que me hizo temblar.
Estos obedecieron de inmediato sin decir ni una sola palabra, los que me sostenían me soltaron sin cuidado alguno causando que golpeara mi cuerpo contra el frío piso.
El ruido de unos zapatos que se acercaban a mí hicieron que mi ritmo cardíaco se alterara por completo.
Sentí su cálida respiración contra mi rostro, sentía mi corazón latir con rapidez y mi cuerpo permanecía inmóvil.
Un aroma a perfume caro invadió mis fosas nasales sacudiendo mis terminaciones nerviosas.
Su pulgar acarició mi mejilla con suavidad bajando para limpiar la sangre de mi labio.
- Déjame presentarme, Danielle. - Sentí sus finos dedos retirar aquella molestosa venda de mis ojos permitiéndome ver.
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La fuerte luz de la habitación me cegó por unos segundos, pero al recuperar mi visión, puedo decir que mis ojos se deleitaron con aquel espécimen frente a mí.
Casi dos metros de músculo, cabello n***o, tez morena, labios gruesos y unos ojos café muy profundos.
Mi respiración se detuvo por una fracción de segundos.
- Mi nombre es Abel Tesfaye líder de la mafia Canadiense, pero puedes llamar señor Tesfaye o "amo". - Mencionó haciendo énfasis en la última palabra que dijo, causando que la furia se apoderara de mi mente.
« ¿CANADÁ? »
Estoy en Canadá.
- Púdrase, señor Tesfaye.- Dije aún logrando mantener la poca calma que quedaba en mí.
¿Pero qué se ha creído?
Primero me secuestra y luego me hace llamarlo amo.
- Préstame mucha atención, linda. - Aquel hombre susurró muy cerca de mis labios.- Mejor será para ti si cuidas esa boquita.
- ¿Sí?... ¿Y si no, qué? - No sabía de dónde estaba sacando tanta valentía, pero logré dar frente y responderle con voz firme.
- Niñita, no te conviene provocarme y te lo estoy advirtiendo. - Dijo mientras podía ver cómo apretaba su mandíbula.
- ¿Y sí mejor me matas de una puta vez? - Respondí ya harta de su juego e intentando hacer que mi voz no sonara a punto de quebrarse.
- Oh, no. - Se acercó nuevamente y tomó mi rostro con firmeza para hacerme mirarlo a los ojos.- Sólo te haré mía una y otra vez hasta aburrirme de ti.
« ¿De dónde ha salido este maldito atrevido?»
- Prefiero morir antes de ser tú puta.
Un gruñido casi animal se oyó salir de su pecho y sus ojos se oscurecieron, como si mis palabras le hubiesen herido de una extraña manera.
- Pues sí eso deseas, yo mismo haré los honores.- Dijo levantándome de un tirón.
Podía sentir lo duro y bien formado de su cuerpo en el momento que me afirmó hacia él.
- Andy te escoltará hasta tu habitación.- Explicó mientras que un hombre alto y rubio se posicionaba a mi lado.
- Señorita Lavoissiér, acompáñeme por favor.- Pidió aquel hombre con cortesía.
Abel me soltó y por unos instantes extrañé el calor de su cuerpo.
- Una cosa más, querida... Sí llegases a intentar escapar, tengo a más de cien hombres armados custodiando la casa.- Mencionó con una expresión de seriedad total en su rostro haciéndome estremecer un poco.
- Tómalo como una advertencia.- Sentenció antes de desaparecer de mi vista.
Una vez que él se fue, Andy perdió todo rastro de cortesía y me obligó a subir unas grandes escaleras hasta llegar a una lujosa habitación a la cual me hizo entrar a la fuerza, haciéndome caer en el intento.
- Maldito idiota. - Murmuré viéndolo directamente mientras el reía.
- El señor Tesfaye vendrá enseguida. - Me informó, yo sólo hice el intento de ponerme de pie, pero la debilidad en mis piernas me lo impedían, vi al chico irse y suspiré.
Me quedé sentada un buen rato en mi soledad, me puse a observar todo mi alrededor y el lugar era realmente enorme, consistía en un cuarto rectangular de casi 50 metros con todo lo necesario para una mujer, excepto ventanas, no había ni una sola quitándome toda posibilidad de escapar.
« Papá vendrá... »
Él jamás me dejaría en las manos de su mayor enemigo.
Me levanté para darme el tiempo de conocer bien el lugar donde pasaría mi noche, la habitación estaba decorada por una enorme cama con sábanas de satín blancas, a cada lado unas elegantes mesitas de noche con sus respectivas lámparas, un enorme baño con jacuzzi incluído y un vestidor que era el doble de mi antigua habitación.
Era demasiado hermosa, aunque algo ostentosa, toda la estancia gritaba dinero.
Unas fuertes pisadas me sacaron de mi trance y lo primero que llegó a mi mente fue tomar una de las lámparas que era bastante pesada. Me oculté detrás de la puerta, sí era Andy nuevamente podría golpearlo con aquella lámpara.
« Es él »
En cuanto la puerta se abrió me abalancé contra él lo más rápido que mi cuerpo me lo permitió y di un fuerte y duro golpe con la lámpara, por unos instantes estuve segura de haberle dado en la cabeza, pero al mirarlo y tomando en cuenta su altura me di cuenta que sólo había logrado golpear su brazo.
