-¡No manejes muy rápido! ¡Y guárdate estas galletitas que a la tarde vas a tener hambre!- le decía Norma a su nieto mientras le acomodaba el cabello desprolijo que solía lucir a tono con su barba de pocos días. Tomás intentaba deshacerse de sus mimos, pero en el fondo los disfrutaba. Siempre había sido más que una abuela, sobre todo desde que se había quedado prácticamente solo en el mundo. Salió de la casa con su mochila cargada y Makena ya estaba allí, apenas se había cambiado la camisa por una un poco más clara pero aquel color resaltaba más sus hermosos ojos verdes. Intentó ocultar la sonrisa que asomaba involuntariamente en sus labios al verla y le señaló el auto en el que irían. Makena lo miraba con desconfianza, no terminaba de entender porque había querido ayudarla, pero sobr

