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1333 Words
La boda de Felicitas era realmente el evento del año en Buenos Aires. Los mejores vestidos habían sido enviados desde Europa, la cantidad de candelabros relucientes era exorbitante y los sirvientes habían pasado días cocinando para el evento. Alina acompañaba a su amiga, la había visto llorar tantas veces por su destino que sólo quería alegrarle un poco aquel día. Le contaba las habladurías más exageradas acerca de su boda, los atuendos algo ridículos que las hermanas Zamudio habían escogido y le recordaba lo hermosa que era la estancia que el propio Martín de Alzaga le había regalado. Felicitas intentaba sonreír debajo de la pesada mantilla bordada y se recordaba a sí misma que el destino podría haber sido peor. Martín era un hombre mayor que ella, pero también la trataba muy bien, la consentía y sólo tenía ojos para ella. Sus padres lo habían elegido creyendo que era su mejor opción y no había encontrado otro candidato para proponerles. Miró entonces a su amiga y una pizca de suspicacia asomó en sus hermosos ojos marrones. -Pedí explícitamente que la familia Montes de Oca fuera invitada.- le dijo a su amiga, logrando que su expresión virase de manera repentina. Alina había intentado averiguar todo acerca de José, recordaba su beso cada noche antes de dormirse y lo rememoraba en cada despertar. Sabía que su padre era el famoso médico de la ciudad, y que sus hermanos habían seguido sus pasos. Sabía también que había completado sus estudios secundarios en un internado de Inglaterra y anhelaba con todo su corazón que decidiera estudiar medicina en Argentina. Pero con el correr de los días y la ausencia de cualquier intento por volver a verla había comenzado a creer que todo formaba parte de un sueño, sólo aquel trozo de tela que aún conservaba su aroma le recordaba que aquel encuentro había sido real. Iba a responderle a su amiga cuando Edelmira entró a la habitación. -¡Vamos mi niña! ¡Vamos que están todos esperando!- les anunció y sin más tiempo salieron hacia la iglesia en la que se celebraría la boda, pero Alina ya no podía pensar en otra cosa más que en volver a ver a José. Durante la larga celebración sus ojos buscaban entre los presentes a quien fuera dueño de sus pensamientos, sus manos se movían inquietas y sus dientes rechinaban con frecuencia. Su madre la había regañado más de una vez, pero ella no podía evitarlo. El sacerdote anunció la unión y en un último intento lo encontró en uno de los bancos laterales. Sus miradas se cruzaron una centésima de segundo y cuando ambos iban a sonreír, el aplauso de los presentes poniéndose de pie con algarabía les impidió hacerlo. Luego todo fue bullicio y desorden. Todos querían saludar a los novios y se apresuraban por volver a sus carruajes. La casona especialmente decorada comenzó a recibir a los invitados. Las familias más adineradas de Buenos Aires se hacían presentes para degustar manjares y escuchar a los violinistas estratégicamente acomodados en la sala. Alina continuaba buscando a José, pero la gran cantidad de invitados se lo impedía. Había estudiado su reflejo en cada espejo del salón. Llevaba un vestido en tonos lilas con su cabello recogido en uno de los laterales. El corset que su nana había ajustado con determinación, afinaba un poco su cintura, pero sus exuberantes pechos se divertían intentando sobresalir por el escote que intentaba disimular con aquella blusa de puntilla a tono. Sus ojos claros suplicaban volver a verlo, pero cuando comenzó la música alegre y las parejas comenzaron a bailar, prácticamente perdió sus esperanzas. No estaba allí y si en verdad se encontraba en aquel salón no tenía intenciones de bailar con ella. Alina rechazaba cada invitación sólo esperando su pedido pero al cabo de una hora, con sus pies doloridos y su corazón destrozado decidió salir al jardín a tomar aire. Si se había olvidado de aquel militar con tanta facilidad debía hacer lo mismo con el futuro médico, pensó. -¿Acaso no le gusta bailar?