- Estoy seguro de que puedes hacerlo mejor, cariño. - Dijo mientras reía.
Intenté correr hacia la salida, pero él estaba bloqueando la puerta.
Me tomó de la cintura y me cargó como si mi cuerpo no pesara nada.
- Para. - Ordenó con seriedad y ya algo cabreado mientras que yo seguía forcejeando.
El aire comenzó a faltar en mis pulmones y lo último que vi fue su figura deformándose con lentitud hasta que caí desmayada.
Abrí mis ojos lentamente incorporándome con esfuerzo, me di cuenta que estaba sobre la gran cama y pude ver a Abel sentado en el sofá frente a mí.
Me moví hacia el otro lado de la cama dándole la espalda y al parecer eso le molestó.
En cosa de segundos ya lo tenía a mi lado, me volteó con rapidez y mientras me sujetaba con suavidad habló.
- ¿Es que no tienes instinto de supervivencia, niña? Preguntó en un tono bajo.
Abrí la boca para excusarme, pero él puso su dedo en mi boca impidiéndolo.
- ¡Silencio! Haz estado haciendo de todo para joderme y que sepas que estás consiguiéndolo. - Bajó con sus labios, rozando mi cuello con sus dientes.
Su mirada me recorrió de pies a cabeza haciéndome sonrojar y sentir desnuda frente a él, aunque con el delgado atuendo que traía puesto no había mucha diferencia y él lo notó.
- Sería tan fácil rasgarlo a la mitad.- Susurró aún sobre mi cuello.
Aquellas palabras y su tibio aliento en mi piel me hizo estremecer y eso le gustó.
- Sería tan fácil someterte y hacerte mía completa, Danielle. - Habló suavemente mientras que su mano bajaba por mis pechos, los cuales respondieron a sus caricias de inmediato.
- No me toques, maldito. - Hablé haciendo mi mayor esfuerzo por controlar la rabia creciente dentro de mí.
- Desnúdate.- Se alejó de mí, parándose con elegancia.
- ¿Qué? - Tartamudeé mientras mi cerebro procesaba lo que él acababa de pedir.
- Creo que fui bastante claro. - Dijo volviendo al sofá.
Me puse de pie frente a él sin ser capaz de mirarlo.
- Vamos, Danielle... no destaco por mí paciencia. - Habló con una estúpida sonrisa.
Tomé aire y me crucé de brazos.
- Sí piensas violarme, desnúdame tú porque yo no pienso hacerlo. - Respondí armándome de valor, sabiendo que podría estar entrando en un juego peligroso.
- Te aconsejo obedecerme. - Mencionó dsndo un sorbo a un líquido transparente en una copa. - Yo no voy a tocarte, al menos no por ahora. Quiero verte, sí tengo que desnudarte yo, me temo que no podré parar.
Ante eso asentí y tomé el borde de mi vestido y lo deslicé hacia arriba hasta sacarlo por completo.
- El sujetador y las bragas también, por favor. - Pidió con sus ojos oscuros y su voz ronca.
Mis manos temblaban y sin poder controlarlo, comenzó a faltarme el aire nuevamente.
- Tienes dos opciones, te las quitas por tu cuenta o... ya deberías saber. - Dijo quitándose su chaqueta de terno y desabotonando los primeros dos botones de su camisa.
Tragué mi orgullo y haciendo contacto directo entre mi mirada y la suya, comencé a bajar mis bragas y luego procedí a quitar mi sujetador.
Sus pupilas se dilataron y pude notar como su respiración se aceleraba.
Se unió a mí sin quitar su vista de mi cuerpo.
- Eres perfecta. - Susurró posándose detrás de mí.
Su lengua acarició el costado de mi cuello mientras que sus manos se posaban en mi vientre dejando un leve cosquilleo entre mis piernas.
- Y eres tan suave.- Murmuraba pegando su cuerpo al mío sin dejar de acariciarme.-
Algo duro se posicionó entre mis nalgas y sus manos se movieron directo a mis pechos.
- Joder, son hermosas. - Tragó con dificultad estimulando mis pezones, que ya estaban bastante sensibles por la situación y erectos.
- Prometiste... no tocarme.- Le recordé conteniendo pequeños jadeos que amenazaban con salir de mi boca.
Sus dedos ubicados en esa zona me estaban torturando y no quería darle esa satisfacción.
Su aroma me envolvía y era una invitación abierta a frotarme contra su erección.
- Abel... - Le llamé en un suspiro de placer.
Mi feminidad estaba muy húmeda y pidiendo a gritos de su atención.
Él al oír su nombre se separó bruscamente de mí y sin decir ni una sola palabra salió de la habitación dejándome ahí sin comprender nada.
Mi cuerpo iba a explotar por la adrenalina que recorría por mis venas.
Estaba en shock, inmóvil y a la vez asustada por todo lo que estaba ocurriendo.
Nunca le había temido tanto a alguien, ni siquiera a mi padre.
Y luego él aparece con esos malditos ojos oscuros y profundos que sí te adentras no hay manera de salir de ahí.