El silencio que siguió a las palabras de Gerard fue sofocante. Alice sentía cómo su corazón latía con fuerza en su pecho mientras observaba la figura del enemigo, envuelta en una calma inquietante. Sabía que aquella calma solo era el preludio de la tormenta que se avecinaba.
Jimin permanecía inmóvil, sus músculos tensos y preparados para cualquier movimiento. Aunque su mirada estaba fija en Gerard, Alice podía sentir la protección en su postura. Sabía que él haría todo lo que estuviera a su alcance para mantenerla a salvo, pero el peso de la situación hacía que su propia incertidumbre creciera. Aun así, decidió mantenerse firme, no quería ser una carga para él.
Gerard, sin dejar de sonreír, dio un paso más hacia ellos.
—Tienes una oportunidad, Jimin —dijo con un tono que destilaba veneno—. Abandona la manada y únete a mí. Sabes tan bien como yo que no puedes ganar esta batalla.
Los licántropos que acompañaban a Gerard se movieron con cautela, formando un círculo alrededor de Jimin y Alice. Estaban listos para atacar, y aunque Jimin era fuerte, Alice sabía que la cantidad jugaba a favor de Gerard.
—No voy a traicionar a mi manada —respondió Jimin con voz firme—. Y menos para seguir a alguien como tú.
La sonrisa de Gerard se desvaneció, sus ojos brillaron con una intensidad que Alice nunca había visto. Por un breve instante, se preguntó qué lo había llevado a convertirse en esa persona tan llena de odio.
—Entonces has elegido tu destino —gruñó Gerard—. Y el de ella.
Sin previo aviso, Gerard saltó hacia ellos con una velocidad que Alice apenas pudo seguir. Jimin se movió instintivamente, empujándola hacia atrás para protegerla del ataque. Gerard y Jimin chocaron con un estruendo que resonó por todo el claro, y los licántropos alrededor comenzaron a moverse.
Alice cayó al suelo, pero rápidamente se levantó, observando cómo Jimin luchaba contra Gerard con una ferocidad que jamás había visto en él. Los otros licántropos se unieron a la batalla, pero Jimin, incluso estando en desventaja numérica, se defendía con una destreza impresionante. Sus movimientos eran rápidos y precisos, cada golpe que recibía lo convertía en un ataque aún más letal.
Sin embargo, Alice sabía que no podría luchar solo por mucho tiempo. Buscó desesperadamente algo con lo que pudiera ayudar, aunque en su mente sabía que no tenía ninguna posibilidad contra aquellos licántropos entrenados.
—¡Alice, aléjate de aquí! —gritó Jimin entre gruñidos, mientras bloqueaba un golpe de Gerard.
Pero Alice no podía simplemente huir. Sabía que si se iba, Jimin estaría en mayor peligro. Entonces, su mente se aclaró y recordó algo que había oído tiempo atrás: los licántropos respetaban a aquellos que mostraban fuerza, incluso si no eran uno de ellos. Si huía ahora, quizás se consideraría una debilidad.
—¡No puedo dejarte! —respondió ella con determinación, acercándose a un árbol cercano donde encontró una rama pesada. No era mucho, pero era lo único que tenía.
Mientras la batalla continuaba, Alice aprovechó un momento de distracción de uno de los licántropos que atacaba a Jimin. Con todas sus fuerzas, golpeó con la rama a uno de ellos en la espalda. El licántropo se tambaleó por el impacto, lo suficiente como para que Jimin pudiera derribarlo con un rápido movimiento de su brazo.
—¡Te dije que te alejaras! —gritó Jimin, esta vez con más frustración que preocupación.
Alice, sin aliento, se preparó para defenderse nuevamente, pero en ese instante, un aullido fuerte y claro resonó por todo el bosque. Los licántropos, incluidos Gerard y su grupo, se detuvieron de golpe, mirando hacia el origen del sonido.
Darian había llegado.
El líder de la manada apareció con varios licántropos más a su lado, y aunque su expresión era tranquila, la autoridad que emanaba era palpable. Los licántropos de Gerard retrocedieron instintivamente al verlo, como si su mera presencia los hiciera dudar.
—Gerard —dijo Darian con voz controlada pero llena de amenaza—. Sabías que esto no acabaría bien para ti.
Gerard, sin embargo, no mostró temor. Se enderezó, limpiándose el polvo de la pelea y enfrentó a Darian con una sonrisa burlona.
—Llegas tarde, Darian —dijo—. Ya sabes que la guerra ha comenzado. Esto es solo el principio.
—Si quieres guerra, la tendrás —respondió Darian, dando un paso adelante—. Pero no aquí. No en mi territorio.
Gerard chasqueó la lengua y, tras una breve mirada a Jimin, dio media vuelta y comenzó a retirarse. Sus licántropos lo siguieron, aunque algunos parecían reacios a abandonar la pelea.
Antes de desaparecer entre los árboles, Gerard lanzó una última mirada a Alice.
—Nos volveremos a ver, pequeña humana —dijo con una sonrisa siniestra—. Y la próxima vez, no habrá nadie para salvarte.
El miedo se apoderó de Alice, pero no dejó que se reflejara en su rostro. No quería darle la satisfacción de saber que sus palabras la habían afectado.
Cuando Gerard y su grupo finalmente se fueron, el claro quedó en silencio. Los licántropos de la manada comenzaron a relajarse, aunque la tensión aún estaba presente en el aire. Darian se acercó a Jimin y Alice, sus ojos brillando con una mezcla de preocupación y respeto.
—Hiciste lo correcto al mantener la posición —dijo Darian, colocando una mano en el hombro de Jimin—. Pero esto es solo el comienzo. Gerard no se rendirá fácilmente.
—Lo sé —respondió Jimin, respirando con dificultad—. Pero tampoco nosotros.
Darian asintió, luego miró a Alice.
—Eres valiente —dijo, su tono más suave—. Pero esto no es tu lucha. No tienes por qué involucrarte más de lo necesario.
Alice apretó los labios, su mente llena de pensamientos contradictorios. Sabía que Darian tenía razón. No era su pelea, no pertenecía a ese mundo, pero… ¿cómo podía simplemente dar la espalda ahora?
—No puedo quedarme al margen —respondió con firmeza—. No después de todo lo que ha pasado. Estoy aquí por una razón, y sea cual sea, tengo que enfrentarla.
Darian la miró con una mezcla de sorpresa y respeto, pero no insistió más. En cambio, se volvió hacia Jimin.
—Nos prepararemos —dijo—. Si Gerard vuelve, estaremos listos.
Jimin asintió, y mientras Darian comenzaba a dar órdenes a los demás licántropos, Jimin y Alice se quedaron en el borde del claro, observando cómo la manada se organizaba.
—No tienes que hacer esto —murmuró Jimin, acercándose a Alice—. Sabes que estaré contigo, pase lo que pase.
Alice lo miró, sintiendo el calor de su cuerpo cercano y la sinceridad en sus palabras.
—Lo sé —dijo en voz baja—. Pero no puedo dejar que enfrentes esto solo. Esto también es parte de mí, de lo que somos.
Jimin sonrió, y por un breve momento, todo el caos alrededor pareció desvanecerse.