- escuchó que le decía una voz que hubiese reconocido a kilómetros de distancia. -Disculpe ¿cómo dice?- le dijo comenzando a voltear intentando frenar a su alocado corazón. José estaba allí, tan hermoso como lo recordaba, con su elegancia y su sonrisa de lado. -La he observado durante toda la noche y no aceptó ninguna invitación.- le dijo estirando su mano en señal de saludo. Ella observó aquel guante reluciente y algo temerosa comenzó a estirar su brazo. -A lo mejor no me lo a preguntado quién yo quería.- le respondió, sintiendo el instante exacto en que sus mejillas se tornaban de un carmín intenso. José tomó su mano y como lo había hecho en el palco del teatro, besó su dorso prolongando un poco el contacto. Alina apartó la vista, sentía que le faltaba el aire y temía desmayarse en cualquier momento. -Y¿Quién sería el indicado?- le preguntó José disfrutando de la inocencia de aquella joven que tampoco había olvidado desde su encuentro. -¿Por qué se lo iba a decir a usted? ¿Sólo lo vi una vez en mi vida?- le respondió Alina sin querer soltar aquella mano. -Pero fue una hermosa vez ¿no?- le respondió él sin dejar de mirar aquellos ojos del color del cielo. -No se, si fue tan hermosa ¿Por qué no me lo hizo saber? - la valentía de Alina había escalado sin que ella misma pudiera reconocerse. Sólo estar junto a él la transportaba a un mundo paralelo en el que ni siquiera se había dado cuenta de lo inapropiado que era el estar a solas en medio del jardín. José sonrío, realmente había querido escribirle pero no quería lastimarla. Su destino estaba predestinado, debía ir a estudiar medicina a Londres. -Créame que en verdad deseaba hacerlo, pero no soy dueño completo de mi destino.- le explicó bajando la vista como si aquello le doliera. -Todos somos dueños de nuestro destino.- le dijo ella volviendo a buscar aquellos ojos que habían dejado de mirarla. Entonces pensó que a lo mejor trataba de decirle que no era un hombre libre y su sonrisa se apagó. Al notar que había retirado su mano y comenzaba a retroceder, la desesperación de perderla lo llevó a extralimitarse. La tomó del brazo y la acercó tanto a su rostro que pudo sentir su respiración acelerada. Se moría por besarla allí mismo. -No me malinterprete, por favor. Soy un hombre libre, pero debo regresar a Londres para completar mis estudios. No quisiera que detenga su vida por mi.- le dijo sin querer soltarla. Ella lo miraba con súplica, sus labios se entreabrieron deseando ser alcanzados por los de aquel joven tan irresistible. -¿No debería ser yo quien decidiera eso?- le respondió cuando pudo volver a hablar, rozando el dorso de su mano con la suya. José entrecruzó sus dedos con los de ella e hizo lo mismo con la otra mano. Ahora sus cuerpos estaban tan conectados como sus ojos. Ella sonrió regalandole la imagen más hermosa que jamás hubiera visto y él no pude evitar imitarla. Iba a besarla cuando un estruendo en el cielo los sobresaltó. Los invitados habían comenzado a salir al jardín para observar los fuegos que el Señor De Alzaga había mandado a traer para su flamante esposa. Alina y José debieron separarse, la multitud ajena a sus palpitantes corazones aplaudía y festejaba. Felicitas había mandado a llamar a su amiga y Edlemira no tardó en encontrarla. -La busca mi niña, quiere despedirse de usted. - le dijo la mujer, obviando el rubor en sus mejillas. Alina comenzó a caminar detrás de ella, pero al pasar por al lado de José dejó caer uno de sus guantes al suelo. Con apenas un intercambio de miradas y una sonrisa que no podría borrar por el resto de la noche, se despidió con la única esperanza de que hubiera comprendido el mensaje.
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